Biografía Recursos

«La marca del agua» (I). Memoria, arraigo, progreso y naturaleza. Montserrat Iglesias.

Comparte

La novela se publicó el 7 de octubre de 2021.

Biografía de la autora

Montserrat Iglesias Berzal es licenciada en Periodismo y Filología Hispánica. Ha escrito y dado clases sobre temas relacionados con la Lengua y la Literatura desde 2003. Es graduada de la X Promoción del Máster de Narrativa (2018-2020). Recibió el I Premio Alma Negra por la novela corta El terraplén, escrita durante el primer año de Máster. La editorial Lumen ha publicado su primera novela larga, La marca del agua, el 7 de octubre de 2021, que fue su proyecto fin de Máster y que habla de la memoria de nuestro pasado inmediato, la necesidad de arraigo, lo inexorable del progreso y el poder de la naturaleza. Publicó en La Rompedora los cuentos «Sarmiento quemado» y «Agua con hielo». 

Fuente: masterescueladeescritores

Una nueva y poderosa voz. Una novela sobre nuestro pasado

«Una historia que da voz a los que la perdieron y sentido a su emoción desde la literatura. Una novela muy especial.»

Julio Llamazares

Sinopsis de «La marca del agua»

19 de abril de 1950. El agua ya ha alcanzado la piedra que sirve de testigo: en menos de diez días Hontanar desaparecerá para siempre inundado por el pantano. Todos están celebrando la inauguración del pueblo nuevo, solo quedan allí los hermanos Cristóbal. Pero un suceso terrible les obliga a emprender precipitadamente el viaje: Marcos descubre a su hermana Sara colgada de un machón de la cuadra. Envuelta en la colcha que bordó durante años para un ajuar que ya nunca será utilizado y oculta entre sacos de patatas, Sara recorre ese camino en el carro de su hermano. Despues de todo, siempre quiso irse del pueblo.

Durante el trayecto por un territorio que es ya un páramo, Marcos recuerda la historia de la familia, sus sombras y silencios: la llegada siendo unos niños cuyo origen su madre quiso esconder, los deseos de Sara por construirse una vida propia, la obsesión de la madre por el pretendiente perfecto que le procurase una buena boda, los sentimientos e impulsos no confesados, las traiciones y la relación con el ingeniero falangista encargado de las obras del pantano…

Ficha de la novela – Échale un vistazo – Fragmento – Audio del fragmento

Escucha este audiolibro completo, aquí: https://bit.ly/3oH6TsW

La España sumergida e ignorada

En cuanto a los protagonistas, el eje principal lo conforman dos hermanos: Marcos, el narrador, un hombre atormentado sobre quien recae el peso de la memoria y la culpa, y Sara, una mujer atrapada en sus propios demonios, protegida pero expuesta. En torno a ellos, otro puñado de caracteres diversos (curas, falangistas, secretarios, ingenieros, agricultores, oportunistas…) entretejen historias que expresan distintas tensiones: las de la familia y sus secretos, las diferencias sociales, las relaciones de pareja, el peso de la religión, el dolor físico y el de la pérdida, la huella de la guerra y la posguerra, la presión social sobre las mujeres y sus frustraciones, el poder y sus corruptelas, la tradición y el progreso, la utopía y el conformismo.

La autora parece encontrar la fórmula para tender las historias que narra al sol de una corriente literaria en auge: el neorruralismo. La temática y el pulso narrativo de «La marca del agua» asienta sus raíces en el realismo de los años 40 y 50 con nombres tan destacados como Camilo José Cela, Ana María Matute o Miguel Delibes, que tuvo un renacimiento en los ochenta con autores como Julio Llamazares o Luis Mateo Díez y que, en la actualidad abordan de nuevo escritores como Jesús Carrasco («Intemperie»), Pilar Adón («Las efímeras»), Lara Moreno («Por si se va la luz») o Pilar Fraile («Las ventajas de la vida en el campo»).

“La marca del agua” apela a ese momento en el que un pueblo entero debe abandonar sus casas, y también sus raíces, a merced de uno de esos pantanos diseñados bajo la política hidráulica que se impulsó durante la Segunda República y se alargó durante los años de la dictadura franquista y que pretendía acabar con la pertinaz sequía de una España eminentemente rural.

La novela trata sobre la necesidad de arraigo, lo inexorable del progreso o el amor por la naturaleza, pero también es una reflexión profunda sobre la muerte y el olvido y una reivindicación de la memoria de nuestros antepasados.

