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La España que quedó sumergida por los pantanos. ‘La marca del agua’ (II).

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Portada: El camino de ‘La marca del agua’, en Montserrat Iglesias. Pantano de Linares del Arroyo (Segovia).

Varios libros recrean la cruel y desconocida historia de los pueblos ahogados por los embalses en el siglo XX.

VIDEO. El camino de ‘La marca del agua’.

Una carretera con silueta de serpiente desciende hasta el pie de una laguna en calma. Allá abajo, la Peña del Reloj, que informa con su sombra del paso de las horas, preside un paisaje líquido silencioso y reverberante. Junto al borde de la tierra de óxido y ocre asoma el único vestigio que corrobora que esta belleza no es natural: una construcción tubular coronada de matojos donde antaño tañía la campana de la iglesia románica. Aplastado por miles de toneladas de agua descansa junto a ella Linares del Arroyo, un pueblo centenario cuyos orígenes se remontan al siglo X que, en los años cincuenta, quedó anegado bajo la colosal presa del embalse del Riaza. En nombre del progreso, que en la segunda mitad del siglo XX arrasó 500 localidades como esta por toda España (y muchas otras en el mundo), reposan allí los esqueletos de las casas, los enseres y los muertos que a lo largo del tiempo hicieron su hogar de este dominio de los buitres en Segovia.

Descendiente de sus últimos moradores —su padre salió de allí con ocho años—, la profesora de instituto Montserrat Iglesias ha hilado las historias escuchadas a lo largo de su niñez y juventud buscando “dar voz” a esos vecinos —más de 200 en Linares, 50.000 en el conjunto del país— que no solo sufrieron un traslado forzoso y con él la pérdida de su modo de vida, sino, sobre todo, la amputación irreversible de un pedazo de su memoria. Su novela La marca del agua (Lumen), surgida de un máster de escritura creativa, recrea el camino que sus antepasados recorrieron durante años entre Linares y La Vid, en Burgos, uno de los 300 pueblos de colonización de edificaciones blancas e idénticas que el régimen de Franco levantó para albergar —aquí a unos 20 kilómetros, pero a una incalculable distancia mental— a los exiliados del regadío. Con un pie en el nuevo asentamiento y el corazón en el antiguo, iban y venían para fertilizar las tierras que se les habían asignado. Como lamenta Iglesias, aunque tuvieron que pagarlas religiosamente, fueron calificados de “advenedizos”. Al cierre de las compuertas, esas gentes perdieron su lugar en la Tierra.

No es ni mucho menos la primera vez que se vuelve la vista a la España sumergida, aunque apenas existe un puñado de libros que la tratan desde la literatura. Después de Juan Benet, arte y parte en este asunto como autor de la mítica Región e ingeniero del embalse del Porma; de El río, de Ana María Matute, y la Mequinenza evocada en catalán por Jesús Moncada, un referente fundamental se halla en Distintas formas de mirar el agua (Alfaguara, 2015), de Julio Llamazares. Nacido en el pueblo leonés de Vegamián, condenado por el pantano de Benet, el escritor firmó con ella “la novela de su vida”, un regreso a los orígenes y a una de las “muchas Atlántidas” de España que, desde diferente prisma, coincide en un buen número de temáticas —la familia y la muerte, pero también el desarraigo, la identidad y el olvido— con la de Montserrat Iglesias. “La de los pantanos es en sí una historia sumergida”, afirma en un restaurante donde comparte conversación con la autora. “En el franquismo se publicitaba mucho la inauguración del pantano, pero no así el drama humano que había detrás”.

El desgarro de la Guerra Civil y la agonía de la posguerra aún perviven en lo hondo de aquellos pantanos que florecieron en la dictadura, aunque ya se habían imaginado décadas antes. Sus estampas de dolor, traición y sumisión atraviesan La marca del agua, que invoca a los siete muertos que aún yacen en una fosa perdida en Linares. También acaparan parte del relato de Detendrán mi río (Libros del K.O.; se publica el 15 de noviembre), una crónica de Virginia Mendoza sobre Caspe, en Zaragoza, y una huerta cercana, Cauvaca, hundida por el pantano de Mequinenza. Además del medio millar de pueblos que se suponen sumergidos, existe un número indeterminado de huertas habitadas que perecieron ahogadas y que, como subraya Mendoza, no computan en el cálculo de damnificados. “Tenemos que ser conscientes de que cosas básicas como ducharnos o encender la luz se las debemos al sacrificio de personas que no cuentan”, recalca la autora, que basa su texto —marcado también por la idea de la arbitrariedad que sentenció la suerte de estos enclaves— en entrevistas con supervivientes de la época.

