San Agustín

Iglesia en movimiento, con creatividad, generando entusiasmo. Luis Marín.

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Entrevista con Mons. Luis Marín de San Martín OSASubsecretario del Sínodo de los Obispos.

Oración por las Vocaciones y por el P. Luis Marín que va ser ordenado Obispo. Testimonio (minuto 11,- ).

Explicación del escudo episcopal

Luis Marín de San Martín, O.S.A., Obispo titular de Suliana, Subsecretario del Sínodo de los Obispos.

Sobre el escudo, como es tradicional en la heráldica episcopal, se coloca un galero o capelo de sinople (sombrero prelaticio de color verde). Del capelo caen, a cada lado del escudo, izquierdo y derecho, un cordón y seis borlas de color verde, que se ordenan en tres filas descendentes de una, dos y tres borlas. Estas borlas indican que se trata de un escudo de obispo. Detrás, en el centro, está la cruz procesional dorada, que sostiene el blasón. Es de tipo trifoliado, gemada con cinco piedras rojas que hacen referencia a las cinco llagas de Cristo.

Parte superior. Sobre fondo de oro, el emblema de la Orden de San Agustín: el corazón traspasado por el dardo del amor divino e inflamado por la llama de la caridad, sobre el libro abierto de la Palabra de Dios. El color dorado indica el ámbito de lo divino. Los símbolos recuerdan la experiencia interior de San Agustín (cf. Confesiones 8,12,29; 10.6.8; Comentario al Salmo 44,16; 137,2).

Parte inferior. Sobre fondo de azur (color azul intenso) aparecen tres estrellas de oro; simbolizan las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), que disponen a los cristianos a vivir en relación con Dios. Son de ocho puntas, símbolo de las bienaventuranzas evangélicas. El color azul indica la vida espiritual y al ascenso del alma hacia Dios. Debajo, el mar, de plata, con tres fajas ondeadas de azur, hace referencia tanto al apellido Marín como a la misión evangelizadora de la Iglesia, que debe llevar a todos los rincones del mundo la Buena Noticia de Cristo.

Lema.“Deus caritas est”, está tomado de 1 Jn 4,16: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”. El lema, de resonancias agustinianas (cf. Tratados sobre el Evangelio de San Juan 123,5; Tratados sobre la Primera Carta de Juan 7,4; De catechizandis rudibus 1,8,4), expresa el centro de la fe cristiana y el mensaje fundamental del Evangelio. Esta profunda realidad marca el camino moral y pastoral como respuesta al don del amor con el cual Dios viene primero a nuestro encuentro y ofrece la clave de la participación del ser humano en la naturaleza divina.

Entrevista a Luis Marín

“Hemos de poner a toda la Iglesia en movimiento, con gran creatividad, generando entusiasmo”

Desde el pasado 6 de febrero de 2021 la Secretaría del Sínodo de los Obispos cuenta con dos subsecretarios: Nathalie Becquart Luis Marín de San Martín. Nos acercamos a la comunidad agustiniana junto a la Plaza de San Pedro, donde vive y seguirá viviendo Luis. Comunidad que es un gran apoyo para él. Madrileño, antiguo alumno del Colegio San Agustín, se define como un cristiano agustino que ama a la Iglesia apasionadamente y quiere servirla con todas sus fuerzas. Cercano, disponible, dialogante, repite varias veces durante la conversación: ilusión, creatividad, trabajo en equipo, escucha, sinodalidad.

El cardenal Carlos Osoro le ha abierto de par en par las puertas de La Almudena para su consagración episcopal, el próximo 11 de abril de 2021.

Cuéntenos, por favor, algo de sus orígenes y de su familia.

– Soy madrileño. Mis padres por desgracia fallecieron ya. Somos siete hermanos. Hemos tenido una excelente educación y ejemplo en la familia por mis padres. Estudié en el Colegio San Agustín de Madrid. Allí conocí a los agustinos. Hice unos cursos de Historia en la Universidad y después fui al noviciado. Profesé en 1982. Realicé los estudios de filosofía y teología en Los Negrales. Me ordené en 1988 en la capilla de mi colegio de manos del obispo auxiliar de Madrid, Francisco José Pérez y Fernández Golfín. Después he estado en parroquias, estudiado espiritualidad y dogmática con estudios aquí en Roma. He sido formador y profesor.

Que su nombramiento como subsecretario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos haya coincidido con el de la hermana Nathalie Becquart, le ha posibilitado quedar unos días fuera del foco mediático. ¿Esta circunstancia le ha hecho vivir su nombramiento algo más sosegadamente?

