Educación

Democratización del conocimiento, de la literatura y de la belleza. Irene Vallejo.

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Portada. Irene Vallejo. Foto: Santiago Basallo.

El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, ensayo multipremiado y de éxito.

Fueron de piedra, de barro, de junco, de tela y hasta de piel. Antes de llegar al papel o a la luz de los aparatos electrónicos, el libro fue rollo, tabla o códice. Con ellos fue cambiando la forma de escribir, de “dibujar el sonido”, y de leer, “de escuchar música hecha palabra”. Los libros han sido un tesoro muy codiciado por los poderosos y así como los han robado y acaparado, los han prohibido, incendiado y destruido. Pero siempre hubo alguien que los rescató, los escondió en las heladas noches de un gulag o de una cárcel o luchó por conservar una biblioteca. La historia del libro es fascinante, sobre todo si la cuenta Irene Vallejo (Zaragoza, 1979), escritora, filóloga y autora del ensayo El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. Este es un ensayo que se apoya sobre todo en documentos antiguos, pero se va condimentando con referencias a la literatura y al cine contemporáneos, a anécdotas curiosas y graciosas de figuras históricas, a recuerdos personales, alegres y dolorosos. El resultado es una narración exquisita, un viaje que parte de la creación de la Biblioteca de Alejandría hacia las bibliotecas públicas en los baños romanos. Por sus páginas aparecen figuras conocidas de la historia, pero también los primeros bibliotecarios y libreros, los copistas, las mujeres narradoras o escritoras que no pasaron a la historia. Una vez que su padre le contó las aventuras de la Odisea, Vallejo se convirtió en “la niña de los mitos”. Desde entonces, su vida estuvo unida al libro, a las novelas, a los cuentos infantiles. Ahora está sorprendida de que un ensayo de casi 500 páginas sobre el libro antiguo tenga tanto éxito. El infinito en un junco ha recibido varios reconocimientos en su país, entre ellos, el Premio Nacional de Ensayo 2020, y se está agotando en las librerías. “Me hace muy feliz cuando algún lector me dice que lo sintió como una conversación íntima y no simplemente como una exposición de hechos históricos”, le dice a Búsqueda en conversación por Zoom desde su casa en Zaragoza, rodeada de libros.

—¿El origen de este ensayo hay que buscarlo en tu familia?

—Mis padres eran grandes lectores y mi casa rebosaba de libros, pero para mí fue muy importante el estadio oral, los cuentos antes de dormir, con sus propias palabras, no leídos de un libro. Fue decisivo cuando mi padre comenzó a contarme la Odisea, creo que tendría unos tres años, y estaba muy ávida de historias. Cada noche me narraba una aventura con la sirena, el cíclope, Calipso, Nausícaa, Eolo, y yo estaba convencida de que las inventaba para mí y que eran sus palabras y no las de Homero. Fue una forma muy próxima de sentir la magia del relato, como una especie de refugio hacia el mundo de los sueños. Por eso en el libro hay un gran homenaje a todos los narradores orales de la historia y a la oralidad que sobrevivió junto con la escritura. Es también un homenaje a todas las mujeres que quedaron relegadas a la narración oral porque no accedieron a la educación o a la cultura, a la posibilidad de escribir o publicar, y a esos maravillosos narradores analfabetos que hubo a lo largo del tiempo. Todos han estado aportando vitalidad a la literatura escrita y han estado en la formación de muchos escritores y de muchos artistas. La radio, los audiolibros, los podcasts son en definitiva una alianza de las nuevas tecnologías con la antiquísima oralidad, que nunca murió del todo.

—Hacia el final del ensayo aparecen tus padres unidos por un libro de César Vallejo y también tu abuelo que se ocupaba “del bien que no se nota”. ¿Por qué quisiste rescatar esas experiencias?

