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Mamerto Menapace, cura y religioso amigo. El tiempo supera al espacio.

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Porque hacemos memoria del pasado podemos entrever con certeza el futuro.

Foto de portada: Mamerto Menapace, OSB y José Luis Miguel,OSA. Buenos Aires. Argentina. 28/04/1997.

Mamerto Menapace, OSB. Perfil.

Nació en Malabrigo , provincia de Santa Fe , el 24 de enero de 1942 . Hijo de Antonio y Josefina, fue el noveno de trece hermanos. A los diez años de edad ingresó al monasterio benedictino de Santa María de Los Toldos ,​ y más tarde decidió ingresar en la Orden de San Benito . Realizó sus estudios de teología en el monasterio benedictino de Las Condes , en Chile , y fue ordenado diácono, en 1966. Ese mismo año fue ordenado presbítero . También se recibió de Maestro Normal Nacional en un colegio regenteado por los Hermanos Maristas .

De regreso en la Argentina, se instaló definitivamente en el monasterio de Los Toldos (Buenos Aires) , donde en 1974 fue elegido superior de su comunidad.​ Fue nombrado abad del monasterio en agosto de 1980. Fue abad del Monasterio de Santa María de los Toldos por dos períodos, desde 1980 hasta 1992. ​ En 1995 fue nombrado abad presidente de la Congregación Benedictina que reúne a los monasterios de Chile, Paraguay , Uruguay y Argentina.

Desde joven se dedicó a escribir cuentos, poesías, ensayos bíblicos, narraciones y reflexiones, generalmente orientados al público juvenil. Por su estilo carente de formalismos ​ y por su inspiración en temas cotidianos, se lo suele comparar con el Cura Brochero. Ha publicado más de cuarenta libros con temas que van desde el encuentro con Dios al crecimiento en la fe. En 1994 recibió el Premio Konex – Diploma al Mérito como uno de los cinco máximos exponentes de la Literatura Juvenil.

Dedicatoria. El tiempo supera al espacio.

“Cuando nuestra vida la percibimos en madurez suele parecernos que hubiera un antes y un después. La experiencia hablaría del pasado, mientras que la esperanza estaría dirigida al futuro. Pero la vida es una sola, que contiene simultáneamente ambas realidades. ‘El tiempo supera al espacio‘, dice a menudo nuestro Papa Francisco. Por eso bajo el influjo del recuerdo ofrece en nosotros la capacidad de esperar. Porque sentimos que hemos vivido comenzamos a necesitar el recurrir a nuestra experiencia para mantener viva nuestra esperanza. Sólo podemos tener expectativas de aquello que de alguna manera ya hemos vivido y que guardamos allí en nuestra entretela de andanza y reminiscencias. Porque hacemos memoria del pasado podemos entrever con certeza el futuro”.
A mis cincuenta años de ser cura. + Mamerto Menapace

“Al comenzar esta última etapa de mi vida quisiera dejarles entregados estos recuerdos para el futuro. No se trata de una autobiografía. Sólo quiero buscar en lo vivido lo que necesito poder seguir avanzando. Si hurgo en el pasado, no lo hago por nostalgia. Me apasiona el futuro. Me mueve la certeza de una esperanza. Algo que es intransferible, pero que tiene que ser compartido al vivirlo junto a los otros”. (La estrella y el árbol). 

Recuerdos para el futuro: el libro de memorias de Mamerto Menapace. 2016.

El monje de Los Toldos acaba de publicar un nuevo trabajo, esta vez dedicado a sus vivencias personales como rastro de su identidad y su fe.

“En enero llegaré a mis 75 años, y un mes y medio antes, el  4 de diciembre a mis 50 años de cura. Es un buen esquinero como para estirar nuevamente los alambres de mi torniquetero”, dice, fiel a su estilo, Mamerto Menapace, sacerdote nacido en Malabrigo, Santa Fe, pero toldense por adopción. “Quizás por eso –explica- es que decidí hacer este libro. Es decir, volcar mis vivencias personales y familiares como instrumento de reflexión”.

Menapace es responsable de una extensa bibliografía, que incluye narraciones, análisis bíblicos y reflexiones en torno a la fe. Pero es la primera vez que toma como eje central sus recuerdos personales, su herencia familiar y su recorrido eclesial como esqueleto de un libro. En esta entrevista, Menapace recorre los motivos que lo impulsaron a escribir “La estrella y el árbol” (Editora Patria Grande, 2016). 

Decís que no se trata de una autobiografía, si bien el texto está articulado en torno a tu vida, ¿cómo lo describirías entonces?

Una biografía cuenta la vida de un personaje. Y cuando es la misma persona la que lo escribe, entonces se dice que es una autobiografía. Desde dos o tres lugares me pidieron que lo hiciera, pero considero que no es ni el momento de mi vida, ni soy la persona indicada para hacerlo. En cambio sí creí que podría dejar recuerdos para el futuro. Pero más que contar acontecimientos, me propuse volver a recordar vivencias claves: mis padres, mi abuelita, mis hermanos, mi infancia, mi escuela, mis etapas y sobre todo buscar el hilo invisible que siempre me fue guiando. Diría que hubo dos fuerzas que siempre tironearon en mi vida: mi tierra y mi fe. Por un lado todo lo terruñero, lo pequeño, lo cotidiano unido a mi gente y a mi geografía, y por otro lado un sueño tironeado por un ideal que tiene como fundamento mi fe.

¿Por qué elegiste el título “La estrella y el árbol”?

Me gustó la imagen del árbol y de la estrella. Sobre todo porque tiene que ver con mi familia, y por tanto con toda una raíz genética que no comenzó conmigo, sino que viene de mucho tiempo atrás. Y por otro lado es constitutivamente mío y de mi relación con Dios. Es una historia, un camino con muchas etapas, pero que solo a mí me toca recorrerlo como algo propio hasta que llegue a ese encuentro, que ya preveo como cada vez más cercano. 