Para Mendoza, el destino de estos lugares se selló con hormigón: el que levantó los pantanos y cubrió los cementerios

Con ramificaciones económicas, sociales, geográficas y antropológicas, lo sucedido con la construcción de los pantanos en España puede no haber resonado en el grueso de la sociedad. Pero, irremediablemente, ha tocado y a veces hundido a aquellos que fueron extirpados de su territorio. Como señala Mendoza, en esos pueblos suele haber “como mínimo una persona” que se ha dedicado a recopilar testimonios, fotos y palabras. Iglesias habla de la “mitificación” de esos lugares, transformados por la tradición oral en espacios de ensoñación que solo existen en el imaginario de hombres y mujeres que nunca han dejado de añorarlos. “El hecho de no poder volver va creando ese mito, y la nostalgia engrandece el lugar”, resume Iglesias, que, aunque ha novelado una ficción, se ha apoyado en anécdotas y nombres reales. “Con el traslado, unos ganaron y otros perdieron”, matiza. “Y también hubo quien decidió olvidarse”.

Si bien la desmemoria de este trozo de historia tiene mucho que ver, como incide Llamazares, con la desmemoria de la guerra en un país “que siempre se ha llevado muy mal con su pasado”, lo cierto es que sucesos más recientes como la construcción del embalse de Riaño en 1987 (y otros posteriores, como el de Lindoso en 1992, documentado en la película de 2015 Os días afogados), tampoco encontraron altavoz en los medios de la democracia. “Hubo grandes protestas y se suicidaron dos personas en Riaño”, rememora el escritor, que estrena en el Teatro Español La lluvia amarilla, otro canto rural, “pero la noticia no aparecía hasta el final de los telediarios”. En unos enclaves condenados a desvanecerse, en vez de pasar visita, la muerte prefirió asentarse. Ahí sigue en estos libros.

Como escribe Mendoza, el destino de aquellos lugares quedó sellado con hormigón: el que erigió pantanos y pueblos de colonización y el que cubrió los cementerios para impedir que los muertos salieran a flote. “Dejarlos atrás y saber que no podrían enterrarse con sus padres”, considera, “fue la pena que más pesó a esos habitantes”.

Fotogaleria: Éxodo en el pantano.

Fuente: elpais/babelia/ – Silvia Hernando. 29/10/2021.

Testimonios de Paulina González Peña y Consuelo Ramos Cristóbal – Video «El camino de ‘La marca del agua'».

Paulina ¿cómo viviste tú el tener que marcharte de Linares?

Yo lo viví mal porque me gustaba el pueblo. Pero yo aguanté mucho porque me tuve que salir por arriba, por el tejado, porque tenía ya el agua en el portal. Nos daba pena de que no habíamos recogido todo y no teníamos así mucho ánimo de venir y fue cuando ya la última riada se metió allí. (…) Tenía 19 años.

*Paulina González Peña. De Linares del Arroyo (Segovia) y vecina en Aranda de Duero (Burgos).

Tenemos añoranza de nuestras raíces y por eso recordamos tanto aquello.

Consuelo Ramos Cristóbal. De Linares del Arroyo (Segovia) y vecina en La Vid (Burgos).

El camino de vuelta

Setenta años no es edad para un pueblo de España donde, a poco que te descuides, cualquier corral en medio de un bosque de encinas puede remontarse al siglo XIII. Pero La Vid, el lugar que es el germen de esta historia, surgió de la nada hace siete décadas en Castilla, aunque tampoco se parece a ningún pueblo castellano, ni a ninguna otra localidad de nuestro país. Eso no quiere decir que sea único. Tiene cientos de gemelos, hermanos y primos hermanos desperdigados por la Península: los asentamientos que hizo construir el Instituto Nacional de Colonización durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta y que acogieron a más de cincuenta y cinco mil familias cuyas casas habían desaparecido bajo el agua de los pantanos.