—Mi padre comenzó a leer a Vallejo, con quien no había ningún parentesco, por la curiosidad de saber que existía un poeta tan conocido y admirado con su mismo apellido, y le impresionó mucho. Entre los primeros libros que le regaló a mi madre estaba Trilce y también Campos de Castilla, de Antonio Machado, porque él era soriano, de las mismas tierras donde Machado escribió ese libro. Esos dos poetas hicieron que ella se enamorase. Me parecía que eso también había que contarlo, cómo la literatura se relaciona con nuestra vida y condiciona nuestras decisiones vitales y nuestra mirada sobre el mundo. Por eso me gusta lo que César Aira dijo en una entrevista sobre la capacidad que tienen los libros de crear una amistad instantánea entre personas que no se conocen. En cuanto a mi abuelo, solía decir: “El bien no se nota”. Creo que El infinito en un junco es también una investigación en busca de esas personas anónimas que quedaron eclipsadas en la historia de la literatura por los creadores y sin embargo lograron que el libro sobreviviera: copistas, esclavos, aedas, juglares, bibliotecarios, libreros. También sobrevivió por lectores y lectoras que simplemente han protegido, guardado y amado los libros.

—Es un ensayo que escapa a las características del género. ¿Qué fue lo más trabajoso a la hora de escribirlo?

—La estructura, para mí fue el trabajo más arduo. Era consciente de que estaba tejiendo un tapiz, pero que tenía que saber el diseño antes de empezarlo. Es algo que hago siempre con mis novelas y relatos infantiles. Necesito tener un mapa previo de lo que voy a escribir, y para hacerlo utilizo la técnica de la escaleta del guion cinematográfico. Quise contar la historia del libro de una manera aventurera, como un híbrido entre el ensayo y la narración. Entonces mezclé géneros: lo periodístico, las memorias en primera persona, la crónica de viajes, las anécdotas. No me interesaba tanto la erudición, sino que esos hechos fueran reveladores del mundo actual. El libro es el resultado de muchas etapas de mi vida que finalmente han confluido. Hubo una primera parte que fue mi investigación de doctorado para escribir una tesis que no llegué a publicar. Finalmente, no pude quedarme en la universidad y di un giro hacia el periodismo y la escritura de ficción. En el periódico donde trabajaba, propuse una columna semanal en la que hablara de un tema de actualidad a través de referencias a un mito, a la historia, a personajes antiguos o a la etimología. Ahí aprendí mucho sobre cómo hablar a un público que no es especialista, pero que disfruta del origen de ciertas expresiones, instituciones, leyes y conceptos que le han dado forma a nuestro mundo. Luego, como escritora de literatura infantil y juvenil, descubrí cuáles eran las historias que despertaban más interés en el público joven, que es muy exigente.

—Usaste las figuras de los jinetes al comienzo y al final. También el libro tiene algo de viaje circular…

—Entre esos episodios de los jinetes se cubre todo un arco evolutivo. Al comienzo son forajidos de western, a quien la gente les teme, que van a robar libros para el dominio de un rey. Al final, aparecen las bibliotecarias a caballo de Kentucky, que van en son de paz a llevar libros a donde no han llegado. Está muy pensada esa estructura circular. Cuando la estaba planificando pegaba post-it de distintos colores en un papel de embalar que tenía en mi despacho. Unos eran para libros, otros para películas, otros para novelas o series contemporáneas, otros para los aspectos técnicos de los códices, de los rollos y tablillas. Iba viendo que los colores no se repitieran demasiado en ese mosaico, y cuando venía hablando mucho de aspectos técnicos, era momento de que entrara una aventura o una anécdota o un episodio humorístico. De esa manera me construí en la pared una cartografía del libro. A esa estructura, con el hilo conductor de Alejandría, le dediqué meses.

—Hay pequeñas historias, como la del beso que Augusto le da al cadáver embalsamado de Alejandro y le rompe la nariz. ¿Esas anécdotas aparecen en los documentos antiguos?