– (Ríe sonoramente). Yo se lo decía a sor Nathalie: “Menos mal que están todos los periodistas y el foco mediático fijándose en ti”. ¿Más sosegadamente? Hasta cierto punto. También han sido muchos los que me han llamado, entrevistas, escritos. Mucho menos que ella, evidentemente. La novedad es sor Nathalie. ¿Con más tranquilidad? Tranquilidad de espíritu, intento buscarla. Son momentos de mucho cambio, de gran responsabilidad. Recién recibí el nombramiento, cuando parece que tu propio mundo se te hunde, encontré la serenidad estando tranquilo en la capilla un rato. Hablando con el Señor como habla un niño con su padre, con espontaneidad y tranquilidad. Encontré la serenidad. La emoción continuó mucho tiempo.

Trabajar como subsecretario en un equipo mixto, con el cardenal Mario Grech y la hermana Natalie Becquart es en sí un signo. ¿Por dónde intuye qué irán los desafíos?

– Es todo un signo. Ha sido una apuesta del Santo Padre muy bonita y creativa. Somos, en primer lugar, dos subsecretarios. Siempre había uno. La idea que tenemos es trabajar en equipo con el cardenal Mario Grech. Todos los días nos reunimos por la mañana. Hablamos todo. Queremos iniciar un estilo de relación “sinodal” también entre nosotros. Los dos subsecretarios somos religiosos con dos espiritualidades distintas: la jesuítica de sor Nathalie y la mía agustiniana, que son complementarias. Nos podemos enriquecer mutuamente.

El gran desafío es promover la sinodalidad en la Iglesia. No solo preparar el Sínodo, que será precisamente sobre la sinodalidad.

El camino sinodal que se va pergeñando genera también algunas resistencias. ¿Cómo podemos colaborar para hacer que estos caminos se vayan asumiendo por la base de la Iglesia?

– Toda la Iglesia es sinodal. ¿Qué significa la sinodalidad? Etimológicamente es caminar juntos. Toda la Iglesia camina junta. Esto viene de la Iglesia de los Padres, de los Concilios, la Iglesia del Vaticano II. Se trata de que todos nos sentimos y somos responsables de la Iglesia. Desde las parroquias hasta el sínodo de los obispos, pasando por las conferencias episcopales, por los grupos religiosos de cualquier tipo que exista o por la curia romana. Toda la Iglesia en sí misma es sinodal. Es esa concepción tan hermosa que ya está presente en la Lumen Gentium. Hemos de poner a toda la Iglesia en movimiento, con gran creatividad, generando ilusión, entusiasmo. Hay que pasar de la pasividad, de la Iglesia clerical, de la Iglesia por grupos ideológicos o sensibilidades distintas. Es una Iglesia unida donde todos nos enriquecemos.

Francisco está dando muchas vueltas al Sínodo de los Obispos. En este camino sinodal que ya parece que va tomando forma, ¿no habría que ir empezando a valorar la posibilidad de que el Sínodo de los Obispos fuera el Sínodo del Pueblo de Dios y no solo de los obispos?

– Es una reflexión que debemos hacer. Un tema es la sinodalidad, que se expresa de varias maneras. Una expresión, no la única, es el Sínodo de los Obispos, que es “de los obispos”, una institución donde puede haber religiosos y laicos, pero la mayoría son obispos para temas de responsabilidad episcopal. Podemos desarrollar otras concreciones de la sinodalidad. A mí me gustaría que la idea de sínodo no se asociase solo a obispos sino a Iglesia sinodal. Esta es la idea del Papa Francisco. Sínodo no es solo obispos, sino toda la Iglesia. Iremos descubriendo juntos las posibilidades.

¿Cómo la figura de San Agustín va a inspirar su inminente episcopado?

– Cuando recibí la noticia del nombramiento me encomendé inmediatamente a San Agustín, mi Padre. Él fue un hombre totalmente disponible, que amó y sirvió a la Iglesia con pasión. La espiritualidad agustiniana es eclesial y sinodal. Se manifiesta, por ejemplo, en la centralidad de la vida comunitaria y se expresa en estructuras de diálogo como son los capítulos. La espiritualidad agustiniana va a ser muy útil para promover la sinodalidad. San Agustín nos ofrece un hermoso testimonio de implicación en la vida de la Iglesia y una sólida base teológica. Y los agustinos, ya desde nuestros orígenes como Orden en 1244, vivimos la eclesialidad como rasgo esencial nuestro.

Usted pasará a ser Mons. Marín de San Martín, obispo titular de Suliana. La Hna. Nathalie Becquart seguirá siendo la Hna. Nathalie Becquart. ¿No establece esto ya una diferencia sustancial? ¿No sería mejor que ambos siguieran siendo lo que son?