La Vid está en Burgos, pero allí casi no ha vivido ningún burgalés. Los mayores de setenta años son todos segovianos y los menores de cincuenta y cinco somos de cualquier parte: de Barcelona, de Madrid, de Bilbao, de Valladolid, de Burgos capital, de Aranda de Duero… Es un lugar huérfano de dueño que, sin despoblarse del todo, ha estado siempre vacío, pues ya nació con el espíritu en otra parte. Esa otra parte es Linares del Arroyo, en el corazón de las Hoces del Río Riaza. La marca del agua cuenta el último viaje de Marcos, su hermana muerta, el viejo párroco del pueblo y un caballo sin herrar desde Linares —en la novela Hontanar— a La Vid —el pueblo nuevo—. Todo lo que se narra es ficción y, a la vez, todo es necesariamente real, pues si no hubiera existido un Marcos verdadero, no habría pervivido mi obsesión por sacar adelante esta historia.

«Con dieciséis años, apenas tres después de su muerte, comencé un cuento titulado «El pantano». Tengo una libreta entera con todos mis intentos fallidos»

Fue mi abuelo quien me tatuó la nostalgia de lo que jamás conocí. Él, que era adusto y reservado y al que nunca le escuché más palabras que las imprescindibles, solo se mostraba expansivo cuando hablaba del lugar en el que nació y del que desde su adolescencia le dijeron que tendría que irse, hasta que con cuarenta y cuatro años se cumplió la amenaza. Él era quien me llevaba a las hoces para ver a los buitres, y me acercaba a la orilla del pantano para señalarme sobre el espejo del agua dónde estuvieron la fuente de los Aguachines y la casa del bisabuelo Juan y la fonda de la bisabuela María y las bodegas y las tenadas y el camposanto en el que se quedaron todos los muertos, entre ellos su madre y su hermana Sara. Yo miraba su piel áspera y solo veía el agua quieta bajo la canícula del calor, pero el mito se esconde en lo que no se ve.

Con dieciséis años, apenas tres después de su muerte, comencé un cuento titulado «El pantano». Tengo una libreta entera con todos mis intentos fallidos. Fue tal mi desánimo que, a pesar de que había empezado a escribir al mismo tiempo en que me enseñaron a sostener el lápiz, abandoné la afición. Cuando retomé la escritura cinco lustros después volví a fracasar, pero en ese momento tenía claro que no podía abandonarme a la frustración, ya que la memoria de Linares se estaba muriendo con sus últimos supervivientes y me sentía obligada a hacer algo para preservarla. Más aún cuando en los archivos del ayuntamiento de La Vid y Barrios me di cuenta de que la documentación del antiguo pueblo o no se sabía dónde había acabado —me pregunto si no está en el mismo lugar que los muertos de Linares— o lo que se trasladó al pueblo nuevo estuvo durante cincuenta años abandonado, sirviendo de alimento a las ratas, el moho e incluso el fuego. No fue menos arduo el andamiaje de la novela, con un esquema de casi veinte mil palabras; ni el proceso de redacción, pues no lograba trasladar la voz de Marcos al papel (no en vano fue un hombre a quien se le podían oír en un día entero apenas media docena de monosílabos).

«Cuando el bloqueo era insoportable, viajaba al pueblo y recorría el camino de vuelta a Linares: las hoces, la vega del Riaza, los páramos, los campos de encinas y enebros»

Cuando el bloqueo era insoportable, viajaba al pueblo y recorría el camino de vuelta a Linares: las hoces, la vega del Riaza, los páramos, los campos de encinas y enebros, pues escribir esta novela era parte de ese regreso necesario. Quizás lo que aquí se narra no tenga nada que ver con lo que en realidad pasó y sea cierto lo que hace unos meses me dijo alguien de los que dejó aquello: «Si todo es cuento, todo es mentira». Espero que no sea así, que La marca del agua conserve la verdad esencial y que el lector pueda encontrar en ella lo que aquellos hombres y mujeres sintieron al abandonar la tierra en la que sus antepasados les habían construido un mundo que hubiesen deseado dejar como legado a sus hijos. Ojalá llegue hasta el lector su desarraigo, su nostalgia, su pena, su pérdida irremediable e irremplazable, la incomprensión propia y ajena.