—Cuando preguntas a la documentación, sobre todo a la de la Antigüedad, esas anécdotas aparecen. Para los griegos y romanos la historia era un género literario, entonces junto a los datos y evidencias, encuentras y te salen al paso muchas de esas peripecias. Con mi director de tesis tuve conflictos porque me reprochaba que yo me dejaba llevar por mi vocación literaria y escribía un ensayo cuando tenía que escribir un trabajo académico. Entonces intentaba reconducirme hacia una visión más distante y objetiva. Me podaba del texto las metáforas y las imágenes literarias. Siempre me decía “no seas ensayística”, y esa prohibición me dejó la espina clavada. Yo tenía que escribir un ensayo con todo lo que no me habían dejado escribir en la tesis. Tenía que dejar entrar esas historias que me habían parecido tan apasionantes, incluso algunas muy graciosas, como la de ese bibliófilo inglés que se encontró con que las páginas de un manuscrito valioso estaban en una pensión para usarlas en el retrete. Cuando daba clases en la universidad me di cuenta de que a mis alumnos se les quedaban mucho más grabados los conocimientos cuando el personaje tenía un rostro, una peripecia, atravesaba aventuras. A lo largo de la historia, la humanidad ha transmitido conocimiento a través de poemas épicos, de fábulas, de relatos. De hecho, la Ilíada y la Odisea son casi enciclopedias del mundo antiguo, hay infinidad de datos sobre agricultura, navegación, astronomía. Al parecer, nuestro cerebro absorbe mejor el conocimiento cuando tiene relación con algo humano, cuando no es pura abstracción, sin embargo, en la educación tendemos a hacer lo contrario, a abstraer las ideas. Entonces me pregunté, ¿y si hago la operación inversa?, ¿y si cuento una historia en que las historias sean las protagonistas y solo de vez en cuando haya alguna abstracción y reflexión?

—¿Qué personajes te sorprendieron más?

—Encontré facetas poco conocidas en varios personajes históricos, como en Alejandro Magno. Siempre se lo menciona como el conquistador, el estratega, el militar, pero pocas veces se dice que era un enamorado de la Ilíada y que la llevaba en todos sus viajes. Era como un Quijote porque quería hacerla realidad, ser el protagonista de una nueva Ilíada, y realmente lo consiguió. Hay algo literario en que Alejandría con su gran biblioteca naciera de un sueño. También siempre se ha identificado a Cleopatra con la mujer seductora que devoraba a los hombres. Pero Plutarco cuenta que no era una mujer especialmente guapa, decía literalmente que nadie se hubiera volteado para mirarla. Sin embargo, tenía una inteligencia deslumbrante, una gran capacidad para los idiomas y tenía una visión política asombrosa. De esa mujer tan inteligente y culta casi no nos han hablado. Cuando Marco Antonio quiso hacerle un regalo deslumbrante, no le regaló joyas, ni vestidos, ni barcos, ni carros, ni palacios. Le regaló libros. Esas evidencias existen, están en las fuentes, pero suele triunfar el arquetipo. Me parece escandaloso que Enheduanna, la primera persona que firmó un texto en la historia, sea una desconocida, no ya para el gran público, sino para los especialistas en historia antigua. Yo estudié cinco años y nunca nadie me la mencionó. Nadie me dijo que 1.500 años antes de Homero hubo una mujer que se atrevió a firmar con su nombre para la posteridad. Hay muchas huellas de la existencia de corrientes intelectuales de mujeres en el mundo antiguo. Por el contrario, se nos presenta un panorama en el que parece que solo hubo hombres intelectuales y escritores.

—También la historia del libro implica cambios en las formas de leer, desde hacerlo en voz alta a hacerlo en silencio…

—Hay toda una historia y un largo período de transición y estadios intermedios en la lectura. Desde la puesta en escena de los bardos, los aedas, los juglares hasta el momento en que San Agustín consigna por primera vez que había visto a alguien leer en silencio. Eso fue muy impactante para él, lo quedó mirando con asombro, como algo mágico, pensó que esa persona estaba junto a él, pero su mente estaba en otro lugar. No solo es un documento de la lectura silenciosa, sino que es el primer documento sobre la intimidad. Por otro lado, los griegos pensaban que los aristócratas ricos y los hombres libres no debían leer en voz alta y por eso tenían esclavos o gente de condición servil que les leían. Creían que cuando se leía en voz alta se estaba dejando que el cuerpo sirviera de instrumento para la voz de otra persona. Casi como una apropiación sexual, como si esa voz los sodomizara. Entonces no les parecía del todo decente que esto lo hicieran demasiado a menudo las personas libres, que no se acostumbraran a ceder su cuerpo a penetraciones ajenas. Tenían la sensación de que en la lectura había un proceso sobrenatural. Cuando leemos en silencio, estamos escuchando a través de los ojos, se produce una extraña conversación que actúa de manera muy curiosa. Es una de las operaciones más sofisticadas que realizamos, leer es un acto de descifrar, de interpretar signos, pero también de selección entre posibles significados de una misma palabra. Para los antiguos todo eso era muy misterioso. Nosotros casi olvidamos que cuando leemos nos hablan los muertos o personas distantes, nos olvidamos de asombrarnos. Por eso en varias partes del ensayo derribo la cuarta pared y me dirijo al lector y le digo: “Estás leyendo. Me estás escuchando y no estoy a tu lado”.

