San Agustín

Muere Benedicto XVI, el “Papa enamorado” de San Agustín.

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Benedicto XVI falleció el 31 de diciembre de 2022.

Así se introdujo el cuerpo de Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro.

Nota en la web de la Orden de San Agustín (OSA)

Este acontecimiento histórico se ha dado a conocer en un escueto comunicado emitido a las 9.34 (hora europea) por la Santa Sede: el Papa expiraba esta mañana en el Monasterio Mater Ecclesiae, donde descansarán sus restos hasta la madrugada del 2 de enero.

“Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”. Con este eco de la encíclica Spe Salvi, millones de católicos en el mundo entero acogían la noticia: El Papa Benedicto XVI ha fallecido esta mañana del 31 de diciembre de 2022.

Este acontecimiento histórico se ha dado a conocer en un escueto comunicado emitido a las 9.34 (hora europea) por la Santa Sede: el Papa expiraba esta mañana en el Monasterio Mater Ecclesiae, donde descansarán sus restos hasta la madrugada del 2 de enero.

Desde hacía semanas los servicios médicos del Sumo Pontífice habían advertido de su delicado estado de salud y su progresivo deterioro, acentuado durante las últimas 48 horas.

Funeral y Santa Misa el jueves 5 de enero de 2023 a las 09:30

Según cuentan desde el Vaticano, no se prevén visitas oficiales ni oraciones públicas ya que será ese mismo día, a partir de las 9 de la mañana, cuando el cuerpo de Benedicto XVI será expuesto para la visita de los fieles en la Basílica de San Pedro que permanecerá abierta el lunes de 9 a 19, martes y miércoles de 7 a 19.

El funeral, presidido por el Santo Padre, el Papa Francisco, se celebrará en la plaza de San Pedro el jueves 5 de enero a las 9.30 horas. La Santa Misa Exequial tendrá lugar en el atrio de la Basílica de San Pedro. No se requiere entrada para participar. Quienes deseen concelebrar pueden dirigirse a la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice. Las delegaciones oficiales presentes serán las de Alemania e Italia.

Al final de la celebración eucarística tendrá lugar la Ultima Commendatio y la Valedictio. El ataúd del Sumo Pontífice Emérito será llevado a la Basílica de San Pedro y luego a las Grutas del Vaticano para su posterior entierro.

Oraciones y plegarias por el eterno descanso de nuestro padre Benedicto XVI

La Orden de San Agustín quiere sumarse a las oraciones por el eterno descanso de aquel Papa tranquilo que pastoreó al Pueblo de Cristo en un momento de profundos cambios en la sociedad y en la vida de la Iglesia. Un fiel estudioso de la obra y legado de san Agustín, al que dedicó su tesis doctoral, y ensalzó la figura del Obispo de Hipona (“donde conducen todos los caminos) en las catequesis sobre los Padres de la Iglesia durante los miércoles de Audiencia General durante el año 2008.

Descanse en Paz, Santo Padre.

Carta del Padre Alejandro Moral Antón, OSA, Prior General de la Orden de San Agustín (OSA)

El Prior General sobre Benedicto XVI: «Rebosamos de gozo por este don que Dios nos ha dado en él».

En una sentida carta, el Prior General ha “llorado” el fallecimiento de “nuestro querido Papa emérito”, de quien nos quedará siempre su gran testimonio de sencillez y humildad”. “La Navidad -indicaba el padre Alejandro Moral– nos enseña mucho en este sentido porque Dios, entre otras cosas, es un misterio de humildad”.

El Padre General ha hablado sobre la “profunda Teología y el enorme amor a la Iglesia” que Benedicto XVI ha legado y ha recordado quién fue su “su gran maestro, nuestro querido Padre San Agustín”.

Con esto, el padre Alejandro pone en valor las aportaciones de Ratzinger y su magisterio, para quien san Agustín fue “guía y maestro; pues en este Padre de la Iglesia se apoyó, transmitiendo su pensamiento y modo de entender el misterio de Dios y su relación con el hombre y con el mundo”.

Para terminar, el Prior General ha instado a las comunidades y fieles a “unirnos en la oración por el eterno descanso” del Papa Benedicto XVI.

Fuente: augustinianorder.org

Benedicto XVI y San Agustín

Recientemente vivíamos la muerte del Papa emérito Benedicto XVI. Hoy repasamos su relación con San Agustín, quien tuvo una gran influencia en su vida, así como la de otros pontífices. Lo hacemos de la mano del religioso agustino, P. Miguel Ángel Orcasitas.

