San Agustín

Pascua de Mariano A. Moreno García, OSA, Obispo emérito de Cafayate (Argentina).

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Murió el 16 de agosto de 2023 en Madrid, a los 84 años de edad y 65 de vida religiosa. 

«Para que todos sean uno»

Agradecimiento a Valeria Torres, de Cafayate (Argentina) por este video de homenaje.

Nació en Milagros, provincia de Burgos, España, el 6 de septiembre de 1938; emitió sus votos simples en la Orden de San Agustín en 1958 y los solemnes en 1961. Fue ordenado presbítero el 9 de julio de 1964 por mons. Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Oviedo. Obtuvo en Salamanca la licenciatura del Ciencias de la Educación. Fue maestro de profesos (1969-1977), consejero provincial (1977-1983), secretario provincial (1978-1983) y prior provincial (1983-1991). En 1995 fue destinado a la prelatura de Cafayate (Argentina). Elegido obispo-prelado de Cafayate el 17 de noviembre de 2007 por Benedicto XVI; ordenado obispo el 9 de marzo de 2008 en Cafayate; tomó posesión de la sede e inició su ministerio pastoral el 9 de marzo de 2008. El Papa Francisco le aceptó la renuncia el 10 de febrero de 2014. En 2017 regresó a España con la salud muy deteriorada. Lema episcopal: «Para que todos sean uno». Fue uno de mis formadores en el Monasterio de Santa María de la La Vid (Burgos) España, y uno de mis Provinciales como agustino, a quien debo mi primer destino misionero a Argentina (1984). Dios lo tenga en su Gloria. Descanse en paz.

José Luis Miguel González, OSA.

Monseñor Mariano, sembraste el evangelio siempre con alegría y un gran cariño. Todos los que tuvimos la dicha de conocerte y compartir momentos inolvidables damos gracias a Dios por hacer presente a Jesucristo, el Buen Pastor.

Mariano Moreno García, sencillamente bueno, servicial y obispo

Nos duele la separación temporal, breve ya para mí, de nuestro querido hermano Mariano Moreno García, persona buena, creyente fuerte, amigo entrañable, obispo celoso y piedra miliar en la provincia del Santísimo Nombre de Jesús de España.

Era una delicia compartir la vida con Mariano, el de Milagros. Su aspecto no podía negar su origen de “viejo castellano”, recio y tierno, de raíces añosas, como las vides de su pueblo de Milagros.

Al contemplar y evocar a nuestro obispo y compañero entrañable, Mariano, señalo algunos rasgos de su perfil biográfico.

Persona de principios firmes y convicciones sólidas, alma de músico y pedagogo esmerado, amigo de todos, nacido para hacer el bien y servir, de “Romero solo” por la vida:

Sin hacer callo las cosas, ni en el alma, ni en el cuerpo. Pasar por la vida una vez, una vez solo y ligero, ligero, siempre ligero. Sensible a todo viento.

Cierto, era profundamente sensible, humano, cercano. Florecían en Mariano las esencias evangélicas acendradas: Ante todo, lo que define a un ser humano, que cree en Jesús y toma en serio el Evangelio, es ser persona honrada y buena, que, sobre todo, centra su vida en aliviar el sufrimiento de los otros y hacer felices a los demás.

Respiraba agustinismo por todos los poros de su cuerpo y de su alma, formador renovador en la escuela apostólica San Agustín de Palencia y en el monasterio de Santa María de la Vid, en aquellos tiempos de primavera vocacional.

Ejerció de consejero y secretario provincial, lúcido y, a la vez, prudente y tirado para adelante. Dos veces provincial, humilde y animador. Misionero y obispo de Cafayate, sembró la semilla del Reino en los cerros y en los Valles Calchaquíes. Luchador y, a la vez, frágil y vulnerable ante la resistencia e impotencia, pero todo lo superaba por ser amigo fuerte de Dios. Como amigo, te sentías “reconocido” en él.