En lo que a mí respecta, esta novela me ha ayudado a recuperar parte de ese algo que he echado en falta desde siempre, pese a que no lo haya tenido nunca.

Autora: Montserrat Iglesias. TítuloLa marca del agua. Editorial:  Penguin Random House.

Fuente: zendalibros.com – Montserrat Iglesias – 2/11/2021.

«En Linares no dejaron solo el pasado, sino todo aquello que pensaban que legarían a sus hijos y a sus nietos»

VIDEO. LINARES DEL ARROYO, UN PUEBLO VIVO EN LA MEMORIA.

Hablamos con la escritora Montserrat Iglesias, que se adentra en la historia de Linares del Arroyo con su libro ‘La marca del agua’

No cabe duda de que uno de los libros estrella para los ribereños en 2021 ha sido La marca del agua de la escritora Montserrat Iglesias publicada por la editorial Lumen. Trata de un tema cercano que toca la fibra a todas aquellas personas que de alguna manera están relacionadas con Linares del Arroyo, un pueblo que quedó anegado por el agua por la construcción de un embalse en cuyo interior se concentran miles de historias. Con su autora queremos hablar de recuerdos, pero también mirando hacia adelante.

-Decidiste que tu primer libro estuviese dedicado al recuerdo de los tuyos. ¿Por qué?

-En primer lugar, porque los temas sobre los que escribo son siempre la familia y la muerte, y de eso habla, más que de cualquier otra cosa, La marca del agua. Y, en segundo lugar, porque era un acto de justicia. Nosotros somos la última generación que hemos oído de la boca de sus antiguos habitantes las historias de aquel Linares y creía que era necesario que la esencia de esas historias no se perdiese para siempre.

-Imagino que habrás vivido momentos intensos escribiéndolo, ¿has pasado ratos amargos?

-Claro que se pasan momentos difíciles. Es maravilloso cuando un lector se te acerca o te escribe diciéndote que le ha gustado tanto la obra que se la ha leído en dos tardes. Pero, a la vez, pienso: “Madre mía, ¡con los cientos de horas de trabajo que he dedicado a estas páginas!”. Es como cuando te pasas toda una mañana cocinando y todo desaparece de la mesa en diez minutos. Escribir, al menos para mí, es un trabajo arduo, lento, muy solitario, y la mayor parte de las veces voy a ciegas. Ahora todo el mundo me habla de la naturalidad con la que se expresa Marcos, el narrador y protagonista, pero nadie sabe lo que me costó que sonara bien esa voz. Creo que fue lo más complicado todo y no me avergüenza decir que la frustración me hizo llorar muchas veces.

-Las historias de tu abuelo son la marca que quedó en el agua y que a ti te han inspirado para escribir la novela. ¿Fue muy duro para los que tuvieron que abandonar el pueblo donde habían nacido?

-Para que se entienda lo que supuso para mis antepasados linarenses trasladarse a La Vid o marcharse a localidades y ciudades mucho más lejanas, siempre cuento una anécdota de mis padres. Mi padre es de Linares y se fue a La Vid con su familia siendo un niño, y mi madre es de San Esteban de Gormaz. No hay ni veinticinco kilómetros entre las dos localidades, pero ninguno de los dos conocía el pueblo del otro hasta después de casados, y ¡estamos hablando ya casi de los años 70! Así que nos podemos imaginar lo pequeño que era el mundo de una población rural a finales de los 40. Para ellos fue terrible saber que tenían que marcharse de su casa, que había sido la casa de su familia durante generaciones, abandonar su sustento, sus costumbres y tradiciones, dejar a sus muertos debajo del agua. En realidad, no dejaban solo el pasado, sino todo aquello que pensaban que legarían a sus hijos y a sus nietos. Sentían también que se les arrebataba la seguridad de un futuro.