Benedicto XVI – Audiencia generalMiércoles 9 de enero de 2008

El Padre más grande de la Iglesia latina, san Agustín: hombre de pasión y de fe, de altísima inteligencia y de incansable solicitud pastoral.

San Agustín. 1 – La vida

Queridos hermanos y hermanas:

Después de las grandes festividades navideñas, quiero volver a las meditaciones sobre los Padres de la Iglesia y hablar hoy del Padre más grande de la Iglesia latina, san Agustín: hombre de pasión y de fe, de altísima inteligencia y de incansable solicitud pastoral. Este gran santo y doctor de la Iglesia a menudo es conocido, al menos de fama, incluso por quienes ignoran el cristianismo o no tienen familiaridad con él, porque dejó una huella profundísima en la vida cultural de Occidente y de todo el mundo.

Por su singular relevancia, san Agustín ejerció una influencia enorme y podría afirmarse, por una parte, que todos los caminos de la literatura latina cristiana llevan a Hipona (hoy Anaba, en la costa de Argelia), lugar donde era obispo; y, por otra, que de esta ciudad del África romana, de la que san Agustín fue obispo desde el año 395 hasta su muerte, en el año 430, parten muchas otras sendas del cristianismo sucesivo y de la misma cultura occidental.

Pocas veces una civilización ha encontrado un espíritu tan grande, capaz de acoger sus valores y de exaltar su riqueza intrínseca, inventando ideas y formas de las que se alimentarían las generaciones posteriores, como subrayó también Pablo VI: «Se puede afirmar que todo el pensamiento de la antigüedad confluye en su obra y que de ella derivan corrientes de pensamiento que empapan toda la tradición doctrinal de los siglos posteriores» (AAS, 62, 1970, p. 426: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de mayo de 1970, p. 10).

San Agustín es, además, el Padre de la Iglesia que ha dejado el mayor número de obras. Su biógrafo, Posidio, dice: parecía imposible que un hombre pudiera escribir tanto durante su vida. En un próximo encuentro hablaremos de estas diversas obras. Hoy nuestra atención se centrará en su vida, que puede reconstruirse a través de sus escritos, y en particular de las Confesiones, su extraordinaria autobiografía espiritual, escrita para alabanza de Dios, que es su obra más famosa. Las Confesiones, precisamente por su atención a la interioridad y a la psicología, constituyen un modelo único en la literatura occidental, y no sólo occidental, incluida la no religiosa, hasta la modernidad. Esta atención a la vida espiritual, al misterio del yo, al misterio de Dios que se esconde en el yo, es algo extraordinario, sin precedentes, y permanece para siempre, por decirlo así, como una «cumbre» espiritual.

Pero, volvamos a su vida. San Agustín nació en Tagaste, en la provincia de Numidia, en el África romana, el 13 de noviembre del año 354. Era hijo de Patricio, un pagano que después fue catecúmeno, y de Mónica, cristiana fervorosa. Esta mujer apasionada, venerada como santa, ejerció en su hijo una enorme influencia y lo educó en la fe cristiana. San Agustín había recibido también la sal, como signo de la acogida en el catecumenado. Y siempre quedó fascinado por la figura de Jesucristo; más aún, dice que siempre amó a Jesús, pero que se alejó cada vez más de la fe eclesial, de la práctica eclesial, como sucede también hoy a muchos jóvenes.

San Agustín tenía también un hermano, Navigio, y una hermana, cuyo nombre desconocemos, la cual, tras quedar viuda, fue superiora de un monasterio femenino. El muchacho, de agudísima inteligencia, recibió una buena educación, aunque no siempre fue un estudiante ejemplar. En cualquier caso, estudió bien la gramática, primero en su ciudad natal y después en Madaura y, a partir del año 370, retórica en Cartago, capital del África romana: llegó a dominar perfectamente el latín, pero no alcanzó el mismo dominio en griego, ni aprendió el púnico, la lengua de sus paisanos.

Precisamente en Cartago san Agustín leyó por primera vez el Hortensius, obra de Cicerón que después se perdió y que se sitúa en el inicio de su camino hacia la conversión. Ese texto ciceroniano despertó en él el amor por la sabiduría, como escribirá, siendo ya obispo, en las Confesiones: «Aquel libro cambió mis aficiones» hasta el punto de que «de repente me pareció vil toda vana esperanza, y con increíble ardor de corazón deseaba la inmortalidad de la sabiduría» (III, 4, 7).