—“Es más probable que en el siglo XXII haya más monjas y libros que WhatsApp y tabletas”, planteaste en el ensayo frente a las posturas que anuncian la desaparición del libro. ¿Por qué te parece que hay esa visión?

—La visión apocalíptica de la cultura y de la literatura es un clásico. En todas las épocas hay voces que anuncian el abismo inminente, y una tendencia a la nostalgia, a que todo pasado fue mejor. Llevamos milenios al borde de la catástrofe, no sé cómo no hemos tocado suelo ya. Me interesaba discutir o rebatir esas ideas desde una perspectiva histórica amplia porque en general ese tipo de posturas siempre miran a un pasado muy próximo, “en mis tiempos”, “en mi juventud”. Me gusta mostrar los logros que no se notan, como decía mi abuelo. Estamos constantemente pensando que se termina la lectura, pero se publican más libros que en ningún otro período de la historia. Los libros fueron concebidos en una época en la que la duración de los objetos era un objetivo. Para nuestros antepasados era importante que los zapatos, la ropa, los muebles duraran, que las estructuras de las casas no se vinieran abajo. En cambio, ahora vivimos en un mundo consumista en el que el objetivo es sustituir lo que tenemos por el siguiente modelo, por la nueva tecnología. Lo nuevo siempre llega con un mágico atractivo. Pero la tecnología tiene el enemigo emboscado dentro, los aparatos están pensados para que los sustituya otro avance, otro sistema operativo que está por llegar y que es inminente. Y esos nuevos aparatos muchas veces dejan inservibles archivos que no se pueden abrir. Un libro del siglo XI o XII lo podemos leer perfectamente, pero no un disquete de aquellos viejos ordenadores. Pero siempre insisto en que la convivencia de formatos no es una competición. No fue así nunca. En la antigüedad convivían libros en rollo, tablillas y códices. No estaban pensando en que había que elegir una opción, eran útiles en forma diferente, todos los usaban según el contexto. Tener diferentes formatos de libros hace crecer nuestra experiencia, pero estamos tan obsesionados en hacer competir todo que parece que uno tuviera que excluir al otro. En el ensayo he intentado contar las relaciones creativas entre el libro y la informática. Los libros electrónicos han embellecido los libros en papel y los editores son conscientes de que lo que ofrece el libro es una experiencia estética, táctil y sensorial.

—¿Cómo fue la experiencia de tocar un manuscrito antiguo?

—Cuando por primera vez entré en contacto con un manuscrito de pergamino, un objeto bello y lujoso, fui consciente de que había sido concebido para el disfrute de las clases altas, de los soberanos y de hombres poderosos. Sentí por un lado el placer sensual de disfrutar de algo tan hermoso, pero también que había una dimensión social para que alguien como yo, sin fortuna familiar y con una beca, hubiera podido entrar en ese mundo. Sentí que la historia del libro es la historia de la democratización del conocimiento, de la literatura y de la belleza. Hemos conseguido en el transcurso de los milenios que algo que nació como una fuente de poder y privilegio se extienda. Esa fue mi sensación en Oxford y Florencia. Olvidamos esa historia épica, que implicó durante siglos rescatar de los palacios y mansiones aristocráticas todo ese cofre de maravillas.

Fuente: Búsqueda. 7-13 julio 2021.

Las mujeres han sido tejedoras de relatos y retales… Ellas fueron las primeras en plasmar el universo como malla y como redes.

Irene Vallejo. Filóloga y escritora. Premio Nacional de Ensayo, España, 2020.

V. Completa. Una declaración de amor a los libros. Irene Vallejo, escritora

Fuente: AprendemosJuntos.

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