-Ya has podido comprobar las reacciones de muchas personas que han leído el libro. ¿Son buenas?

-No puedo estar más agradecida a los lectores. Me imagino que solo se dirigen a ti aquellos a los que les ha gustado la novela, pero es tanta la alegría y la extrañeza que te produce cuando te hablan con esa pasión de algo que has escrito. Y no solo las personas de mi entorno o aquellas que sienten esta historia mucho más cercana, como aquí en la Ribera o en las Hoces del Río Riaza, donde la acogida no ha podido ser mejor, sino en muchos otros sitios. Hay historias maravillosas, como una mujer que me dijo en una presentación de Madrid que el libro le había ayudado, pues su hermano se había suicidado el verano pasado; o un señor muy mayor de Segovia que compuso un soneto después de la lectura de La marca del agua y me lo envió; o ayer mismo me escribió un hombre de Aragón por Instagram y me dio las gracias “por existir”. Eso no hay dinero que lo pague ni corazón tan grande que lo consiga agradecer como se merece.

– La portada del libro es la imagen de un caballo blanco. ¿Por qué se ha elegido?

-La portada es todo un hallazgo de la directora literaria de Lumen y Alfaguara, María Fasce. Desde que vio la foto de Isabel Muñoz en El País Semanal supo que era la portada del libro y no descansó hasta conseguirla. Creo que es uno de los mayores aciertos de la edición, pues Noble, el caballo de Marcos, es el que lleva a los personajes en el carro desde Hontanar (el nombre de Linares en la novela) al pueblo nuevo, y tiene con ellos una relación muy particular, sobre todo con Marcos, del que se convierteen su alter ego. Noble es un macho de trabajo, así que no se parece en nada a este caballo blanco, pero es como si lo hubiésemos espiritualizado para la portada. Me encanta.

-Es la primera novela tuya pero no lo primero que escribes. Lograste el primer premio Alma Negra Ediciones por la novela corta El terraplén y una beca para el máster de Narrativa de la Escuela de Escritores. ¿Desde cuándo escribes?

-Mi caso es un poco especial. Contaba historias desde que me enseñaron a sostener el lápiz. Recuerdo mi primer cuento, a lo mejor no tenía ni seis años, de unos guisantes que hablaban.Tres años después de la muerte de mi abuelo, a los dieciséis, intenté escribir un cuento, titulado El pantano, en el que ya aparecía la historia de la familia. Por supuesto, no fui capaz y fue tal mi desencanto que dejé de escribir casi hasta los cuarenta. Ahora que ya he conseguido sacar adelante esta historia, no quiero abandonar de nuevo la escritura, así que estoy con un nuevo proyecto.

-Profesora de Lengua y Literatura en un instituto de Secundaria, ¿dónde te sientes más feliz? ¿En el aula con tus alumnos o frente a una hoja en blanco?

-El aula es mi auténtica vocación y me lo paso realmente bien, mientras que la escritura, cuando hablas de algo que de verdad te importa, hay que extraerla de un pozo muy hondo, por lo que muchas veces es dolorosa. Por lo tanto, la respuesta está clara: soy más feliz con mis chicos. No obstante, escribir es finalmente maravilloso porque vas más allá de ti mismo. Cuando relees lo que has escrito tiempo después, te preguntas: “Pero ¿esto de verdad lo he hecho yo?”. Y hay una sensación de estar trascendiendo que no te lo da ninguna otra cosa en la vida. Quizás ocurra lo mismo con los hijos… ¡Pero un libro da mucha menos guerra después de que has conseguido, al fin, ponerlo en el mundo!

Fuente: diariodelaribera.net – Begoña Cisneros – 02/01/2022.

Más info

El consultorio | Montserrat Iglesias

Cadena SER: Hoy por Hoy | Magazine. Monserrat Iglesias en el consultorio librológico y receta libros para todo tipo de dolencias e inquietudes. Publicado el 29-10-2021 12:04:59 CEST.