Pero, dado que estaba convencido de que sin Jesús no puede decirse que se ha encontrado efectivamente la verdad, y dado que en ese libro apasionante faltaba ese nombre, al acabar de leerlo comenzó a leer la Escritura, la Biblia. Pero quedó decepcionado, no sólo porque el estilo latino de la traducción de la sagrada Escritura era deficiente, sino también porque el mismo contenido no le pareció satisfactorio. En las narraciones de la Escritura sobre guerras y otras vicisitudes humanas no encontraba la altura de la filosofía, el esplendor de la búsqueda de la verdad, propio de la filosofía. Sin embargo, no quería vivir sin Dios; buscaba una religión que respondiera a su deseo de verdad y también a su deseo de acercarse a Jesús.

De esta manera, cayó en la red de los maniqueos, que se presentaban como cristianos y prometían una religión totalmente racional. Afirmaban que el mundo se divide en dos principios: el bien y el mal. Así se explicaría toda la complejidad de la historia humana. También la moral dualista atraía a san Agustín, pues implicaba una moral muy elevada para los elegidos; quienes, como él, se adherían a esa moral podían llevar una vida mucho más adecuada a la situación de la época, especialmente los jóvenes.

Por tanto, se hizo maniqueo, convencido en ese momento de que había encontrado la síntesis entre racionalidad, búsqueda de la verdad y amor a Jesucristo. Y sacó también una ventaja concreta para su vida: la adhesión a los maniqueos abría fáciles perspectivas de carrera. Adherirse a esa religión, que contaba con muchas personalidades influyentes, le permitía seguir su relación con una mujer y progresar en su carrera. De esa mujer tuvo un hijo, Adeodato, al que quería mucho, muy inteligente, que después estaría presente en su preparación para el bautismo junto al lago de Como, participando en los Diálogos que san Agustín nos dejó. Por desgracia, el muchacho falleció prematuramente.

Cuando tenía alrededor de veinte años, fue profesor de gramática en su ciudad natal, pero pronto regresó a Cartago, donde se convirtió en un brillante y famoso maestro de retórica. Con el paso del tiempo, sin embargo, comenzó a alejarse de la fe de los maniqueos, que le decepcionaron precisamente desde el punto de vista intelectual, pues eran incapaces de resolver sus dudas; se trasladó a Roma y después a Milán, donde residía entonces la corte imperial y donde había obtenido un puesto de prestigio, por recomendación del prefecto de Roma, el pagano Simaco, que era hostil al obispo de Milán, san Ambrosio.

En Milán, san Agustín adquirió la costumbre de escuchar, al inicio con el fin de enriquecer su bagaje retórico, las bellísimas predicaciones del obispo san Ambrosio, que había sido representante del emperador para el norte de Italia. El retórico africano quedó fascinado por la palabra del gran prelado milanés; y no sólo por su retórica. Sobre todo el contenido fue tocando cada vez más su corazón.

El gran problema del Antiguo Testamento, de la falta de belleza retórica y de altura filosófica, se resolvió con las predicaciones de san Ambrosio, gracias a la interpretación tipológica del Antiguo Testamento: san Agustín comprendió que todo el Antiguo Testamento es un camino hacia Jesucristo. De este modo, encontró la clave para comprender la belleza, la profundidad, incluso filosófica, del Antiguo Testamento; y comprendió toda la unidad del misterio de Cristo en la historia, así como la síntesis entre filosofía, racionalidad y fe en el Logos, en Cristo, Verbo eterno, que se hizo carne.

Pronto san Agustín se dio cuenta de que la interpretación alegórica de la Escritura y la filosofía neoplatónica del obispo de Milán le permitían resolver las dificultades intelectuales que, cuando era más joven, en su primer contacto con los textos bíblicos, le habían parecido insuperables.

Así, tras la lectura de los escritos de los filósofos, san Agustín se dedicó a hacer una nueva lectura de la Escritura y sobre todo de las cartas de san Pablo. Por tanto, la conversión al cristianismo, el 15 de agosto del año 386, llegó al final de un largo y agitado camino interior, del que hablaremos en otra catequesis. Se trasladó al campo, al norte de Milán, junto al lago de Como, con su madre Mónica, su hijo Adeodato y un pequeño grupo de amigos, para prepararse al bautismo. Así, a los 32 años, san Agustín fue bautizado por san Ambrosio el 24 de abril del año 387, durante la Vigilia pascual, en la catedral de Milán.