En el libro te referís a Eugenio Pfiffner, el sacerdote suizo que fundó el monasterio de Los Toldos. Él fue una persona importante para tu camino y para la historia de la ciudad. ¿Cómo lo recordás?

Me parecía un anciano. Cuando lo conocí en 1952 a mi llegada al monasterio, él habrá tenido unos 54 años. Casi totalmente calvo, una corona de cabellos blanquísimos rodeaba su cabeza y le daba un aire patriarcal. Poco a poco me fui enterando de su vida. En su monasterio milenario de Einsiedeln, en Suiza, él se había formado no solamente en lo intelectual, sino que había vivenciado una profunda espiritualidad de monje y de sacerdote. Era un gran director de almas. Doctor en lenguas orientales, parecía destinado a ser el abad de su gran monasterio, sobre todo porque en sus últimos años allí había tenido en sus manos, como prior, la dirección de la comunidad de casi 200 monjes, ya que su abad estuvo postrado en cama los últimos años. Todo hacía pensar que él sería su sucesor. Pero Dios lo tenía destinado para ser el fundador de nuestra comunidad donde vino con el primer grupo de 12 monjes en mayo de 1948. Tenía una gran devoción por la Virgen, de la que trajo una imagen, copia de la que se venera en su monasterio suizo desde hace más de mil años. Dentro de todas sus preocupaciones, tanto materiales como espirituales para arraigar su monasterio en tierras pampas, tuvo siempre una particular predilección por trasmitirnos lo mejor de sus valores a nosotros los más jóvenes. Murió repentinamente una tarde, luego de habernos dado una clase magistral sobre la regla de San Benito. Para mí fue como un padre.

Escribís que las celebraciones dominicales en la tribu fueron experiencias “profundas” y “decisivas” en tu vida, ¿cómo eran esas celebraciones? 

Nuestro monasterio queda a muy poca distancia de las tierras donde se estableció allá por 1860 el Cacique Coliqueo con su gente. Desde que llegué al monasterio, estuve en contacto con ellos. Muchos de ellos trabajaban en el monasterio. Y cualquier viaje que nos llevara a la ciudad de Los Toldos, nos hacía atravesar necesariamente por toda la Tribu. Fui uno de los que más insistió para que el monasterio se ocupara espiritualmente de esa fracción de nuestra parroquia que no contaba con capilla. Las escuelas cumplían su hermosa misión y alguna abnegada maestra la completaba dado catequesis. Hasta que con Mons. Quarracino se consiguió que un grupo de Hermanitas italianas viniera a vivir en la Tribu y se ocupara de la atención de la salud y a la asistencia humana y espiritual. Ellas tomaban sobre sí toda la tarea. A mí simplemente me tocaba ir los domingos y compartir con ellos gran parte de la mañana. Ellos me enseñaron una forma de Fe más sencilla, y más auténtica que los libros y los estudios. Fueron cinco años muy intensos, que luego continuaron en forma más espaciada siendo yo ya superior en el monasterio. 

Llegados los años ’70, contás que usaban recibir en el monasterio a los curas que trabajaban en las villas del Gran Buenos Aires y recordás con cariño a Carlos Mugica, ¿qué imagen te guardás de él y de quienes hacían un trabajo similar?

Fueron años de mucha efervescencia, y de opciones muy claras tanto dentro de la Iglesia, como a nivel de juventud. La palabra liberación era clave, y entraba como temática de casi todos los encuentros en los que se hablara del compromiso de fe y de las propias opciones de vida. Por mis estudios de Biblia, y sobre todo por el año 1968 pasado en Roma en pleno corazón de lo que sucedía en la Iglesia y en Europa, al regresar me entusiasmé con el estudio de la Palabra de Dios sobre este tema. Y me afiancé en la idea de que las verdaderas preguntas sobre el tema no eran liberarnos de quién y cómo, sino liberar qué y para qué. Es decir no se trataba tanto de ubicar al opresor y la praxis para vencerlo, sino preguntarnos qué estaba oprimido en nuestro pueblo y hacia qué proyecto queríamos acompañarlo. Al monasterio venían grupos de todas las tendencias y opciones. Y fue con el grupo de los que luego se llamarían curas villeros con los que me sentí más identificado. Sobre todo porque año a año venían al monasterio a realizar su retiro anual. Carlitos era un referente del grupo, y su muerte lo elevó a la altura de un Icono del cura villero. Pero doy fe de que en su última etapa lo vi rezar mucho y profundizar su compromiso con el pueblo y con Dios. Guardo de él un recuerdo cariñoso y lleno de admiración.

Haciendo una mirada retrospectiva, te referís a tu labor de escritor como una tarea dividida en tres temas: reflexiones y cursos bíblicos, sabiduría popular a través de cuentos, y experiencias de vida. ¿En qué medida este nuevo libro aporta en ese universo? 

Estaría claramente en la tercera categoría. Te diría que casi nunca escribí un libro. Yo escribo: cuentos, reflexiones, experiencias. Luego una vez por año, y de acuerdo con la editora, recojo de todo ese material lo que me interesa y compongo un libro. Te diría que escribo a mano. Compongo un libro con la computadora. Hago como la oveja que produce la lana como una necesidad. Luego viene el trabajo artesanal de esquilar, escardar, hilar y tejer un poncho o lo que sea. Por eso en muchos de mis libros, y en especial en el caso de este último hay capítulos que fueron escritos con distancias de años. Lo reciente fue el  bolearlos, tusarlos y entropillarlos para que salgan más o menos entablados.

Fuente: Junín Digital. Texto: Luciano Lahiteau.

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