«La marca del agua», publicada por Lumen, es la primera novela larga de Montserrat Iglesias, y cuenta una historia que lleva intentando contar desde los 16 años. Ha ficcionado la historia de su familia, obligada a abandonar su pueblo porque había sido seleccionado para ser inundado por un pantano. En España más de 500 pueblos desaparecieron de ese modo, y el éxodo de esas miles de familias hacia pueblos nuevos, construidos por el Instituto Nacional de Colonización, no se ha contado y estaría a punto de olvidarse si no fuera por novelas como la suya o las de Julio Llamazares. Como libróloga, sus recomendaciones atienden el problema del mal, por ejemplo, y pasan por Ana María Matute, Samantha Schweblin, Juan Rulfo o Philip Roth. Y por supuesto, también por Julio Llamazares.

Fotografías del antiguo pueblo de Linares del Arroyo

Linares del Arroyo fue un pueblo de la provincia de Segovia que, actualmente, se encuentra sumergido bajo las aguas del Pantano de Linares, inaugurado en 1951. Lindaba al noroeste con Montejo De la Vega de la Serrezuela y al resto con Maderuelo.

Sus habitantes vivieron el trauma de abandonar sus vidas, sus casas, sus recuerdos y sus campos mientras veían cómo el agua subía implacable, sin prisa pero sin pausa, tragándose una a una cada vivienda, tal y como lo relata el libro La Marca del Agua, basado en las memorias de quienes aún viven.

Fueron desalojados en su mayor parte al actual pueblo de La Vid, aunque la mayor parte del pueblo se negó a abandonar sus casas hasta el último momento, cuando el agua ya estaba literalmente dentro de ellas.

Nivel del agua subiendo y desmoronando los muros de adobe. A la derecha la iglesia y, más a la derecha fuera de la foto, la presa nueva.

Fuente: enaranda.es

Entrevista a Montserrat Iglesias. La marca del agua.

VIDEO-AUDIO. Entrevista a Montserrat Iglesias. La marca del agua.

Audio de la entrevista mantenida con Montserrat Iglesias para hablar de su primera novela, La marca del agua. Una obra inspirada en una historia familiar. El debut en el genero de la novela de la autora nos habla de la creación de un nuevo pueblo a partir de que los habitantes de Linares del Arroyo tengan que abandonarlo al quedar dicha población dentro de lo que será un nuevo pantano. Esta publicación habla de la memoria y la pérdida, la necesidad de arraigo, lo inexorable del progreso y el poder de la naturaleza.

Sinopsis

19 de abril de 1950. El agua ya ha alcanzado la piedra que sirve de testigo: en menos de diez días Hontanar desaparecerá para siempre inundado por el pantano. Todos están celebrando la inauguración del pueblo nuevo, solo quedan allí los hermanos Cristóbal. Pero un suceso terrible les obliga a emprender precipitadamente el viaje: Marcos descubre a su hermana Sara colgada de un machón de la cuadra. Envuelta en la colcha que bordó durante años para un ajuar que ya nunca será utilizado y oculta entre sacos de patatas, Sara recorre ese camino en el carro de su hermano. Después de todo, siempre quiso irse del pueblo.

Durante el trayecto por un territorio que es ya un páramo, Marcos recuerda la historia de la familia, sus sombras y silencios: la llegada siendo unos niños cuyo origen su madre quiso esconder, los deseos de Sara por construirse una vida propia, la obsesión de la madre por el pretendiente perfecto que le procurase una buena boda, los sentimientos e impulsos no confesados, las traiciones y la relación con el ingeniero falangista encargado de las obras del pantano…

Fuente: Librosenelpetate.

Monserrat Iglesias presenta ‘La marca del agua’ (Lumen)

Entrevista a Montserrat Iglesias, escritora

VIDEO. Entrevista a Montserrat Iglesias, escritora

Una recomendación lectora de la mano de Montserrat Iglesias. La autora nos presenta «La marca del agua».

Las raíces nunca mueren

La escritora Montserrat Iglesias presenta mañana en la biblioteca su novela ‘La marca del agua’, ambientada en la desaparición del pueblo segoviano Linares del Arroyo y el consiguiente desarraigo.