Después del bautismo, san Agustín decidió regresar a África con sus amigos, con la idea de llevar vida en común, al estilo monástico, al servicio de Dios. Pero en Ostia, mientras esperaba para embarcarse, su madre repentinamente se enfermó y poco más tarde murió, destrozando el corazón de su hijo.

Tras regresar finalmente a su patria, el convertido se estableció en Hipona para fundar allí un monasterio. En esa ciudad de la costa africana, a pesar de resistirse, fue ordenado presbítero en el año 391 y comenzó con algunos compañeros la vida monástica en la que pensaba desde hacía bastante tiempo, repartiendo su tiempo entre la oración, el estudio y la predicación. Quería dedicarse sólo al servicio de la verdad; no se sentía llamado a la vida pastoral, pero después comprendió que la llamada de Dios significaba ser pastor entre los demás y así ofrecerles el don de la verdad. En Hipona, cuatro años después, en el año 395, fue consagrado obispo.

Al seguir profundizando en el estudio de las Escrituras y de los textos de la tradición cristiana, san Agustín se convirtió en un obispo ejemplar por su incansable compromiso pastoral: predicaba varias veces a la semana a sus fieles, ayudaba a los pobres y a los huérfanos, cuidaba la formación del clero y la organización de monasterios femeninos y masculinos.

En poco tiempo, el antiguo retórico se convirtió en uno de los exponentes más importantes del cristianismo de esa época: muy activo en el gobierno de su diócesis, también con notables implicaciones civiles, en sus más de 35 años de episcopado, el obispo de Hipona influyó notablemente en la dirección de la Iglesia católica del África romana y, más en general, en el cristianismo de su tiempo, afrontando tendencias religiosas y herejías tenaces y disgregadoras, como el maniqueísmo, el donatismo y el pelagianismo, que ponían en peligro la fe cristiana en el Dios único y rico en misericordia.

Y san Agustín se encomendó a Dios cada día, hasta el final de su vida: afectado por la fiebre mientras la ciudad de Hipona se encontraba asediada desde hacía casi tres meses por los vándalos invasores, como cuenta su amigo Posidio en la Vita Augustini, el obispo pidió que le transcribieran con letras grandes los salmos penitenciales «y pidió que colgaran las hojas en la pared de enfrente, de manera que desde la cama, durante su enfermedad, los podía ver y leer, y lloraba intensamente sin interrupción» (31, 2). Así pasaron los últimos días de la vida de san Agustín, que falleció el 28 de agosto del año 430, sin haber cumplido los 76 años. A sus obras, a su mensaje y a su experiencia interior dedicaremos los próximos encuentros.

Fuente: augustinianorder.org

Benedicto XVI – Audiencia generalMiércoles 16 de enero de 2008

«No rechaces rejuvenecer con Cristo, incluso en un mundo envejecido. Él te dice: «No temas, tu juventud se renovará como la del águila»» (cf. Serm. 81, 8)

San Agustín. 2 – Los últimos años y la muerte

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, al igual que el miércoles pasado, quiero hablar del gran obispo de Hipona, san Agustín. Cuatro años antes de morir, quiso nombrar a su sucesor. Por eso, el 26 de septiembre del año 426, reunió al pueblo en la basílica de la Paz, en Hipona, para presentar a los fieles a quien había designado para esa misión. Dijo: «En esta vida todos somos mortales, pero para cada persona el último día de esta vida es siempre incierto. Sin embargo, en la infancia se espera llegar a la adolescencia; en la adolescencia, a la juventud; en la juventud, a la edad adulta; en la edad adulta, a la edad madura; en la edad madura, a la vejez. Nadie está seguro de que llegará, pero lo espera. La vejez, por el contrario, no tiene ante sí otro período en el que poder esperar; su misma duración es incierta… Yo, por voluntad de Dios, llegué a esta ciudad en el vigor de mi vida; pero ahora mi juventud ha pasado y ya soy viejo» (Ep. 213, 1).

En ese momento, san Agustín dio el nombre de su sucesor designado, el sacerdote Heraclio. La asamblea estalló en un aplauso de aprobación repitiendo veintitrés veces: «¡Demos gracias a Dios! ¡Alabemos a Cristo!». Con otras aclamaciones, los fieles aprobaron, además, lo que después dijo san Agustín sobre sus propósitos para su futuro: quería dedicar los años que le quedaban a un estudio más intenso de las sagradas Escrituras (cf. Ep. 213, 6).

