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LA CRUZ Y LA ESPERANZA. Francesc Torralba.

La obra que une el cielo y la tierra: Sagrada Familia, el documental. Sagrada Familia: La obra que une el cielo y la tierra» lleva a los espectadores a Barcelona ante la histórica visita del Papa León XIV. En el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, el Papa inaugurará la Torre de Jesucristo, el punto más alto de la basílica. El especial explora la visión de Gaudí: una arquitectura capaz de elevar la mirada del hombre hacia Dios. Viajamos a Barcelona para descubrir cómo la fe sigue creciendo en una ciudad moderna y cosmopolita, en recorrido por una de las obras más emblemáticas del mundo.

«La aguja central, más alta que todas, terminará con una cruz de cuatro brazos, de los cuales y de la cabeza saldrán rayos de luz que en las noches de grandes solemnidades dibujarán una cruz en el espacio, bajo cuyo resplandor descansará la ciudad.».

Antoni Gaudí. 22 de enero de 1926.

LA CRUZ Y LA ESPERANZA

Primer movimiento: Detenerse y contemplar

El primer movimiento consiste en detenerse y levantar la cabeza. Vivimos demasiado acelerados y, extrañamente, apenas nos damos tiempo para contemplar lo que nos rodea. Repetimos rutinas e itinerarios mecánicamente, sin captar la belleza que se muestra en cada rincón.

Si somos capaces de tomar distancia del bullicio de la ciudad y fijamos la mirada en el cielo, podremos contemplar la cruz que corona la basílica de la Sagrada Familia, una cruz de cuatro brazos, tal como Antoni Gaudí la imaginó. Es una cruz que se abre al mundo, a los cuatro puntos cardinales y que abraza toda la ciudad.

Si la contemplamos con calma, veremos que la cruz habla, que nos comunica un mensaje. El acto de contemplar no es superficial. Contiene una gran profundidad. Cuando contemplamos a fondo una realidad, adoptamos la forma de recipiente y nos hacemos máximamente receptivos a todo lo que atesora esa realidad.

Contemplar es liberarse de los propios pensamientos, de las preocupaciones, para dejarse interpelar por aquello que se muestra ante nosotros. La cruz, en el punto más alto de la ciudad, nos convoca, nos anima y nos impulsa a hacer realidad nuestros sueños.

Segundo movimiento: Captar el sentido del símbolo

El segundo movimiento consiste en captar el sentido que encierra el símbolo de la cruz. El símbolo nos hace pensar, nos transporta lejos de la inmediatez, nos hace trascender el ahora y el aquí. Es un objeto visible que evoca lo invisible a los ojos. En definitiva, nos hace volar. La cruz condensa una gran riqueza de contenidos.

Es, en primer lugar, el símbolo de Cristo. Desde los inicios del cristianismo, la cruz evoca la persona de Jesús, el Dios hecho hombre, el salvador de la humanidad. El mensaje de la cruz es claro: desde el punto más alto de la ciudad, Cristo vela por la ciudad y está atento a cada uno de nosotros. La cruz nos recuerda que Cristo está con nosotros hasta el final de la historia, especialmente en los momentos de máximo sufrimiento y abandono. La cruz nos comunica que no estamos solos. Estamos en las manos de Dios. Vivimos en Él y para Él.

Simboliza, en segundo lugar, el sufrimiento, en todas sus formas y manifestaciones. La vida humana no está libre de padecimientos. La cruz evoca los sufrimientos de los ciudadanos, las penas solitarias y las frustraciones que cargamos mientras nos desplazamos de un lugar a otro. Es un signo de realismo, pero a la vez de esperanza, porque nos recuerda que la muerte no es el destino final de la vida humana. La noche ha sido vencida por Aquel que se define como la luz del mundo.

La cruz es, al mismo tiempo, el símbolo del amor. Quien ama, se entrega a los demás, se niega a sí mismo y se da a sus semejantes para mejorarles la vida, para ser el bálsamo de sus sufrimientos. La cruz evoca el amor que se da, el amor caritativo que rompe la endogamia del yo, que hace añicos el narcisismo compulsivo. Allí donde hay amor, hay también sacrificio. La cruz evoca también esta capacidad de sacrificio, de negarse a uno mismo para que los demás crezcan y se desarrollen.

“La vida —dice Antoni Gaudí— es amor y el amor es sacrificio”. Y también afirma en otro de sus pensamientos: “El sacrificio es la única cosa fructífera”. La muerte de Jesús en la cruz representa el sacrificio por la humanidad, la entrega a todos para ofrecernos la vida plena.