Hay plantas que permanecen fértiles pese a que les corten los tallos o las ramas. Se resisten a desaparecer. Sus raíces se empeñan en hacerla brotar hacia el exterior en cada temporada.

Ese afán por la supervivencia, el mandamiento de la Naturaleza es lo que transmite Montserrat Iglesias en su libro ‘La marca del agua’. Lo presentará mañana jueves día 9 en la Biblioteca de Segovia a las 19:00 horas. Estará acompañada por el periodista Guillermo Herrero, apasionado de las tradiciones segovianas.

Montserrat Iglesias denomina “sentimiento de arraigo” a ese afán de pervivencia. Y es la identificación con un terreno o un territorio. Ella ha heredado el apego al terruño transmitido por su familia. Con una peculiaridad: que el pueblo del que procedían sus ancestros, Linares del Arroyo, fue anegado por el pantano que lleva el mismo nombre del poblado que se tragó. Sólo en contadas ocasiones, cuando el caudal del río Riaza está muy bajo, emerge la torre de la iglesia del viejo Linares.

La autora rescata en esta novela algunas voces de toda una generación que pensó que desaparecían sus raíces.

Ella nació en Madrid, destino al que emigraron sus ancestros en los años 50. Pero siempre se ha sentido vinculada a este territorio. Hasta los 13 años la llevaba su abuelo hasta el borde del pantano de Linares. Luego iba con su padre. Ahora lo hace sola. Porque siente su vínculo con el terruño.

Ha tenido que ser una historia de ficción la fórmula para conseguir magistralmente plasmar esos sentimientos; con personajes de ficción, pero que pudieran ser perfectamente reales. En cambio los lugares que aparecen en la novela sí son reales, como el momento histórico en que se enmarca la novela: el inicio de la Guerra.

La marca del agua’ apela a ese momento en el que un pueblo entero debe abandonar sus casas, y también sus raíces, a merced de uno de los pantanos diseñados bajo la política hidráulica impulsada durante la Segunda República y que se alargó durante el Franquismo.

Se pretendía acabar con la pertinaz sequía de una España eminentemente rural. Aquí, en Linares del Arroyo, es donde surge esta historia antigua que habla de inquietudes afines a este primer cuarto del siglo XXI: la necesidad de arraigo, lo inexorable del progreso o el amor por la naturaleza. También es una reflexión profunda sobre la muerte y el olvido, y una reivindicación de la memoria de los antepasados.

Montserrat Iglesias reconoce que su novela pertenece al Neorruralismo que parece emerger en estos tiempos en los que se habla mucho de la España vaciada o de la despoblación. Pero lo define como “algo más que una moda”.

Buscamos nuestra pertenencia a un lugar”, dice. Ese arraigo de las personas a sus territorios rurales nunca se ha perdido. Lo que ocurre es que es ahora, pasados unos años, se pone en valor. Porque las personas que se vieron obligadas a emigrar, las generaciones del éxodo rural, los españoles de la maleta de tela… sufrieron un destierro, pero no un desapego. Todo a pesar de que hubo un esfuerzo “de nuestros padres por modernizarse rápidamente y asimilar la vida en la ciudad y olvidar de donde habían salido, porque les hicieron creer que aquello era la España subdesarrollada y no merecía la pena”. “Les intentaron obligar a olvidar”, resume.

Hoy, varias generaciones después, las cosas se ven de otra forma. “La ciudad, aunque te gusta porque has nacido en ella, es un lugar inhóspito para encontrar ese sentimiento de pertenencia”, asegura. “Pero ese afán por encontrar el arraigo lo compartimos el 80% de la población”, añade.

Iglesias no ha descubierto este sentimiento ahora. A los 16 años, tres años después de fallecer su abuelo, intentó escribir un cuento. Luego se embarcó en una novela que fue premiada, pero no llegó a publicar. Posteriormente, tras su paso por la Escuela de Escritores, donde cursó un Master en narrativa, se convenció de que no iba a prosperar su intento de publicar algo si no era a través de la ficción. Y de ahí ha salido esta primera novela, madurada, y de reciente aparición que está llamada a convertirse en un gran éxito donde el realismo que emana se empareja al de autores como Luis Mateo Díez o Julio Llamazares, o antes Delibes o Cela. “Somos los últimos que oímos aquellas historias, y no podemos desaparecer también bajo la inundación del tiempo sin dejar que se escuche”, concluye.