De hecho, en los cuatro años siguientes llevó a cabo una extraordinaria actividad intelectual: escribió obras importantes, emprendió otras no menos relevantes, mantuvo debates públicos con los herejes —siempre buscaba el diálogo—, promovió la paz en las provincias africanas amenazadas por las tribus bárbaras del sur.

En este sentido escribió al conde Darío, que había ido a África para tratar de solucionar la disputa entre el conde Bonifacio y la corte imperial, de la que se estaban aprovechando las tribus de los moros para sus correrías: «Acabar con la guerra mediante la palabra, y buscar o mantener la paz con la paz y no con la guerra, es un título de gloria mucho mayor que matar a los hombres con la espada. Ciertamente, incluso quienes combaten, si son buenos, buscan sin duda la paz, pero a costa de derramar sangre. Tú, por el contrario, has sido enviado precisamente para impedir que haya derramamiento de sangre» (Ep. 229, 2).

Por desgracia, la esperanza de una pacificación de los territorios africanos quedó defraudada: en mayo del año 429 los vándalos, invitados a África como venganza por el mismo Bonifacio, pasaron el estrecho de Gibraltar y penetraron en Mauritania. La invasión se extendió rápidamente por las otras ricas provincias africanas. En mayo o junio del año 430, «los destructores del imperio romano», como califica Posidio a esos bárbaros (Vida, 30, 1), ya rodeaban Hipona, asediándola.

En la ciudad se había refugiado también Bonifacio, el cual, habiéndose reconciliado demasiado tarde con la corte, trataba en vano de bloquear el paso a los invasores. El biógrafo Posidio describe el dolor de san Agustín: «Las lágrimas eran, más que de costumbre, su pan día y noche y, habiendo llegado ya al final de su vida, vivía su vejez en la amargura y en el luto más que los demás» (Vida, 28, 6). Y explica: «Ese hombre de Dios veía las matanzas y las destrucciones de las ciudades; las casas destruidas en los campos y a los habitantes asesinados por los enemigos o desplazados; las iglesias sin sacerdotes y ministros; las vírgenes consagradas y los religiosos dispersos por doquier; entre ellos, algunos habían desfallecido en las torturas, otros habían sido asesinados con la espada, otros habían sido hechos prisioneros, perdida la integridad del alma y del cuerpo e incluso la fe, reducidos a una dolorosa y larga esclavitud por los enemigos» (ib., 28, 8).

Aunque era anciano y estaba cansado, san Agustín permaneció en la brecha, confortándose a sí mismo y a los demás con la oración y con la meditación de los misteriosos designios de la Providencia. Al respecto, hablaba de la «vejez del mundo» —y en realidad ese mundo romano era viejo—; hablaba de esta vejez como lo había hecho ya algunos años antes para consolar a los refugiados procedentes de Italia, cuando en el año 410 los godos de Alarico invadieron la ciudad de Roma.

En la vejez —decía— abundan los achaques: tos, catarro, legañas, ansiedad, agotamiento. Pero si el mundo envejece, Cristo es siempre joven. Por eso, hacía la invitación: «No rechaces rejuvenecer con Cristo, incluso en un mundo envejecido. Él te dice: «No temas, tu juventud se renovará como la del águila»» (cf. Serm. 81, 8). Por eso el cristiano no debe abatirse, incluso en situaciones difíciles, sino que ha de esforzarse por ayudar a los necesitados.

Es lo que el gran doctor sugiere respondiendo al obispo de Tiabe, Honorato, el cual le había preguntado si, ante la amenaza de las invasiones bárbaras, un obispo o un sacerdote o cualquier hombre de Iglesia podía huir para salvar la vida: «Cuando el peligro es común a todos, es decir, para obispos, clérigos y laicos, quienes tienen necesidad de los demás no deben ser abandonados por aquellos de quienes tienen necesidad. En este caso, todos deben refugiarse en lugares seguros; pero si algunos necesitan quedarse, no los han de abandonar quienes tienen el deber de asistirles con el ministerio sagrado, de manera que o se salven juntos o juntos soporten las calamidades que el Padre de familia quiera que sufran» (Ep. 228, 2). Y concluía: «Esta es la prueba suprema de la caridad» (ib., 3). ¿Cómo no reconocer en estas palabras el heroico mensaje que tantos sacerdotes, a lo largo de los siglos, han acogido y hecho propio?