Son muchas las temáticas que transitan por esta historia de una gran riqueza por la que fluyen desde sentimientos esenciales –la pérdida, el amor, la muerte, el olvido– a momentos mucho más prosaicos –arreglar una rueda, compartir un dibujo o aprender a montar en bicicleta–, y en la que se difuminan los contornos espaciales y temporales apuntando directamente a elementos fundamentales de la naturaleza humana.

Algunos de lectores ya han podido leer una edición anticipada de «La marca del agua» y estas han sido sus impresiones. Para @_megustaestelibro: «Es de esos libros que te devuelven a la literatura de Miguel Delibes de sus historias rurales de hombres de poca palabra». @aliciamz cuenta que «La marca del agua» «Nos hace volver la vista a nuestro pasado para evitar cometer los mismos errores en el presente». Y @elbauldelaslibelulas dice que «Es una historia conmovedora llena de sombras y silencios. Un canto a la esperanza. Un bonito viaje por las memorias».

“La marca del agua” es un relato que sorprende por su madurez narrativa, por la riqueza de sus personajes y la precisión de su lenguaje. #LaMarcaDelAgua #LaEspañaSumergida

“La marca del agua” es una novela que nos ha fascinado a todo el equipo de Lumen. María Fasce, Directora Literaria, nos dice «No recuerdo la última vez que una novela española me sobrecogía con la fuerza de un clásico, con ecos de Delibes y Lorca». Para Ilaria Martinelli, editora, «La mejor literatura española de los últimos cien años está aquí comprimida para conmovernos irremediablemente». Y para Eva Sanahuja, Brand Manager, es «Un libro único que quieres compartir y comentar con todos. De los mejores que leeremos este año». #LaMarcaDelAgua

La crítica ha dicho

Fuente: Editorial Lumen – Instagram.

«Es uno de los mejores libros sobre la intemperie que leí en los últimos años. Pocos libros consiguen que el paisaje, la lengua, los personajes, el pasado y el presente, desfilen con tanta precisión delante de los ojos del lector.»

Silvana Vogt, Cal Llibreter.

La marca del agua también camina

Por Montserrat Iglesias Berzal

Me llamo Montserrat Iglesias Berzal y acabo de publicar una novela en Lumen llamada La marca del agua. El factótum de «Canta y camina», es decir, el padre José Luis Miguel, me pide unas palabras para sus lectores. Pero ¿qué tiene que ver La marca del agua con este blog? Se lo preguntará el lector y también me lo preguntaba yo hasta hace nada y, si no hubiese sido por la perseverancia del padre José Luis, no me habría puesto a la tarea.

El punto en común más evidente no se encuentra entre el blog y la novela, sino entre sus autores. Él, que está mucho más pendiente que yo de los hilos invisibles que unen a las personas, me ha dicho alguna vez que somos primos, pero al modo que se es primo en las zonas rurales de nuestra España: casi en el envés del árbol genealógico. Aunque eso no es lo más relevante, sino que tanto sus padres como mis abuelos eran originarios de un pueblo llamado Linares del Arroyo, en la provincia de Segovia, que tuvieron que abandonar al quedar anegado por las aguas de uno de los muchos pantanos que se construyeron desde finales de los 40 hasta bien entrados los 80. Esa historia une mucho más que cualquier parentesco, pues descendemos de una tierra que ya no existe y heredamos otra, La Vid, en Burgos, que tuvimos que aprender a amar solos, pues un decreto ley basta para trasplantar habitantes de un lugar a otro, pero no hay fuerza administrativa que siembre el afecto por algo que no se ve como propio.

No obstante, además de este vínculo personal, también en la obra puede encontrarse una conexión espiritual. Desde el principio me interesó profundizar en la religiosidad popular que alimentaba a aquellas gentes. La religión no solo es importante en La marca del agua porque uno de sus personajes fundamentales, don Rufino, sea el viejo párroco de Hontanar —el nombre que recibe Linares en la ficción—, o porque la excusa de los protagonistas para emprender su marcha sea asistir a la misa mayor por la inauguración del pueblo nuevo; sino que, además, muchas de las escenas nacen de la convicción de que las tradiciones del cielo nos anclan al mundo y a la tierra como ninguna otra cosa puede hacerlo. Las referencias a la iglesia del pueblo, las escenas en la ermita de la Virgen del Enebral —que es un trasunto de la ermita dedicada a la Virgen de Hornuez, por la que los vecinos de Linares tenían una profunda devoción— y la importancia del monasterio secular que se encuentra junto al pueblo nuevo —que se trata, de forma muy poco disimulada, del Monasterio de La Vid— son elementos clave e introducen, tal vez, las páginas más hermosas de la novela.