Fuente: El Adelantado de Segovia – Florentino Descalzo – 8 diciembre, 2021.

Montserrat Iglesias – La marca del agua – Historias de papel (8/1/2022)

Montserrat Iglesia se ha inspirado en los recuerdos familiares para su primera novela, «La marca del agua», en el que reivindica la memoria de las gentes d ellos más de 500 pueblos que desaparecieron en España bajo las aguas de embalses y pantanos.

Entrevista de Manuel Pedraz a Montserrat Iglesias, para el programa Historias de papel, sobre “La marca del agua” (Lumen), novela en la que cuenta la historia de una de los miles de familias españolas que vieron cómo sus recuerdos se ahogaban bajo las aguas de los embalses y pantanos construidos por el franquismo, que hacía realidad proyectos diseñados en algunos casos en los años 20. El libro recorre varias décadas de la historia de España, aunque la acción se desarrolla en apenas una mañana de abril de 1950, cuando el vecino de uno de aquellos pueblos se niega a abandonar el cuerpo de su hermana, a la que ha encontrado ahorcada en su casa justo el día en que tenían que abandonarla por el avance de las aguas del pantano que obligó al desplazamiento de sus habitantes.

Fuente: ivoox.com

Un libro recuerda la desaparición de Linares del Arroyo bajo las aguas del pantano

La profesora Montserrat Iglesias cuenta una historia ficticia apoyada sobre el hecho verídico de la desaparición bajo las aguas de la localidad segoviana de Linares.

Fuente: ondacero.es – María José Gómez Domingo – Segovia – 09.12.2021

La Marca del Agua es un libro que cuenta la historia de los que fueron obligados a perderlo todo y vieron sumergidas sus casas en las aguas de un nuevo pantano, el de Linares. Son los últimos habitantes de Linares del Arroyo, que recorrían a diario el camino que les separaba de La Vid, para poder cultivar las tierras del nuevo asentamiento.

Se trata de un Coloquio presencial con antiguos habitantes de Linares del Arroyo, para conocer de primera mano su historia.

Montserrat Iglesias habla del libro La Marca del Agua sobre el que esta tarde debatirá en Maderuelo (5/2/2022).

Fuente: cadenaser.com

Presentación del libro en Fresnillo de las Dueñas (Burgos). 10 diciembre 2021

Fresnillo acoge la presentación de ‘La marca del agua’. La escritora madrileña Montserrat Iglesias acudirá a la biblioteca del Centro Cultural a hablar de esta novela, que habla de un pueblo desaparecido bajo las aguas de un pantano.

La marca del agua en Aranda de Duero. 7 abril 2022

19 de abril de 1950.

El agua ya ha alcanzado la piedra que sirve de testigo: en menos de diez días Hontanar desaparecerá para siempre inundado por el pantano. Todos están celebrando la inauguración del pueblo nuevo, solo quedan allí los hermanos Cristóbal. Pero un suceso terrible les obliga a emprender precipitadamente el viaje: Marcos descubre a su hermana Sara colgada de un machón de la cuadra. Envuelta en la colcha que bordó durante años para un ajuar que ya nunca será utilizado y oculta entre sacos de patatas, Sara recorre ese camino en el carro de su hermano. Después de todo, siempre quiso irse del pueblo.

La Marca del Agua es un libro disfrazado de ficción que cuenta la historia de los que fueron obligados a perderlo todo y vieron sumergidas sus casas en las aguas de un nuevo pantano, el de Linares. Son los últimos habitantes de Linares del Arroyo, que recorrían a diario el camino que les separaba de La Vid, para poder cultivar las tierras del nuevo asentamiento.

Desalojo de Linares del Arroyo. Pantano coloreada.

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«La marca del agua» (I). Memoria, arraigo, progreso y naturaleza. Montserrat Iglesias.

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