Mientras tanto la ciudad de Hipona resistía. La casa-monasterio de san Agustín había abierto sus puertas para acoger a sus hermanos en el episcopado que pedían hospitalidad. Entre estos se encontraba también Posidio, que había sido su discípulo, el cual de este modo pudo dejarnos el testimonio directo de aquellos últimos y dramáticos días.

«En el tercer mes de aquel asedio —narra— se acostó con fiebre: era su última enfermedad» (Vida, 29, 3). El santo anciano aprovechó aquel momento, finalmente libre, para dedicarse con más intensidad a la oración. Solía decir que nadie, obispo, religioso o laico, por más irreprensible que pudiera parecer su conducta, puede afrontar la muerte sin una adecuada penitencia. Por este motivo, repetía continuamente entre lágrimas los salmos penitenciales, que tantas veces había recitado con el pueblo (cf. ib., 31, 2).

Cuanto más se agravaba su enfermedad, más necesidad sentía el obispo moribundo de soledad y de oración: «Para que nadie le molestara en su recogimiento, unos diez días antes de abandonar el cuerpo nos pidió a los presentes que no dejáramos entrar a nadie en su habitación, a excepción de los momentos en los que los médicos iban a visitarlo o cuando le llevaban la comida. Su voluntad se cumplió escrupulosamente y durante todo ese tiempo él se dedicaba a la oración» (ib., 31, 3). Murió el 28 de agosto del año 430: su gran corazón finalmente pudo descansar en Dios.

«Para la inhumación de su cuerpo —informa Posidio— se ofreció a Dios el sacrificio, al que asistimos, y después fue sepultado» (Vida, 31, 5). Su cuerpo, en fecha incierta, fue trasladado a Cerdeña y, hacia el año 725, a Pavía, a la basílica de San Pedro en el Cielo de Oro, donde descansa en la actualidad. Su primer biógrafo da de él este juicio conclusivo: «Dejó a la Iglesia un clero muy numeroso, así como monasterios de hombres y de mujeres llenos de personas con voto de continencia bajo la obediencia de sus superiores, además de bibliotecas que contenían los libros y discursos suyos y de otros santos, gracias a los cuales se conoce cuál ha sido por gracia de Dios su mérito y su grandeza en la Iglesia, y en los cuales los fieles siempre lo encuentran vivo» (Posidio, Vida, 31, 8).

Es un juicio que podemos compartir: en sus escritos también nosotros lo «encontramos vivo». Cuando leo los escritos de san Agustín no tengo la impresión de que se trate de un hombre que murió hace más o menos mil seiscientos años, sino que lo siento como un hombre de hoy: un amigo, un contemporáneo que me habla, que nos habla con su fe lozana y actual.

En san Agustín, que nos habla, que me habla a mí en sus escritos, vemos la actualidad permanente de su fe, de la fe que viene de Cristo, Verbo eterno encarnado, Hijo de Dios e Hijo del hombre. Y podemos ver que esta fe no es de ayer, aunque haya sido predicada ayer; es siempre actual, porque Cristo es realmente ayer, hoy y para siempre. Él es el camino, la verdad y la vida. De este modo san Agustín nos impulsa a confiar en este Cristo siempre vivo y a encontrar así el camino de la vida.

Más info

Benedicto XVI. Audiencia general del 30 de enero de 2008: San Agustín. 3 – Armonía entre fe y razón

Benedicto XVI. Audiencia general del 20 de febrero de 2008: San Agustín. 4 – Las obras

Benedicto XVI. Audiencia general del 27 de febrero de 2008: San Agustín. 5 – Las conversiones

Benedicto XVI. Audiencia general del 25 de agosto de 2010: Los santos como Agustín, compañeros de viaje del cristiano.

Benedicto XVI ante las reliquias de san Agustín en Pavía.

El vínculo entre Ratzinger y San Agustín: «Guía para mi vida de teólogo y pastor».

Peregrinación a Pavía (Italia), lugar donde reposan las reliquias de san Agustín, personaje por el que Benedicto XVI siente una gran afinidad: minutos 30,25 – 31,33.

El Papa emérito conoció al gran padre de la Iglesia durante sus primeros estudios filosóficos y teológicos y quedó fascinado por él. A él dedicó su tesis de teología, y en él se inspiró su primera encíclica «Deus caritas est». Benedicto XVI eligió un símbolo «agustiniano» en el escudo papal y, en la capilla de la Mater Ecclesiae, donde reposaba el cuerpo, había una estatua del obispo de Hipona.