Cuando los periodistas me preguntan qué es La marca del agua, contesto que se trata de mi camino de vuelta a Linares, a su forma de vivir, de pensar y, por qué no, de su manea de relacionarse con lo trascendente. Toda la vida he defendido que la fe debe asentarse en lo consciente; que el cristiano necesita estar formado y tener sólidos conocimientos sobre aquello en lo que cree; que la tradición no es suficiente para sustentar algo tan grande como la fe. Sigo opinando lo mismo, pero esta novela me ha obligado a preguntarme hasta qué punto la religiosidad popular, la que se hereda de unos ancestros que poco tienen que ver con nosotros, ayuda a que el árbol de la fe se renueve cada vez que los hielos de la vida lo dejan yermo, pues proporciona a lo espiritual esa sangre nutricia que solo da la tierra.

Ecos en la prensa

Diario de Burgos

Presentación del libro ‘La marca del agua‘ en la Casona de La Vid (Burgos). 22/10/2021.
Diario de Burgos. Octubre 2021.

«Quería dar voz a los que nunca habían hablado»

La editorial Lumen publica la primera novela de Montserrat Iglesias, con raíces en el desaparecido pueblo segoviano de Linares del Arroyo, inundado por el pantano y cuyos habitantes tuvieron que abandonar para asentarse muchos de ellos en La Vid.

Montserrat Iglesias, después de la publicación de algunos cuentos, una novela corta y trabajos de investigación, se estrena a lo grande en la ficción novelada con La marca del agua, cuya historia se desarrolla con Linares del Arroyo y La Vid como telón de fondo. Una obra que se ha encuadrado en género neorural, de manera casual y no buscada por la autora, en la que ha querido plasmar las vivencias de la generación de sus abuelos. 

¿Cuál fue el germen de esta novela?

Está en mi familia. Toda mi familia paterna vivía desde hacía generaciones en Linares del Pantano y tuvieron que irse cuando construyeron el pantano, trasladándose a La Vid. Hubo gente que cobró las indemnizaciones y emigraron a cualquier otro lugar, eso está en mi ADN porque yo desde pequeña he oído hablar de Linares, he sentido la nostalgia de Linares, el desarraigo por los preliminares,… Mi padre, que salió de Linares con seis o siete años siempre dice que es segoviano, incluso yo, que he escrito desde que tengo uso de razón, cuando mi abuelo muere tenía 13 años y tres años después intenté escribir un cuento llamado El pantano pero me quedé paralizada y dejé de escribir, hasta los 41 que dije ‘ahora o nunca’. 

¿Qué es La Vid para usted, porque lo describe casi como un pueblo sin alma?

En la novela no se nombra La Vid, como tampoco Linares del Arroyo, le cambié de nombre, porque tenía que crear un espacio de ficción. Pero la idea de que el pueblo no tuviese nombre está desde el inicio, yo sabía que no lo iba a nombrar, primero porque en la época en la que se van todavía no tiene nombre definitivo, llegó un par de años después de que ellos estuviesen allí viviendo.

Y también porque es algo que no se puede nombrar con una palabra porque todavía no es nada, es algo que se ha plantado ahí en medio y llegan a un lugar sin pasado ni presente, solo puede tener futuro y poco, porque enseguida llegó la inmigración. Lo sentimos como propio, para los que ahora viven allí o los que vamos en verano es nuestro pueblo pero no es un pueblo como los de alrededor, le falta historia, su historia está en Linares, está bajo el agua, eso es lo que ellos sienten. 

¿Cómo ha plasmado este ámbito rural tan particular?

Yo lo que tenía clarísimo es que tenía que dar voz a los que nunca habían hablado. Hay muy poca literatura sobre esto pero lo que hay es o bien de testigos o bien de hijos, los del presente cómo miran al pasado. Yo lo quería afrontar desde los propios protagonistas y esa ha sido la gran dificultad: El meterte dentro de la cabeza de un hombre de los años 50, con una voz de los años 50.

Creía que era de justicia que los que nunca han tenido voz aunque se haya hablado de ellos por una vez la tuvieran, aunque fuera de ficción, pero que lo contaran desde su punto de vista. 

¿Y cómo se mete uno en esa personalidad?

Con muchísima dificultad. Primero con mucho trabajo de investigación, con un año y medio de esfuerzo para que saliera, de romper mucho y, cuando crees que no vas a poder, recurrir al lenguaje familiar porque como hablaba mi abuelo es como se ha habla en mi casa ahora. Es intentar limpiar el lenguaje de todas las capas de modernidad que pueda tener y quedarse con lo esencial. 

¿Cree haber conseguido este efecto? Porque parece que no faltan palabras de halago hacia esta novela.