– (Ríe nuevamente). Yo sigo siendo lo que soy, sin duda. Los títulos se me hacen un poco cuesta arriba. Esencialmente soy un agustino y lo seguiré siendo. El episcopado es un ministerio, es decir, un servicio. Yo soy un servidor y si tengo la plenitud del sacerdocio, tendré la plenitud del servicio. Es decir, debo servir a la Iglesia, al Pueblo de Dios, siempre y plenamente. Cuando se habla “ha sido elevado a la dignidad episcopal” me parece un error. No me elevo sobre nada. Sirvo en la vocación a la que he sido llamado. Otro tema es el equivocado “igualitarismo”. Partimos de la igualdad esencial de los bautizados, pero hay variedad de carismas, hay muchos modos de vivir el seguimiento de Cristo y no todos pasan por el ministerio ordenado. No somos fotocopias. Yo aporto mi realidad como obispo, como religioso agustino, y espero enriquecer a la Iglesia. Sor Nathalie aporta su realidad como experta y como religiosa javeriana. Juntos nos enriquecemos. Ni mejores ni peores. Distintos y, al mismo tiempo, hermanos.

¿Está el laicado en general, y el español en particular, preparado para asumir el compromiso que conlleva la sinodalidad? ¿No está en toda Europa dormido el laicado?

– ¡Tenemos que despertar! Ese es el reto. En otras latitudes los laicos están más comprometidos para servir a la Iglesia y asumir las propias responsabilidades. Quizá en Europa ha existido un sistema clerical, donde el sacerdote lo hacía todo. Los laicos asistían simplemente. He comentado con algunos obispos que ahora, que hay pocos sacerdotes, tenemos dificultad de encontrar laicos que lleven adelante una liturgia de la Palabra en los pueblos. El poder juntar a la gente para una celebración de la Palabra es muy difícil en algunos lugares. Prefieren quedarse sin misa. Me alegra comprobar que hay una progresiva responsabilidad del laicado. Pero hay que avanzar más en cuanto a preparación, a formación de los laicos, acompañamiento, responsabilización. Es un camino que tenemos que ir haciendo.

Es autor de San Juan XXIII. Maestro espiritual. ¿Qué relación establece entre Francisco y el Papa Bueno?

– Para mí Juan XXIII es un punto de referencia. Hice la tesis sobre su eclesiología. Me ha acompañado en todos estos años. El sábado, antes de que saliese publicado el nombramiento, fui a San Pedro a ponerme de rodillas delante de los restos de Juan XXIII. A estar un rato con él, pedirle ayuda, luz, recordar su ejemplo. Juan XXIII, como Francisco también, inició un proceso renovador en la Iglesia. De Juan XXIII destaco tres aspectos. Primero, la obediencia, la disponibilidad al Espíritu. No somos nosotros los que renovamos o reformamos la Iglesia. Es el Espíritu. Hay que ser hombres de oración, con una enorme humildad. Segundo, una gran valentía para tomar decisiones. No es el miedo de quedarse en la retaguardia, pensar “yo soy viejo, yo no sé”. Y tercero, un gran amor, que lleva a la apertura de corazón y de mente. Ahí tenemos una conexión con el Papa Francisco en el proceso de renovación de la Iglesia. Ambos nos muestran que la Iglesia está siempre viva y es joven. Como decía Juan XXIII: “No es un museo de arqueología, sino un jardín floreciente de vida”. El papa Francisco nos está insistiendo en la alegría, en la implicación, en “hacer lío”. Estamos en una Iglesia movida por el Espíritu, que comunica a Cristo en medio del mundo.

¿Cuánto falta para que la eclesiología del Vaticano II, iniciada por Juan XXIII, aterrice y se viva con cotidianeidad? 

– San Juan XXIII inicia el proceso del Concilio, que luego desarrolla el gran papa que es san Pablo VI. Los papas que han venido después han sido padres conciliares:  Juan Pablo I, san Juan Pablo II y Benedicto XVI (perito). Francisco es el primer papa que no ha participado físicamente en el Vaticano II, aunque sí en el proceso de cambio. La eclesiología del Vaticano II debe continuar desarrollándose. Es un camino. Lumen Gentium no habla de sinodalidad, sino de colegialidad. Todo el tema de la colegialidad es un inicio, una manifestación de la sinodalidad, no la única. Hemos de desarrollar más el transfondo de la Iglesia, Pueblo de Dios, familia de Dios. Con todo lo que implica y asumiendo riesgos.

“Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo porque no es lo que importa llegar solo ni pronto, sino llegar con todos a tiempo”. ¿Se podría aplicar este poema de León Felipe al deseo de Francisco de caminar todos juntos, aunque nos retrasemos un poco?