Tercer movimiento: Agradecer la obra realizada

El tercer movimiento es agradecer la obra realizada. Cuando contemplamos la cruz, en lo alto del templo expiatorio, y quedamos asombrados por la belleza de sus formas, sentimos gratitud.

Gratitud, en primer lugar, a Antoni Gaudí, el genio de Reus, el arquitecto-teólogo que supo esculpir en piedra el mensaje cristiano. También sentimos gratitud hacia todos sus colaboradores, discípulos y trabajadores que durante tanto tiempo han hecho posible que el templo crezca y toque el cielo.

«El cielo es la casa de Dios. La tierra es el ámbito de los humanos.

La torre hace posible la comunicación entre los dos mundos: la esfera divina y la esfera humana». de san Bernabé, la única que Antoni Gaudí vio terminada, hasta la torre de Jesucristo, han pasado más de cien años.

El cielo es la casa de Dios. La tierra es el ámbito de los humanos. La torre hace posible la comunicación entre los dos mundos: la esfera divina y la esfera humana. El punto tangencial, el lugar de encuentro entre estos dos niveles, es Jesucristo, plenitud del hombre y plenitud de Dios. A través de Él captamos la naturaleza de Dios, pero también la identidad más profunda del ser humano.

Al contemplar la cruz de Jesucristo, sentimos gratitud hacia todos los que han hecho posible esta obra de arte total que es la Sagrada Familia, una obra que se ha edificado a lo largo del tiempo. Es la expresión fehaciente de la tenacidad, la constancia y la perseverancia sostenidas en el tiempo. Nada ha sido fácil en este recorrido, pero la cruz nos muestra que los horizontes difíciles pueden hacerse realidad con la ayuda de los demás y con la ayuda de Dios. En la Sagrada Familia —decía Antoni Gaudí— todo es providencial.

Cuarto movimiento: Celebrarlo con alegría

El cuarto movimiento es la celebración. La contemplación de la cruz nos hace ser agradecidos y nos lleva a celebrar el hito, la culminación del templo. No celebramos solo la culminación de una basílica, sino que celebramos la vida, la alegría de existir, de ser aquí y ahora.

¿Qué sentido tendría celebrar esta vida si la muerte fuera su terrible final? Celebramos que hemos sido llamados a la Vida eterna, que somos salvados por Cristo y que estamos invitados a gozar de una gloria que no podemos describir con palabras humanas. Antoni Gaudí la describió como una conjunción de luz y de plasticidad.

Celebramos que ya participamos de la vida eterna en los instantes de plenitud que nos regala la existencia, los instantes que inmortaliza Joan Maragall en su poesía, pero que esta experiencia se volverá plena y definitiva más allá del tiempo y del espacio.

La cruz nos recuerda que la muerte ha sido vencida definitivamente y que las personas que nos han dejado ya gozan de ese estado de plenitud que todos vislumbramos. El Viernes Santo no es el punto final de la historia, sino el Domingo de Gloria.

Quinto movimiento: Esperar con confianza

El quinto movimiento consiste en esperar con confianza. En contextos de desencanto, de desánimo colectivo y de derrumbe de utopías, es fácil sucumbir a la desesperanza. Nos hemos convertido en receptores de malas noticias. No podemos vivir al margen del mundo, ni tampoco caer en una ingenuidad optimista.

La esperanza es virtud, fuerza, energía vital que nos impulsa a luchar por propósitos nobles. Sabemos que hay contratiempos, todo tipo de adversidades, pero también sabemos que no estamos solos en esta batalla cotidiana y que, junto con los demás y con la ayuda de Dios, puede hacerse realidad lo que parecía poco probable o muy difícil.

La Sagrada Familia es un ejemplo de esperanza sostenida en el tiempo. Desde el 19 de marzo de 1882 hasta la culminación de la torre de Jesucristo, hemos atravesado tres siglos. Durante este largo recorrido se han afrontado todo tipo de obstáculos, contratiempos y adversidades. Ha habido épocas de penuria, de guerras, de revoluciones y de posguerras, pero la Sagrada Familia ha seguido su curso y la torre de Jesucristo ha tocado el cielo.

Cuando contemplamos la cruz de Jesucristo, no olvidemos esta larga travesía por el desierto. Cada uno debe atravesar sus propios desiertos y sus noches oscuras, pero la cruz nos recuerda que Cristo, que nos conoce desde dentro, nos sostiene en cada instante, especialmente cuando todo tambalea.

Levantar la cabeza y contemplarlo es un gesto sencillo, pero no inútil. Es una pequeña oración, una súplica a Dios y, al mismo tiempo, una manera de recordar que Él está aquí y vela por cada uno de nosotros.

Francesc Torralba Teólogo, filósofo y escritor. Libro: Alza la mirada.

+Info: alzalamirada.cat/es/