Por el momento, las personas que me han leído, y aprecio mucho a las personas que pertenecen al entorno rural, me han dicho que sí. Me llamó un señor de Maderuelo, que yo no conocía de nada absolutamente, y me decía que era como estar en aquel momento y dentro de mi casa hablando con mis abuelos. 

Hasta el momento, el retorno que estoy teniendo es positivo. 

¿Qué se van a encontrar los lectores que ya conozcan La Vid y su entorno cuando se sumerjan en esta novela?

Sumerjan, nunca mejor dicho. Creo que se van a encontrar como lectores una historia muy bien construida, con unos personajes profundos y una historia de ficción, que nadie espere ver exactamente lo que pasó porque no es así. Me hizo mucha gracia la llamada de una amiga del pueblo que me preguntaba que a qué familia le pasó lo que narra la novela; le tuve que aclarar que no le pasó a ninguna.

Lo que sí quiero que encuentren son los paisajes de la zona y, sobre todo, los sentimientos que causó todo aquello. Eso espero que sea lo real, lo verdadero, y que encuentren ese espíritu castellano de la zona y se reconozcan en él. Si logro eso, sería maravilloso. 

¿Qué le costó más trabajo: dar forma a los paisajes y los personajes o crear la trama de ficción?

Para mí crear la trama tiene una cierta complejidad, son tres tiempos y hay que lograr una lectura fluida y entretenida, que no haya confusión. Es difícil pero es un tema de carpintería.

El problema es poner a caminar aquello, encontrar la voz y que suene todo verosímil y que implique al lector, encontrar el lenguaje. Fue lo que más me costó, lo más trabajoso. 

¿Se considera una escritora de mapa o de brújula?

De mapa no, de guía Cepsa. Estaba todo milimetrado y cuando ya tenía todo, al escribir lo que hice fue adelgazarlo. Yo parto de una estructura muy amplia, con muchísimas más cosas, y en la escritura se queda lo esencial, se adelgaza para dejar lo pertinente y lo importante para la historia y su voz.

Pero lo más bonito de todo es que, por muy milimetrado que lo tengas, llega un momento en el que los personajes empiezan a caminar solos. A veces, Marcos me llevaba por sitios que no tenía previsto que fuera, reacciones, actos, escenas que no estaban planeadas pero el personaje te lleva, de alguna manera cobra vida propia. Eso te enfada, por un lado, porque lo tienes todo pensado, pero por otro es maravilloso porque tiene como una entidad paralela al propio autor.

Fuente: DiariodeBurgos. I.M.L. – domingo, 24 de octubre de 2021.

Diario El País

La España que quedó sumergida por los pantanos

Varios libros recrean la cruel y desconocida historia de los pueblos ahogados por los embalses en el siglo XX

Fuente: elpais/babelia/

Diario de la Ribera

La desaparición de Linares del Arroyo en forma de novela

Montserrat Iglesias publica su primer libro y lo presenta en La Vid

La Casona de La Vid acoge este viernes, a las 19:30 horas, la presentación de la primera novela de Montserrat Iglesias, ‘La marca del agua’. Una obra publicada por Lumen en la que Iglesias centra la trama de su relato precisamente en la localidad de La Vid, población que se creó para dar cobijo a los habitantes de la segoviana Linares del Arroyo ante su desaparición al ser anegada por el embalse de Linares, en el río Riaza.

Explica Iglesias que “La Vid está en Burgos, pero allí casi no ha vivido ni vive ningún burgalés. Los mayores de setenta años son todos segovianos y los menores de cincuenta y cinco somos de cualquier parte: de Barcelona, Madrid, Bilbao, Valladolid, Burgos, Aranda de Duero…’.

 La autora califica a La Vid como un lugar “huérfano de dueño, pues nadie reclama su pertenencia”.  “Sin despoblarse del todo, como les ha ocurrido a otros pueblos de Castilla, ha estado, de algún modo, siempre vacío, pues ya nació con el espíritu en otra parte. Nadie puede considerarse orgulloso habitante de La Vid si no es primero miembro de la asociación que busca recuperar las tradiciones del pueblo del que vienen los viejos del lugar: Linares del Arroyo, a unos veinticinco kilómetros, en el corazón de las Hoces del Río Riaza”, explica la autora.

‘La marca del agua’ propone al lector un viaje por unas memorias prohibidas en una época convulsa y habla de la memoria, de cómo era la España de no hace tanto tiempo, del conflicto entre la tradición y el progreso, de la necesidad de arraigo, de secretos familiares y de esas mujeres que no pudieron elegir su propia vida. La desaparición del mundo rural y el amor por la naturaleza cobran también relevancia en un relato donde el entorno interactúa a lo largo de la novela de varias formas: el agua, la presa, los buitres, las hoces, el río, o la dureza del clima y la vida en el campo. Su autora encuentra la fórmula para tender las historias que narra al sol de una corriente literaria en auge: el neorruralismo.