– Hay que acompañar. Hay distintos caminos y distintas velocidades, sin duda alguna. El punto focal de nuestra vida es Cristo. ¿Cuántos caminos hay para seguir a Cristo? Tantos cuantas personas existen. Cristo es el eje, seguimos a Cristo cada uno como es, en su propio camino, pero no en soledad. Lo bonito del proceso sinodal es que nos ayudamos unos a otros. Somos responsables unos de otros. Para poder acompañar, tal vez debo hacer opciones en mi vida no tan veloces o no tan dinámicas. Pero estoy avanzando con otros. Todos estamos en el mismo barco, somos la misma Iglesia. Esta sinodalidad, esta fraternidad del Papa Francisco, Fratelli tutti, hermanos todos, nos hace ampliar el corazón. Decía Juan XXIII: “Todo el mundo es mi familia”. Lo importante es que Cristo sea el centro de nuestra vida realmente. Que lo testimoniemos juntos como comunidad. No podemos ser cristianos individualistas o solitarios. El camino lo hacemos juntos.

¿Considera que en la Iglesia habría que discernir hoy qué es lo esencial y qué es lo relativo?

– Es el ejemplo del Vaticano II, de Pablo VI, de Juan XXIII, de los padres conciliares. Para llevar a cabo un proceso de renovación, preguntémonos por lo esencial. Puede que lo esencial se haya difuminando y perdido los perfiles. Nos hemos ido acomodando. Perguntémonos cómo podemos vivir la esencia de nuestra fe. Luego viene lo accesorio, lo que nos ayuda. Y esto se puede cambiar. Hay cosas que han servido en una época y en otras ya no sirven. Lo accesorio debe servirnos para vivir lo esencial. Así son los procesos de reformas. La renovación, como expresa el Vaticano II, nos lleva a profundizar en el depósito inmutable de la fe, que no son conceptos. Es la presencia viva de Cristo. Decía el papa Benedicto XVI que ser cristiano no es seguir una idea, sino encontrarse con una persona. La Verdad es una persona. ¿De qué modo puedo encontrarme con Cristo? ¿Cómo puedo testimoniarlo? Hagamos un discernimiento en común, respetando las diferencias de lugar, de cultura, de personas. Este es el proceso de renovación: profundizar en lo esencial y utilizar lo accesorio.

Como religioso, ¿no cree que la vida religiosa está actualmente en una zona de confort y que el Papa Francisco invita a ensayar nuevas maneras de estar en la Iglesia?

– El Papa Francisco nos ha pedido a los religiosos en tantos momentos recuperar la vanguardia de la Iglesia. Los religiosos no podemos estar en la retaguardia, con miedos, buscando seguridades. Buscamos excesivas seguridades. Es uno de los problemas que tenemos. Es muy humano. Buscamos estar seguros. Nos da miedo el cambio, la novedad, que nos muevan. A mí ahora me han movido tremendamente. Ha sido una convulsión enorme. Pues bendito sea Dios. Me pongo en sus manos. En la vida religiosa debemos ponernos en las manos de Dios, sabiendo que el Espíritu nos mueve, que hay que dejar las seguridades, incluso las raíces entendidas como instalación en lo conocido. El Papa Francisco nos ha pedido a todos arriesgar, que no tengamos miedo al riesgo, incluso a equivocarnos, a estar vivos; es el riesgo de la vida. Hay que recuperar esto.

Hablamos de las crisis vocacionales tantas veces… Hay vocaciones, claro que las hay. ¿Por qué no vienen? Preguntémonos: ¿Transmitimos nosotros el entusiasmo de Cristo? El reto de la vida religiosa es el testimonio coherente. Esto es lo que nos pide Francisco.

¿Cuáles son sus sueños?

– Sueño con encontrarme y desarrollar plenamente el amor de Dios en mi vida. Quiero entender mi vida como una historia de amor. Y comunicarla así.

Sueño una Iglesia más valiente, más alegre y fraterna, que testimonia a Cristo en medio del mundo, una Iglesia que arriesga, que ha perdido las seguridades porque su única seguridad es Cristo Jesús.

Sueño un mundo más solidario, menos egoísta. Un mundo más pacífico, que hace realidad la paz fruto del amor. Un mundo donde se superan las injusticias, y donde la Iglesia es realmente la voz de los que no tienen voz.

¿Alguna cosa más?

– Pido que recen por mí, porque lo necesito mucho. Si quieren ayudarme, que me recuerden en la oración ante el Señor.

Fuente: Revista ECCLESIASynod.va – Fernando Cordero Morales ss.cc. Desde Roma. @FernandoCorder7

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El P. Luis Marín, OSA, ha sido nombrado Obispo de la Diócesis de Suliana y Subsecretario para el Sínodo de los Obispos

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