Quien mejor describe la personalidad humana, religiosa y agustiniana es su condiscípulo y connovicio el gran agustino Fray José María Fernández Luengos: “Mariano ha sido siempre un gran compañero, trabajador esforzado, constante e incansable: gran músico, divertido y emprendedor. Ha gozado de una salud de roble, o mejor, de enebro vitense. Donde esté él hay alegría y uno se siente a gusto. A veces tropieza, pero como no cae, adelanta. Es piadoso, le gusta rezar solo y en comunidad, mira el cielo y cuenta las estrellas… No es excesivamente brillante en sus exposiciones o charlas, ni siquiera de fácil palabra, pero como vive y cree profundamente lo que dice, llega, cala, convence y arrastra. Andariego como Teresa de Ávila y turista viajero como Juan Pablo II, es un líder, un ‘todo terreno’ y muchas veces ha hecho de buen samaritano. Disfruta con todo y con todos y hace amigos porque se entrega”.

Con el hermano y obispo Mariano, la vida era una plaza abierta, donde te encontrabas a gusto, satisfecho y siempre libre en salida hacia las periferias humanas y geográficas, para sanar, para humanizar, para evangelizar, para levantar esperanzas e insinuar utopías para que la historia avance hacia adelante.

Su peripecia humana, y su andadura creyente, agustiniana, misionera, está marcada por el esfuerzo, la entrega a fondo perdido, la bondad, la gratuidad, cercano a todos y servidor reconocido. Me viene a la memoria su coraje, sudor y lágrimas en los campamentos de verano de Palencia con Fawslkosky y su amigo León Diez.

Mariano era polifacético, como el poliedro, era un todo terreno, nada se le ponía por delante, estando en el campamento, en Calatañazor (Soria), el día de la fiesta del pueblo, por la mañana animaban con cánticos la Eucaristía y, por la tarde, en la corrida de toros, porque había fallado una banda de música, Mariano con los chicos del campamento, improvisaban una banda y animaban la fiesta. Y así era en todo, comprometido en los programas educativos, innovadores en Palencia.

Era un encanto. Formó parte significativa de aquel equipo innovador de formadores y profesores del Seminario Menor de Palencia -Antonio Macía, León Diez, Serafín de la Hoz, José Villegas, Miguel Fuertes Lanero, Esteban Sánchez, Albino Fernández, Andrés Baciero, Pedro Miguel, Casimiro Rodríguez, Ceferino Aliste, Gerardo Ureta, los hermanos Francisco y Jesús Fernández Prada, Francisco Prada Vicente, Juan Ibáñez, Fidencio Fraile, Agustín García, Paulino Abajo, Alfonso Turrado, Fray Francisco Castilla, Fray Leandro Vega, Fray Paulino Moreno…-, con la gracias de Dios fomentó en nuestra provincia aquella primavera vocacional.

Desde mi óptica parcial, claro está, así veo a mi hermano y obispo Mariano, de ojos azules y corazón inquieto, como el de nuestro Padre San Agustín. Siempre estaba en camino…, y no siempre llegaba, pero hoy ha llegado al descanso del sábado, que dice nuestro Padre.

Descansa en paz, hermano y obispo Mariano, misionero, pedagogo, agustino y amigo, de vida intensa y azacaneada.

Mons. Nicolás Castellanos Franco, OSA – Obispo emérito de Palencia (España) y misionero en Bolivia.

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Monseñor Mariano Moreno: «Gozaba haciendo felices a los demás»

Pedro Langa – Religión digital – 29.08.2023

Agustino burgalés de Milagros (1938), sacerdote sencillo y cordial, religioso dotado de formidable prodigalidad evangélica,  obispo misionero de corazón inquieto y generosa entrega por las remotas tierras cafayateñas de los valles calchaquíes (2008-2014), monseñor Mariano Anastasio Moreno García, dejando atrás la oscura noche de su ausencia terminal en Madrid, donde residía los  último meses de su preciosa existencia, se nos fue el 16 de agosto del corriente 2023, a la casa el Padre, para celebrar por siempre con Cristo la Pascua de la Luz, el agustiniano Gaudium de Veritate.

Biografía sustantiva la suya, de cabal plenitud, con un sinfín de adjetivos por florida corte – llegados estos días, algunos, en forma letánica incluso-, ayudarían a definir su rica personalidad, nunca decreciente, siempre curtida, elevada y valiente, saludable a la vez que esperanzadora para conocidos y extraños. Porque todos se le hacían hermanos.