Los hermanos Marcos y Sara, protagonistas del libro, entretejerán diferentes historias generando tensiones, las de su familia y sus secretos, las diferencias sociales, las relaciones de pareja, el peso de la religión, el dolor físico y el de la pérdida, la huella de la guerra y la posguerra, la presión social sobre las mujeres y sus frustraciones, el poder y sus corruptelas, la tradición y el progreso, la utopía y el conformismo.

Montserrat Iglesias es profesora de Lengua y Literatura en Secundaria y crítica literaria. Recibió el Premio Alma Negra Ediciones por su primera novela corta, El terraplén. Lumen inicia la publicación de su obra con La marca del agua.

Diario de Valladolid

Montserrat Iglesias debuta en la novela con ‘La marca del agua’.

Lumen publica una historia sobre la memoria rural de Segovia y Burgos. Lumen acaba de publicar La marca del agua, la primera novela de Montserrat Iglesias, una nueva voz en la literatura nacional que sitúa su historia en la localidad burgalesa de La Vid, población que se creó para dar cobijo a los habitantes de la segoviana Linares del Arroyo ante su desaparición al ser anegada por el embalse de Linares, en el río Riaza. Esta publicación habla de la memoria y la pérdida, la necesidad de arraigo, lo inexorable del progreso y el poder de la naturaleza.

El Adelantado de Segovia

La herida abierta del desarraigo

En los años 50, su familia tuvo que abandonar Linares del Arroyo, un pueblo segoviano que quedó sumergido en las aguas de un pantano, y dirigirse a otro de Burgos. Ahora, Montserrat Iglesias relata esta historia real en su primera novela, ‘La marca del agua’.

La familia de Montserrat Iglesias (Madrid, 1976) tuvo que abandonar en los años 50 su pueblo en Segovia, Linares del Arroyo, después de que este quedara sumergido en las aguas de un pantano. Este desarraigo lo relata en su novela ‘La marca del agua’, la primera que escribe, sobre aquellos que no tienen un sitio al que volver, como les ocurre ahora a las víctimas del volcán de La Palma.

Iglesias, profesora de Lengua y Literatura de Secundaria, basa esta obra de ficción en la historia real de su familia. Ocurrió hace 70 años, cuando tuvieron que emigrar de un pueblo segoviano (que en su novela llama Hontanar), a otro de Burgos, La Vid, que surgió de la nada. El asentamiento se construyó, como otros de la época, para albergar a más de 55.000 familias cuyas casas habían desaparecido bajo el agua de los pantanos por toda España.

A pesar de que pudo conocer el pueblo de su familia ya sumergido, Iglesias siente muy cercano el sufrimiento al que han de hacer frente los habitantes de la isla de La Palma afectados por la erupción del volcán. Un sufrimiento que considera que es “más duro” que el de sus antepasados, puesto que no han tenido tiempo ni de prepararse psicológicamente, ni de recoger sus enseres. Pero hay algo que no cambia: el sentimiento de desarraigo es el mismo. “No es emigrar porque no se puede volver ni a Linares, ni a esa zona de La Palma”, lamenta.

La Vid se transformó en el “pueblo nuevo” que hizo construir el Instituto Nacional de Colonización durante los años 40, 50 y 60. “No se parece a ningún pueblo castellano, ni a ninguna otra localidad de nuestro país, lo que no quiere decir que sea único”, manifiesta Iglesias.

Lo cierto es que el pueblo burgalés que recibió a cientos de segovianos es un lugar “huérfano de dueño” que, sin haberse despoblado por completo, como ya le ha ocurrido a otros pueblos de Castilla, “ha estado, de algún modo, siempre vacío, pues ya nació con el espíritu en otra parte”.

Desde que tiene uso de razón, cada verano, la autora ha hecho con su familia el camino a Linares. Esto le ayuda a intuir ese lugar que quedó sumergido bajo las aguas que, a cambio, dieron la vida a otros pueblos de la zona. De ahí que confíe en que su novela transmita lo que sintieron quienes tuvieron que dejar atrás la tierra en la que un día sus antepasados construyeron un mundo que deseaban dejar como legado a sus hijos.

