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Sor María Inés comenzó el Noviciado el 26 de abril de 2026.

Testimonio de Sor María Inés Ruiz García. Minutos; 1:05:00 – 1:11:51.

Terminando el curso escolar, la Fundación DeClausura ha organizado un encuentro online en el Monasterio de Santa María de Gracia de Huelva. Las Madres Agustinas nos han acogerido en su claustro situado a escasos metros del patio del colegio que dirigen y en el que trabajan como profesoras.

En este encuentro hemos conocido a unas monjas de clausura que dan lo contemplado al futuro de la sociedad onubense: a niños y jóvenes que, desde sus pupitres, perciben sus oraciones; que captan cómo Dios los ama a través de palabras y gestos; y que les piden interceder espiritualmente por ellos antes de sus exámenes de selectividad.

Comprender cómo es posible llevar una vida contemplativa en medio del mundo es uno de los objetivos de este encuentro en torno al claustro con estas sabias mujeres con las que también hemos hablado de la noble de tarea de la educación y, cómo no, de la visita del primer Papa agustino a nuestro país.

Fuente: Fundación DeClausura.

Testimonio vocacional de Sor María Inés

Me llamo Sor María Inés Ruiz García, tengo 20 años y soy novicia de la Comunidad del Monasterio de Madres Agustinas de Huelva.

He nacido en una familia católica practicante y comprometida de Huelva. Soy la primera de cuatro hermanas y puedo decir que soy una afortunada por tener la familia que tengo.

Llevo dos años en la Comunidad; entré cuando tenía 18 años, el 22 de julio de 2024, el día de Santa María Magdalena, y hace dos meses la comunidad aceptó mi entrada al noviciado, que comencé el 26 de abril de 2026, el día de Nuestra Madre del Buen Consejo, la cual me ha acompañado desde pequeña y he amado como a una verdadera Madre.

Mi comunidad es de vida contemplativa, pero con un apostolado muy especial: el colegio Santa María de Gracia, del cual fui alumna desde los dos años hasta los dieciséis.

Desde pequeñita pude disfrutar de la educación cálida de las monjas. Veía cuánto amor daban a mis compañeros en el colegio y también podía disfrutar yo de ese amor que ellas daban.

Este amor que ellas transmitían ya me llamaba a mí; yo también quería darlo. El Señor primero les daba ese amor en la oración y en su vida comunitaria y fraterna, y, después, ellas lo daban a los niños del Colegio, y esto a mí me llamaba.

Al salir de Infantil y entrar en Primaria, dejé a mis Sores que me enseñaron a rezar. En mi etapa de Primaria ya se despertó la realidad de que estaba naciendo en mí una vocación a la vida religiosa. Yo admiraba a las monjas, quería ser como ellas.

El día de mi Primera Comunión lo recuerdo muy feliz, pero, sobre todo, recuerdo que, al comulgar y sentir que Jesús estaba dentro de mí, le dije que ya quería ser suya, que me entregaría y daría mi vida por Él.

Pasó el tiempo y, en 5.º y 6.º de Primaria, quería avanzar y formarme para ser una buena monja. Quería hacerlo todo lo mejor posible.

Sentí mis primeros años de vocación, una vocación misionera: quería proclamar por todo el mundo que Jesús nos ama. Empecé a fijarme mucho en el Hogar de la Madre; el testimonio de la Hna. Clare Crockett fue para mí una llamada a la conversión, y empecé a plantearme a dónde iría, dónde entregaría mi vida.

Cuando pasé a Secundaria cambiaron muchas cosas; la adolescencia me hacía hacer cosas que yo realmente no quería. Salía de fiesta con mis amigos pero me sentía vacía y no me sentía yo misma. Pensaba en las monjas y en que quería estar con ellas, que quería que me ayudaran a salir de esa situación.

Un día, en una de estas salidas con mis amigos, el Señor, a través de una Hermana de comunidad, me rescató, y desde ese momento se convirtió en mi guía espiritual, una Hermana que iba por delante alumbrando mi camino hacia el Señor.

Mi relación con el Señor cambió y, cada vez que iba a la capilla o a alguna adoración, sentía cómo yo no me pertenecía a mí misma, sino que era de Él.