Mons. Mariano

Su infancia, su adolescencia, su juventud y madurez revelan las genuinas, ancestrales y profundas raíces de Milagros. Uno recuerda todavía su guardapolvos de preceptoría y oblatura en Palencia, por ejemplo; las horas al piano con el Manual de Czerny, o, ya en el Monasterio de Santa María de la Vid, rendido a los sonoros acordes del divino Bach, que luego, con el paso de las noches y los días, irían diluyéndose un tanto  a medida que llegaba rompiendo marcha el no menos difícil andante spianato  de la formación humana y sacerdotal a la juventud.

De dirigir la música en el coro, a formar jóvenes religiosos y sacerdotes desde el tempero en los cargos directivos de la Provincia Agustiniana del Santísimo Nombre de Jesús de España media sin duda cierta distancia de gracia y diversidad, aunque ambos extremos ayuden a tender puentes y acumular virtud.

Concluida la licenciatura en Ciencias de la Educación por la Universidad de Salamanca, fueron abriéndose paso en él los nombramientos: director espiritual del Colegio Seminario San Agustín, en Palencia (1968-69), llamado entonces Escuela Apostólica San Agustín; maestro de profesos (1969-77), consejero provincial (1977-83), secretario provincial (1978-83), prior provincial de la citada Provincia y prior local del Monasterio de Santa María de La Vid (Burgos [1983-91]).

Aquellos cargos / cargas, con sus frecuentes viajes de oficio a tierras argentinas de  Salta, Catamarca y Tucumán posiblemente contribuyeran a facilitar su proximidad religiosa y sentimental, y su querencia por supuesto, a la entraña misionera de Cafayate, Prelatura salteña de sus últimos años evangelizadores, ya en la edad madura.

Catedral de Cafayate

Cuando buena parte de lo que antecede estaba todavía por venir, cuando apenas llevaba dos años de andadura ministerial dispensando la palabra y el sacramento desde la carta 21 de san  Agustín, uno, con aire de hermano y amigo, paisano al fin, le echó ya el ojo para ocupar púlpito en el cantamisa de la iglesia parroquial de San Martín de Tours, levantada entre bendiciones y dádivas por el hijo del pueblo y segundo obispo de Popayán, el venerable Fray Agustín de Coruña. Sus emotivas y vibrátiles palabras el día de mi efeméride las guardo como oro en paño, cual piadosas reliquias en el fondo de mi corazón. Fueron los suyos consejos fervientes dichos desde las airosas cumbres de lo armonioso y teologal.

Por aquel tornado de colaboración fraterna que su persona toda irradiaba, sobremanera siempre que se tratase de echar una mano -y hasta las dos, a veces- para rematar la faena, entraba mediante su sola presencia el mundo real de la grata compañía, del común hacer, del constructivo vivir-servir-convivir, del inconfundible ser a fuerza de saber estar cuando hay que estar. De ahí que no tuviera cabida el inhibicionismo en los recónditos pliegues de su alma grande y generosa. Tampoco las actuaciones frívolas, claro, ni las banalidades tópicas ni las exhibiciones egoístas.

De la cercanía -no sé cómo, pero se las arreglaba para salir siempre airoso-, sabía hacer virtud; de la distancia, sendero transitable; de la compasión, el sutil toque samaritano del Buen Pastor; de la convivencia agustiniana, fraternidad a raudales; de la desgracia ajena un comentario todo bondad; del dolor, en suma, presencia llena  de ternura.

Gozaba haciendo felices a los demás. Nadie me ha causado tanta impresión en cosa de favores: tenía el hondo sentido de la percepción, la sutil perspicacia de la realidad, para intuir carencias y descubrir necesidades. Quiero con ello decir que se te adelantaba expeditivo y alegre para llevarte en coche  a la estación, pongo por caso, o al aeropuerto, o a tu mismo pueblo si fuera preciso. Nunca te dejaba tirado. Al contrario, siempre compuesto y bien dispuesto.

Monseñor Moreno

Cómo olvidar la merienda-cena con él y sus hermanos Tere y Miguel subidos conmigo al castillo de mi pueblo, con la impresionante vista de la frondosa vega del río Arandilla y la imponente iglesia parroquial de Fray Agustín de  Coruña y las cigüeñas al sol en lo alto de la torre. Me lo recordó muchas veces: las fotos de ese imborrable momento en familia que yo le hice llegar hicieron el resto. Sus largas cartas, intuitivas, cálidas, animadoras, informándome de su gestión provincial repleta de viajes inacabables, dejaban traslucir su tersura de alma, su sencillez de espíritu, su inefable bondad. Igual, por cierto, que sus lágrimas derramadas en los momentos difíciles, aquellos ojos azules aguachinados ante el imprevisto bloqueo y el oscuro problema, que sólo dejaban de llorar con ayuda de la fe.