El asombrario

Una historia de pueblos ahogados y mujeres ahorcadas

Un libro duro sobre la España rural, abandonada. Sobre el pasado y la memoria. Sobre el precio del progreso. Sobre las mujeres a las que nunca dejaron desarrollar su vida propia. ‘La marca del agua’, de Montserrat Iglesias. Una arriesgada novela tan llena de vida como de muerte. Así presenta el libro la editorial: “19 de abril de 1950. El agua ya ha alcanzado la piedra que sirve de testigo: en menos de diez días Hontanar desaparecerá para siempre inundado por el pantano. Todos están celebrando la inauguración del pueblo nuevo, solo quedan allí los hermanos Cristóbal. Pero un suceso terrible les obliga a emprender precipitadamente el viaje: Marcos descubre a su hermana Sara colgada de un machón de la cuadra. Envuelta en la colcha que bordó durante años para un ajuar que ya nunca será utilizado y oculta entre sacos de patatas, Sara recorre ese camino en el carro de su hermano. Después de todo, siempre quiso irse del pueblo”. Un grito seco y muy bien escrito con ecos de otros tiempos y de grandes como Lorca, Delibes y Carmen Laforet.

Economía, economía, economía. Es la palabra que llena una y otra vez mi memoria cuando recuerdo la vida que La marca del agua tiene ya en ella. Y es que Montserrat Iglesias (Madrid, 1976) ejecuta desde lo mínimo una historia de una fuerza estética y emocional bárbara. Bárbara por como comienza y aún más bárbara por como termina. La marca del agua, pese a su título, es un grito seco con ecos de otros tiempos, con guerras que nadie gana aunque los vencedores alardeen de ello en un sinfín de  documentales que se deslizan sobre una música machacona y que fueron  rodados en blanco y negro hasta acceder a un color que remarcaba aún más su patetismo. Con secretos que se llenan de polvo sobre los caminos y sobre la lengua de aquellos que sobreviven.

La insistencia estética de la autora madrileña es un regalo para quien camina por su historia. Pocas autoras, y pocas autoras en su primera novela, son capaces de ir arrancándole al dolor lo que sirve para avanzar. Ella no incide para hacerlo en un largo grito, sino en una salmodia de voz lenta y voluntariosa que ajusta cuentas con la propia conciencia. Montserrat Iglesias Berzal conoce la naturaleza de cada imagen, conoce el juego de luces que hace falta para conseguir que el pasado habitado haga erguirse al presente de sus valiosos protagonistas.

Con ecos de Lorca, de Delibes o de la mismísima Carmen Laforet, el lector se adentra en una batalla dialéctica contra ese silencio de los muertos inesperados con el que nadie nunca debería encontrarse. El ritmo lento de la memoria de Marcos Valle, su carismático y sufrido protagonista, invade el porvenir de quien lee hasta abocarlo a una complicidad extrema. No es fácil recordar, mientras tu hermana muerta desoye tus plegarias; no es fácil pensar cuando los buitres vuelan en el cielo con paso firme, dibujando estribillos de una inmensa belleza. A veces el lenguaje de la muertos no está bajo la tierra, y de eso habla esta novela que palpa las entrañas del lector como palpa la víctima de un derrumbe el espacio que aún no ha destrozado la totalidad de su carne.

La marca del agua es una novela arriesgada, porque no todos los lectores serán capaces de mantener el tipo frente a este hermoso y durísimo monólogo. Frente a esta diatriba en la que las palabras son engullidas por el paisaje sin que tengan posibilidad alguna de retorno:

“Sara se amortajó para subir por la escalera de mano como si se encaramase a una buitrera y atar la cuerda al madero del techo; se amortajó para ajustarse el nudo y saltar sin miedo”.

“Escucha, Noble, vamos al otro pueblo, como todos los días. Pero no por la carretera, sino por los cortados y el monte, que es un camino más bonito. Ya sé que es más difícil, pero no viajamos cargados. Solo con el ama buena. No te preocupes más por ellas, que ya está bien. Lo que viste no fue nada, era su manera de descansar”.

La sencillez del pulso narrativo de Iglesias  es incontestable, como lo es también el cuidado estético que reutiliza una y otra vez para sostener la progresión argumental de los vivos, y de manera específica la de los muertos. Quizás el hallazgo más relevante de toda la novela. Aunque también debo señalar como un hallazgo para celebrar cómo la narradora es capaz de rodear al lector con los brazos de esa cadencia lenta con que solo saben narrar los supervivientes.

La marca del agua es una novela sin grandes vicios y sin grandes virtudes y, sin embargo, su equilibrio entre ambos términos la convierte en una novela única, y a su autora en una narradora de un talento irrevocable. El cuerpo de su historia  pesa de ese modo en que pesa la lluvia cuando el destino del paseante está muy lejos. Montserrat Iglesias Berzal construye una atmósfera de una justicia estética descomunal. Hay que ser muy valiente para construir una novela tan estricta, tan áspera, tan incendiaria, tan llena de vida y tan llena de muerte. Hay que saber desoír el avinagrado aliento de la moral para echar a rodar ese carro en el que viajan sus dos protagonistas. Hay que ser muy valiente para envolver a una mujer vencida en la colcha que debía abrigar un futuro de sangre hirviendo y conseguir que no nos resulte un gesto rancio y maniqueo.