En Bachillerato, que lo hice en los Maristas, fueron unos años de gracia. Purifiqué mi relación con el Señor y confirmé que realmente tenía una vocación fuerte y verdadera, y que nada me iba a impedir poder entregarme.

Esos dos años fueron para mí preciosos: pude probar que mi verdadera vocación era agustiniana, que la fraternidad era para mí fundamental, que sin mis hermanas de Comunidad yo no podía ser fiel, y así confirmé mi vocación.

Llegó el 22 de julio de 2024 y entré en mi querida Comunidad, a la que tanto quiero.

Desde ese día he podido ver cuánto me ama el Señor y lo pequeña y pobre que soy yo. Cada día crezco un poquito más, pero siempre con la ayuda de mis Hermanas. Como Agustina que soy desde los dos añitos, he crecido con el convencimiento de que en Comunidad todo se puede, y verdaderamente yo sin mi Comunidad no podría.

Espero que muchas almas se sientan impulsadas a dar su vida al Señor por la Iglesia en el Carisma Agustiniano; para mí es el más precioso que hay y al que el Señor me ha llamado y al que quiero ser fiel.

Un abrazo fraterno,

Sor María Inés

Entrada al Noviciado de Sor María Inés

Toma de hábito, comienzo del Noviciado, 26/04/2026 .
Consagración a Dios el día del comienzo del Noviciado de Sor María Inés.

Familia de Sor María Inés

Sor María Inés con su familia.

Testimonio de Elena García, madre de Sor María Inés

Cuando mi hija me comunicó que sentía la llamada de Dios a la vida religiosa, contemplativa, en el Convento Sta. Mª de Gracia de las madres Agustinas de Huelva, experimenté sentimientos muy profundos. Verdaderamente no me sorprendió porque ese gusto por estar cerca del Señor y cerquita de la Comunidad religiosa lo había tenido desde pequeñita.

Soy madre de 4 hijas. Como madre siempre he deseado la felicidad de mis cuatro hijas y junto a mi marido hemos intentado educarlas lo mejor posible y lo mejor que hemos podido. Ver como una de ellas, en concreto nuestra hija mayor, Inés, ahora sor Mª Inés, respondía con generosidad a la llamada del Señor me llenó de paz y de gratitud.

El pasado 26/04/26 comenzó su noviciado con la toma de hábito. Para muchos podría parecer una renuncia o una separación, pero yo lo vivo sobre todo como una gracia de Dios. No siento que haya perdido una hija; al contrario, siento que el Señor la ha elegido para una misión preciosa dentro de la Iglesia, y eso es motivo de inmensa alegría.

Quiero a mis 4 hijas profundamente. Cada una tiene su camino y su vocación. La vocación religiosa de Inés no es mejor ni peor que otras vocaciones, pero sí es un regalo especial que Dios ha querido concederle. Verla feliz, serena y convencida de que está donde el Señor la llama es para mí la mayor tranquilidad.

Por supuesto, hay momentos en los que se echa de menos su presencia cotidiana. La vida en el convento implica una distancia física y una forma distinta de relacionarnos. Sin embargo, esa distancia queda ampliamente compensada por la certeza de que está entregando su vida a Dios. Saber que reza por nosotros, por la Iglesia y por el mundo entero nos hace sentir muy unidos a ella. También podemos visitarla y está estudiando su carrera, por lo que el día de mañana si Dios quiere también podrá ser maestra y ayudar a muchos niños y niñas en la educación académica además de la educación en la fe.        

Con el paso del tiempo he comprendido que la vocación de un hijo también interpela a toda la familia. Nos invita a confiar más en Dios, a poner nuestra vida en sus manos y a reconocer que nuestros hijos, antes que nuestros, son Suyos. Él los ama infinitamente.

Por eso, al comenzar mi hija esta etapa del noviciado, mi corazón está lleno de agradecimiento. Doy gracias a Dios por haberla llamado, por darle la fuerza para responder y por pedirnos acompañarla en este camino. Le pido que la sostenga siempre en su vocación y sea muy feliz. 

NB: Elena García es doctora, está afiliada a la Familia Agustiniana y colabora con el Colegio Nuestra Señora de Gracia, de la Comunidad de Agustinas en Huelva. Ver más info en otra nota publicada en esta página web.