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En los 80 años de M.Menapace. Peregrinos del espíritu y Ansiedad y ancianidad.

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Son sus últimos libros publicados. La Madre viene a la casa de los peregrinos, también con los ancianos.

80 años de Mamerto Menapace: 24 enero (1942-2022)

«Uniéndome a la acción de gracias de tantos amigos, estos días he estado pensando que de veras, lo mío ha sido casi siempre, simplemente aceptación, Creo que muy pocas cosas importantes en la vida las decidí yo. Estoy convencido que simplemente acepté las que Dios y la vida me fueron proponiendo, y traté de cumplirlas lo mejor que pude. Por eso cuando me encuentre con el Tata, sólo podré decirle: -aquí tenés tus diez monedas que me entregaste, y fijate las que pude negociar con ellas.
¡¡Va mi abrazo agradecido a cuantos me han ayudado y acompañado en estos primeros 80 años!!
+mamerto

Felicitaciones y agradecimiento entrañable

Hace 80 años, un 24 de enero de 1942, nacía Mamerto Menapace en Malabrigo, región del Chaco santafesino. Tuve el regalo de Dios de conocerle en persona y disfrutar de su sabiduría en unos deliciosos Ejercicios Espirituales en Buenos Aires, Argentina, en abril de 1997. Hace 25 años. El tiempo supera al espacio porque genera esperanza. ¡Felicidades y gracias!

José Luis Miguel González, osa
Mamerto Menapace, OSB y José Luis Miguel, OSA. Buenos Aires. Argentina. 28/04/1997. Créditos: José Luis Miguel

«Peregrinos del espíritu. Buscadores en camino»

Mensaje de P. Mamerto Menapace para los peregrinos a San Nicolás de los Arroyos (Argentina).

“El peregrino es alguien que busca. Se pone en camino detrás de una esperanza. Cree que hay para él un lugar en el mundo. Y lo busca, aún sin saber bien qué es lo que lo empuja. O lo atrae… Es un hombre que ama la vida y quiere vivirla con un para qué. Al ponerse en camino se expone a que el Dios de la vida le cambie el para qué de su existencia. Es un riesgo que a la vez que lo desea, quizás también le teme. Por eso busca unirse a otros, para corajear”

Mamerto Menapace. Del libro: Peregrinos del espíritu. @patriagrandeeditora

«Ansiedad y ancianidad: un recuerdo»

El tiempo de estar guardados me regaló muchas horas de soledad sabrosa y, casi sin proponérmelo, ensillé estos cuentos y reflexiones. Tratando de darles un filo que los emprolijara, se los dejo entropillados en este libro que titulé «Ansiedad y Ancianidad: un recuerdo». Ustedes y Dios sabrán encontrarle la vuelta para que resulte un bien para todos.
Como leerán, estoy tratando de rumiar un poco dos realidades. La primera es que han empezado a partir de mi lado muchos de aquellos con los que he compartido mi existencia. Y segundo es que me estoy poniendo viejo al cumplir ochenta años. Ambas, son de esas verdades que nos hacen filosofar.

+Mamerto, monje de Los Toldos

«La experiencia nos muestra que no todas las cosas son necesarias de la misma manera. Empezando por lo físico, constatamos que nuestro cuerpo cuenta con reservas que nos permiten aguantar la carencia de algunas cosas, sin llegar a la muerte. Quizás se pueda sobrevivir algunas semanas sin comida. Y tal vez unos días sin agua. Pero el oxígeno lo necesitamos imperiosamente. Bastan unos pocos minutos para que se nos vaya la vida. Pero estamos tan inmersos en un medio donde el oxígeno se nos brinda con abundancia, que nos basta con que dejemos que nuestros pulmones funcionen automáticamente, fuera del control de nuestra voluntad. Por eso es que no tomamos consciencia de nuestra total dependencia… ¡hasta que nos falta el aire!»