Y es por esa valentía, y por muchas cosas más que no desvelaré, por lo que os recomiendo que leáis esta brillante novela en la que se muestra con rotundidad que la coralidad homicida en la que están incluidos padres, madres, hermanos, parientes y enamorados fue en este país, para demasiadas mujeres y  durante demasiado tiempo, la única moneda de cambio.

Una novela arriesgada, porque no todos los lectores serán capaces de mantener el tipo frente a este hermoso y durísimo monólogo. Frente a esta diatriba en la que las palabras son engullidas por el paisaje sin que tengan posibilidad alguna de retorno. Apuntadla y manteneos firmes ante su belleza áspera. Leed, leed, benditas/os

Fuente: elasombrario.publico.es – Sonia Fides – 26/10/2021.

Agua y lava, el desarraigo cuando no hay un sitio al que volver.

Madrid, 8 oct (EFE). Por Carmen Naranjo.

La familia de Montserrat Iglesias tuvo que abandonar en los años 50 su pueblo tras ser sumergido en las aguas de un pantano, un desarraigo que relata en una novela, la primera que escribe, sobre estas personas que no tienen un sitio al que volver, como les ocurre ahora a las víctimas del volcán de La Palma.

«La marca del agua» (Lumen) es la primera novela larga de Monserrat Iglesias (Madrid, 1976), profesora de Lengua y Literatura de Secundaria, una obra de ficción basada en la historia real de su familia.

Ocurrió hace setenta años, cuando tuvieron que emigrar de un pueblo de Segovia a otro de Burgos surgido de la nada, un asentamiento construido como otros de la época para albergar a más de 55.000 familias cuyas casas habían desaparecido bajo el agua de los pantanos por toda España.

A pesar de que conoció el pueblo de su familia ya sumergido, Iglesias ha sentido en las últimas semanas muy cercano el sufrimiento vivido por los habitantes de la isla de La Palma afectados por la erupción del volcán.

Un sufrimiento que cree más duro que el de sus antepasados, ya que no han tenido tiempo ni de prepararse psicológicamente ni de recoger sus enseres, explica a Efe.

Pero asegura que el sentimiento de desarraigo será el mismo que el que experimentaron esas personas cuyas casas quedaron bajo el agua: «en Linares no hay sitio al que volver y en esa zona de La Palma no hay sitio al que volver. No es emigrar porque no se puede volver».

Linares del Arroyo era un pueblo de Segovia que desapareció bajo un pantano y del que era la familia de la escritora, una localidad que en su novela se llama Hontanar. Y se tuvieron que trasladar a La Vid, en Burgos, el «pueblo nuevo» en el que se instalaron, un sitio que surgió de la nada hace setenta años.

«No se parece a ningún pueblo castellano, ni a ninguna otra localidad de nuestro país. Eso no quiere decir que sea único. Tiene cientos de gemelos, hermanos y primos hermanos desperdigados por toda la península: los asentamientos que hizo construir el Instituto Nacional de Colonización durante los años 40, 50 y 60», dice Iglesias.

Pantanos que habían sido diseñados bajo la política hidráulica que se impulsó durante la Segunda República y se alargó durante los años del franquismo.

La Vid, agrega, es un lugar «huérfano de dueño» que, sin despoblarse del todo, como otros pueblos de Castilla, «ha estado, de algún modo, siempre vacío, pues ya nació con el espíritu en otra parte».

Porque, desde que tiene memoria, la autora ha hecho todos los veranos con su familia el camino a Linares, a intuir ese pueblo sumergido bajo las aguas.

Y por eso confía en que su novela transmita «lo que sintieron aquellos hombres y mujeres al abandonar la tierra en la que sus antepasados les habían construido un mundo que deseaban dejar como legado a sus hijos».

«Su desarraigo, su nostalgia, su pena, su pérdida irremediable e irremplazable», algo que revivían cada verano al ir «de peregrinación» a ver «el agua» que, por otra parte, dio la vida a otros pueblos, explica.

«Como decía uno de los vecinos del pueblo, ‘tuvimos que morir para que vivieran otros'», recuerda la escritora, ya que el pantano permitió a otras localidades de la zona tener regadíos.

En ese éxodo obligatorio, lo más duro y doloroso, señala Monserrat Iglesias, fue «dejar a los muertos»: en otros pueblos que pasaron por lo mismo trasladaron el cementerio pero no en Linares, donde «los muertos se tuvieron que quedar bajo el agua».