Benedicto XVI y San Agustín. El pensamiento y la teología del 264º sucesor de Pedro están impregnados de las enseñanzas y los escritos del gran Padre de la Iglesia, pero Joseph Ratzinger ya sentía afinidades con la personalidad del obispo de Hipona cuando era estudiante. Alimentaba una especial devoción y gratitud hacia esa figura a la que se sentía muy unido por el papel que había desempeñado en su vida como teólogo, sacerdote y pastor. Lo dijo varias veces durante su pontificado. En la última de las cinco catequesis que le dedicó -entre enero y febrero de 2008-, en el ciclo de audiencias generales en las que trató de los Padres de la Iglesia, ante la tumba de San Agustín en Pavía, en abril del mismo año, y con anterioridad a los estudiantes del Seminario Mayor Romano, el 17 de febrero de 2007. En la época de sus primeros estudios filosóficos y teológicos, en la segunda mitad de los años cuarenta, se sintió especialmente atraído por la figura de San Agustín y por ese atribulado viaje interior que emprendió para creer y comprender y, al mismo tiempo, para comprender y creer, para hacer dialogar, en definitiva, fe y razón. Un diálogo que Ratzinger prosiguió y desarrolló a lo largo de toda su vida.

La fascinación de la historia humana del obispo de Hipona

Me impresionaba sobre todo la gran humanidad de san Agustín, –explicó Benedicto XVI a los seminaristas-, que no tuvo la posibilidad de identificarse con la Iglesia como catecúmeno desde el inicio, sino que, por el contrario, tuvo que luchar espiritualmente para encontrar poco a poco el acceso a la palabra de Dios, a la vida con Dios, hasta que pronunció el gran ‘sí’ a su Iglesia”.

Y es, en particular, la historia personal del filósofo de Tagaste la que impresiona a Ratzinger, «Fue un camino muy humano, donde también nosotros podemos ver hoy cómo se comienza a entrar en contacto con Dios, cómo hay que tomar en serio todas las resistencias de nuestra naturaleza, canalizándolas para llegar al gran ‘sí’ al Señor. Así me conquistó su teología tan personal, desarrollada sobre todo en la predicación».

La tesis «agustiniana» en teología

Retrocediendo en el tiempo, en la trayectoria de Ratzinger como académico, teólogo y pastor y en su vida personal, la figura del obispo de Hipona está siempre presente. Fue con una disertación sobre la relación entre el Pueblo de Dios y el Cuerpo de Cristo en Agustín -‘Pueblo y Casa de Dios en la Doctrina de la Iglesia de San Agustín’- que en 1953 el prometedor Joseph, ya sacerdote y brillante académico, tomó como punto de partida lo que el Doctor de la Iglesia escribe en la ‘Exposición sobre el Salmo 149’, y obtuvo su licenciatura en Teología en la Universidad de Múnich. La tesis fue publicada y en el prefacio a la edición italiana de 1978 Ratzinger esbozó el resultado central de su investigación, precisando que «la relectura cristológica del Antiguo Testamento y la vida sacramental centrada en la Eucaristía son los dos elementos principales de la visión agustiniana de la Iglesia».

El deseo de una vida contemplativa

Pero hay otro aspecto de la vida de san Agustín que Benedicto XVI quiso subrayar durante su visita al Seminario Mayor Romano, con ocasión de la fiesta de Nuestra Señora de la Confianza: su deseo de vivir, inicialmente, «una vida puramente contemplativa, escribir más libros de filosofía…, pero el Señor no quería eso; lo llamó a ser sacerdote y obispo; de este modo, todo el resto de su vida, de su obra, se desarrolló fundamentalmente en el diálogo con un pueblo muy sencillo. Por una parte, siempre tuvo que encontrar personalmente el significado de la Escritura; y, por otra, debía tener en cuenta la capacidad de esa gente, su contexto vital, para llegar a un cristianismo realista y, al mismo tiempo, muy profundo». Era lo mismo que quería Ratzinger: retirarse de la vida pública para dedicarse a la meditación y al estudio. Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1981, solicitó repetidamente una licencia que Juan Pablo II no le concedió.