Tenía palabras que no se le caían de los labios, dichas en trances de jubilosa convivencia, de compartida emoción. ¡«Genial»!, era una de ellas. Me viene también a la mente incluso una frase que nunca logré averiguar de dónde la había sacado, pero que trajo y llevó durante una larga temporada en que la repetía como eslogan dale que te pego. Era ésta: «No se hable más de la cuestión de la contumelia». Puede que proviniese de alguna conferencia. Tampoco sabría yo dar ahora mismo en el quid, pero lo cierto es que cuantas veces rezo en el oficio divino «El Señor tenga piedad y nos bendiga» (Salmo 66) me viene a la mente su apacible presencia en el coro. 

Excelente lema episcopal el suyo: «Para que todos sean uno». Preciso rótulo y consigna ecuménica de arte mayor que pauta el quehacer pastoral de numerosos obispos en la Iglesia de nuestros días. Tenía monseñor Mariano sobradas razones para elevar el Ut unum sint de Cristo en la última Cena (Jn 17,21) al frontis mismo de su escudo episcopal. Iba a ser prelado-obispo de un Cafayate misionero que, como toda misión, guarda estrecho vínculo de fraternidad eclesial con el deber ecuménico, y eso lo llevaba nuestro benemérito protagonista en la entraña. Pero es que hay aún mayores motivos de conveniencia, si es que no de necesidad, a saber: el nuevo prelado cafayateño era, en religión, hijo de san Agustín, que hizo de su condición de Padre y Doctor de la Iglesia un paradigma de doctrina sólida  y comportamiento rectilíneo en el régimen diario de sus  disputas con los donatistas, controversia mayormente librada a base de insistir en la unidad de la Iglesia.

Milagros

Monseñor Mariano había crecido desde su niñez en Milagros, a la vera del Riaza, entre viñedos y rastrojeras de rebaños lanares con los corderillos recentales detrás de sus madres a la busca de yerbezuelas sobrantes después del acarreo, y todo aquel movimiento rural y cervantino había dejado en él, más que una asignatura, una cultura rendida a las mismas costuras del Evangelio.

Europa y América, por eso, en su pastoral misionera, se uncían como bueyes mitológicos al yugo lingüístico del castellano más limpio y mejor hablado, a la gran lengua española que sigue hablándose en su amada Prelatura cafayateña con holgura, donosura, claridad y buena comunicación.

En vista de lo cual, ya digo, no es extraño que el tirón ecuménico que hoy se cierne por los cuadrantes todos del orbe, subiese limpio y sereno a su definitivo y definitorio escudo episcopal. Monseñor Mariano quedaba equipado así, en los años de su madurez prelaticia, para impartir en las religiosas tierras de Cafayate una amena lección de oratoria evangélica gozosa y creyente, enriquecida desde su juveniles pasos por La Vid y Palencia, con la caricia trigueña de la Virgen más bella de las Españas -La Vid- y el incansable trabajo junto a los jóvenes palentinos en marchas marianas y campamentos estivales.

«Para que todos sean uno», resultó, en definitiva, el lema episcopal con que se fue adentrando en los sencillos corazones de aquella humilde y pobre gente de los valles calchaquíes y de tantos otros contornos abiertos por Dios al paso de su ministerio apostólico. Hoy, cuando ya goza en / y del / más allá, quizás sea ésta la mejor lección que su persona delicada y detallista nos deje. La de Jesús en la hora de las despedidas: «Para que todos sean uno». Esa que yo también, mi querido hermano y amigo Mariano, pongo rendido  a tus pies. Quisiera que lo acojas como un centro floral de alegría.

Mariano Moreno

Mons. Mariano Moreno OSA, profeta de la ternura

El obispo Mariano Moreno

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Sacerdote católico y agustino (OSA). Pedagogo, educador, evangelizador digital. Aljaraque (Huelva) España. Educación: Universidad Pontificia Comillas.
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