Es lo que intenta evitar Marcos, el protagonista de la novela «La marca del agua», pocos días antes de que las aguas terminen de inundar el pueblo y después de descubrir el cuerpo de su hermana colgado de una soga en la cuadra.

Envuelta en la colcha que bordó durante años para un ajuar que nunca será utilizado, Sara realizará su último viaje en un intento de su hermano de darle reposo lejos del agua, mientras recuerda la historia familiar.

Entrevista a Montserrat Iglesias: «No puede haber un escritor si no hay antes un lector».

Fuente: masterescueladeescritores.

La marca del agua, de Montserrat Iglesias

Las mentiras, cuando las dices, son ligeras; sin embargo, pesan cuando se escuchan. Además, Sara era tan lista que a lo mejor sabía las respuestas, como se barruntan todas las cosas que no se han llegado a confesar.

No tenía ninguna expectativa cuando escogí La marca del agua, de Montserrat Iglesias, como siguiente lectura. No conocía a la autora, no tenía siquiera referencias. En ocasiones es más el compromiso con las editoriales y distribuidoras que nos envían ediciones no venales lo que nos hace escoger uno u otro libro. Y así ha sido en esta ocasión.

Solo puedo decir cosas buenas de esta joya de libro. La voz narrativa tiene la fuerza de la primera persona, una suerte de monólogo interior que lleva el peso de la historia. En cierto modo me recuerda a Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes. Este diálogo consigo mismo ocupa la práctica totalidad del texto y nos lleva a acompañar a nuestro interlocutor, a través de sus recuerdos, reproches y silencios, nos muestra el collage que compone la vida, no solo de una familia sino también de un pueblo entero. Un pueblo marcado por las rencillas típicas entre vecinos —que si las lindes, que si las cabezas de ganado, que si la mujer de uno o el marido de otra— y de cómo estas determinaron los bandos «escogidos» durante la guerra civil. ¿A quién le importaban los ideales? Las evocaciones de nuestro protagonista nos muestran una realidad más común que la que suele aparecer en las grandes pantallas o en los libros más comerciales, llenos de héroes que luchan por sus ideas. Una realidad en la que hay blancos y negros, pero sobre todo grises.

[…] pero en el atardecer de agosto aquellos hombres tenían algo de las nubes que anuncian pedrisco justo antes de la cosecha. Por eso no nos acostamos. Por inevitable que sea, la desgracia siempre es mejor verla venir despierto.

Los personajes de Montserrat Iglesias, como la mayoría de las personas ante una situación en la que la integridad física o emocional —personal o familiar— se ve comprometida, se concentran en sobrevivir. Pero sobrevivir, en ocasiones, también es un peso.

Como en el Camí de sirga de Jesús Moncada, La marca del agua nos habla de un pueblo que está a punto de desaparecer bajo las aguas de un pantano. Hecho que la autora aprovecha para hablarnos del arraigo, de la pertenencia, de eso tan manido que consiste en «encontrar tu sitio». Quien no se siente desarraigado es porque está en el lugar correcto. O porque no necesita estar en un sitio concreto sino rodeado de unas personas, en un «no lugar». Otras, como la razón de ser de nuestro libro, ansían salir del pueblo que las vio crecer y en el que se encuentran sus raíces.

No se trata de que un sitio te pertenezca, sino de ser parte de un sitio. De que ese sitio te diga: «Tú eres mío». Eso es lo que ustedes tienen que yo no he tenido jamás.

Y va más allá, Montserrat Iglesias nos habla de identidad. De cómo nos marcan los nombres que nos dan, pero también, quizá sobre todo, los que nos quitan.

No me cabe duda de que me buscó, pero no pudo encontrarme, pues era la única persona que conocía mi nombre.

Como veréis, La marca del agua está lleno de poesía, una poesía latente que se esconde en las reflexiones del narrador, que en ocasiones pueden pasar desapercibidas pero que dotan a la lectura de un plus nada desdeñable.

En los arbustos habían salido los primeros brotes. «Se helarán», pensé. Las primaveras tempranas siempre acaban así.

Me reitero en lo dicho: todo un descubrimiento.

Fuente: Quelafont. 23 octubre, 2021.

Más info

La España que quedó sumergida por los pantanos. ‘La marca del agua’ (II).

Comparte
COMPARTE
ENTRADAS RELACIONADAS
Fiestas Patronales 2019 en el Colegio Buen Consejo de Madrid. Agustinos.
25 años de la vuelta de los Agustinos OSA a la diócesis de Huelva. 14 noviembre 2021.
Centenario de la Consagración de España al Corazón de Jesús (1919-2019).

Deja tu comentario

*