Su primera Encíclica: Deus caritas est

Elegido Papa el 16 de abril de 2005, pocos meses después, el día de Navidad, Benedicto XVI entregó a la Iglesia su primera carta encíclica, Deus caritas est, dedicada al amor cristiano. Fue de nuevo San Agustín quien le inspiró. Su deseo de «hablar del amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás» lo expresa en un tratado dividido en dos grandes partes «íntimamente relacionadas entre sí». La primera con un carácter más especulativo, con la que quiso precisar —al comienzo de su pontificado— “algunos puntos esenciales sobre el amor que Dios, de manera misteriosa y gratuita, ofrece al hombre y, a la vez, la relación intrínseca de dicho amor con la realidad del amor humano”. La segunda con “una índole más concreta”, que trata “de cómo cumplir de manera eclesial el mandamiento del amor al prójimo”. 

En el párrafo que precede a la conclusión, un resumen del concepto de amor, la única luz «que ilumina constantemente un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar». «El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica.».

Benedicto XVI en visita a Pavía el 22 de abril de 2007
Benedicto XVI en visita a Pavía el 22 de abril de 2007

Durante la peregrinación que realicé a Pavía, el año pasado, para venerar los restos mortales de este Padre de la Iglesia. De ese modo le expresé el homenaje de toda la Iglesia católica, y al mismo tiempo manifesté mi personal devoción y reconocimiento con respecto a una figura a la que me siento muy unido por el influjo que ha tenido en mi vida de teólogo, de sacerdote y de pastor.

Benedicto XVI

Peregrino a la tumba de San Agustín

El 22 de abril de 2007, en una visita a Pavía, Benedicto XVI dejó aún más clara su cercanía a san Agustín. Con viva emoción, en la basílica de San Pedro in Ciel d’Oro, donde reposan los restos del «Doctor de la Gracia», reveló que era su deseo venerarlos: «para rendir el homenaje de toda la Iglesia católica a uno de sus ‘padres’ más destacados, así como para manifestar mi devoción y mi gratitud personal hacia quien ha desempeñado un papel tan importante en mi vida de teólogo y pastor, pero antes aún de hombre y sacerdote». Y ante la tumba del obispo de Hipona, visiblemente emocionado, el Papa Ratzinger quiso también «entregar idealmente a la Iglesia y al mundo” su primera encíclica, que “debe mucho al pensamiento de san Agustín, que fue un enamorado del amor de Dios, y lo cantó, meditó, predicó en todos sus escritos, y sobre todo lo testimonió en su ministerio pastoral”. Y afirmó también que «la humanidad contemporánea necesita este mensaje esencial, encarnado en Cristo Jesús:  Dios es amor. Todo debe partir de esto y todo debe llevar a esto:  toda actividad pastoral, todo tratado teológico”. Y que “todos los carismas carecen de sentido y de valor sin el amor; en cambio, gracias al amor todos ellos contribuyen a edificar el Cuerpo místico de Cristo”. Añadió que “el mensaje que repite también hoy san Agustín a toda la Iglesia, y en particular a esta comunidad diocesana que con tanta veneración conserva sus reliquias, es el siguiente: el Amor es el alma de la vida de la Iglesia y de su actividad pastoral”.

Un símbolo «agustiniano» en el escudo papal

Y no hay que olvidar que para su escudo papal Benedicto XVI ha elegido, entre otros símbolos, una concha, que también tiene un significado agustiniano. De hecho, recuerda una leyenda que tiene como protagonista al filósofo de Tagaste. Se cuenta que Agustín vio en una playa a un niño que sacaba continuamente agua del mar con una concha y luego la vertía en un agujero excavado en la arena, y le pidió una explicación. El joven respondió que quería echar toda el agua del mar en aquel agujero. «Agustín entendió la referencia a su vano esfuerzo por tratar de hacer entrar la infinitud de Dios en la limitada mente humana», reza la página que el portal Vatican.va dedicó al escudo de Benedicto XVI. La leyenda tiene un evidente simbolismo espiritual, para invitarnos a conocer a Dios, aunque sea en la humildad de las insuficientes capacidades humanas, recurriendo a la inagotabilidad de la enseñanza teológica».

El escudo papal de Benedicto XVI
El escudo papal de Benedicto XVI.

Fuente: vaticanews.va – Tiziana Campisi – Ciudad del Vaticano.

Como sabéis, yo también estoy unido de modo especial a algunas figuras de santos: entre estas, además de san José y san Benito, de quienes llevo el nombre, y de otros, está san Agustín, a quien tuve el gran don de conocer de cerca, por decirlo así, a través del estudio y la oración, y que se ha convertido en un buen «compañero de viaje» en mi vida y en mi ministerio.

Benedicto XVI.

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Ecos con Benedicto XVI: “Su entrega a la Iglesia fue una bendición para los agustinos”.

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