+Mamerto Menapace, monje de Los Toldos. Del capítulo ‘Lo necesario’, p. 71. «Ansiedad y ancianidad: un recuerdo».

Leales al presente

Como dice una canción: “Uno cree que no cambia. Y que cambian los demás”. Y es porque uno se siente estático, como cuando vamos dentro de un vagón del ferrocarril, en el que vemos que todo corre hacia atrás nuestro. Pero a veces la vida nos da la oportunidad de parar, o al menos de ir más lentamente para poder ver mejor lo que nos rodea. Empezamos a tener tiempo y a detenernos a conversar con las cosas, con los demás, y sobre todo con nosotros mismos. Comenzamos a observar todo lo que llevamos dentro y que no conocíamos. Descubrimos lo inmediato, aquellas cosas y personas con las que siempre vivimos pero con las que no entrábamos en diálogo. Esta pandemia, con las restricciones de todo tipo que nos impuso y que el mundo sufre, a algunos nos está regalando tiempo. Doloroso tiempo de quietud y de interioridad. Incluso para los monjes. Pero en nuestro caso simplemente se trata de ahondar algo que es específico nuestro: la soledad. No digo aislamiento. La soledad es la capacidad de estar bien consigo mismo. El aislamiento es la realidad de no poder estar con los demás: ya sea por una decisión nuestra o una imposición de las circunstancias. La soledad puede ser dolorosa, pero es siempre fecunda. El aislamiento hasta puede ser placentero, pero siempre es empobrecedor.

La soledad achica los espacios que son la geografía que nosotros queremos conquistar porque en ella nos instalamos. Es una manera de tener tiempo. O mejor, de aprovechar el tiempo y darle la importancia que tiene en nuestra vida. Mientras que el aislamiento se relaciona con el espacio. Queremos que un espacio sea exclusivamente nuestro y que lo ocupemos sólo nosotros, excluyendo a los demás.Y el tiempo es superior al espacio. Porque genera la esperanza y cree en el futuro. Por eso puede ser leal al presente sin guardar rencor o nostalgia del pasado.

Mamerto Menapace, «Ansiedad y ancianidad: un recuerdo». @patriagrandeeditora

La vejez de la Virgen

Más allá de lo que nos quedó en el Nuevo Testamento, hubo muchos otros escritos que llamamos apócrifos, que tratan sobre la Virgen. (…) Pero rescatando aquellos que pueden servirnos para imaginar los últimos años de María podríamos componer también nosotros un relato que nos sirviera para conocer o al menos acercarnos más a su vida, sobre todo en su etapa final. La primera vez que aparece María en los Evangelios es cuando la visita, de parte de Dios, el Arcángel Gabriel para anunciarle la concepción virginal. Y aceptando la tradición, basada en las costumbres de la época, Ella que ya está desposada con José, tendría para ese entonces alrededor de los diecisiete años. Por otro lado, los mismos evangelios nos dicen que Jesús estaría por los treinta años cuando comenzó su predicación que duró otros tres. Por tanto, María habría tenido unos cincuenta cuando al pie de la Cruz vio morir a su Hijo. La Escritura nos habla muy brevemente de Ella en los días posteriores a la Resurrección cuando la vemos reunida con los Apóstoles para la venida del Espíritu Santo. Y ahí terminan los datos ciertos que nos traen los Libros Sagrados. A partir de allí sólo contamos con recuerdos de los padres de la Iglesia, y lo que nos narran los apócrifos. Hilando retazos de antiguas tradiciones, y arrimándole el resto, la supongo a María en Éfeso con el apóstol Juan. Aparentemente ya ha terminado su misión concreta, y sólo le queda rumiar lo que guardaba en su corazón. Y me gusta imaginarla en sus rumias soledosas, hablándole a Dios Padre en su corazón…

Del capítulo ‘La vejez de la Virgen’. «Ansiedad y ancianidad: un recuerdo».

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