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En la Iglesia de San Agustín de Barcelona, 10 de junio de 2026.

Un niño de 6 años, a León: ¿Quería ser papa? ¿Le gusta el fútbol? ¿Por qué los abuelos están solos?

l papa fue a conocer las realidades sociales de la diócesis y se encontró con Renzo, de seis años, un niño con muchas curiosidades. Y se las preguntó al papa.

La CARTA de RENZO, un NIÑO del BARRIO del RAVAL, al PAPA LEÓN XIV | RTVE Noticias

Durante su encuentro con entidades sociales en la Iglesia de Sant Agustí en el Raval de Barcelona, Renzo, un niño de seis años del barrio, ha leído una carta en la que ha hecho unas preguntas al papa León XIV: «¿Te gusta el fútbol? ¿De pequeño querías ser papa? ¿Por qué mi mamá y papá están preocupados?, ¿Por qué mi papá tiene tantos trabajos? ¿Por qué hay personas a las que les pasan cosas malas y a otras no? ¿De quién es la culpa? ¿Porqué hay tantas personas que viven en la calle? Nadie los ve, nadie los ayuda.

El pequeño ha continuado: «¿Cómo podemos ayudar si el mundo es tan grande? ¿Dios quiere que haya pobres y ricos? ¿Por qué hay tantos abuelos solos si son tan importantes? ¿Hay que perdonar siempre?». Tras su intervención el Santo Padre le ha entregado un obsequio y le ha abrazado.

Renzo tiene seis años y dos preguntas que ningún adulto se había atrevido a hacer. Cuando le preguntó al Papa León XIV si le gustaba el fútbol, el pontífice sonrió y confesó que cuando vivía en Perú jugaba de defensa. Cuando le preguntó por qué había tantos abuelos solos en el mundo, el Papa se tomó su tiempo, lo miró con toda la ternura del mundo y le dijo que los mayores nunca deberían ser abandonados ni estar solos. Dos respuestas simples, honestas y completamente llenas de humanidad que convirtieron ese momento en la iglesia de Sant Agustí de Barcelona en el más emotivo y adorable de toda la visita papal.

Viaje apostólico a España: Encuentro con las organizaciones diocesanas de caridad y asistencia en la iglesia de San Agustí

2026 | junio | 10 – Iglesia de San Agustí (Barcelona)

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV A ESPAÑA (6-12 DE JUNIO DE 2026)

ENCUENTRO CON LAS REALIDADES DE CARIDAD Y ASISTENCIA DIOCESANAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Iglesia de Sant Agustí (Barcelona) – Miércoles, 10 de junio de 2026

Estimats germans i germanes, Bona tarda!

Agradezco al Cardenal Arzobispo la cordial bienvenida y las palabras que me ha dispensado, así como también al delegado de pastoral social y a quienes han compartido con nosotros sus testimonios sobre las realidades de caridad y asistencia diocesanas. Quisiera agradecer a Renzo su carta y las preguntas que me hace, voy a intentar responder algunas.

La que ya contesté es que no quería ser Papa, ni como joven ni como viejo, pero cuando el Señor llama hay que decir sí. Antes de responder a las preguntas sólo quiero decirles muchas gracias por la acogida y que aquí de verdad me siento en casa. Y gracias por todo lo que ustedes representan.

La razón que pensarán —obvia, evidente— es porque es San Agustín pero, les cuento que la primera vez que vine a esta iglesia —no estaba este Arzobispo aquí a mi lado—, era 1984, viajaba por tierra desde Roma a León, llegué y dije: miren en Barcelona hay una iglesia de San Agustín, vamos a visitarla. Estaba cerrada, hoy está abierta. Y qué hermoso es encontrar una iglesia con una comunidad de agustinos y con tantas personas que viven, que alaban a Dios, que encuentran comunidad, acogida, integración en esta iglesia y en esta pastoral social. Muchas gracias a todos, de verdad.

En cuanto a la pregunta sobre el fútbol, todo el mundo sabe que ahora juego tenis, jugaba fútbol como joven, pero fútbol americano, un poco más violento, pero también con los seminaristas cuando estaba en Trujillo jugaba fútbol, en defensa, si quieren saber, no era un gran goleador pero cuando estaba primero en Roma donde viví la primera experiencia del mundial, en 1982 que fue aquí en España. Luego, en Perú con los seminaristas seguía mucho los equipos locales; pero también jugaba con los seminaristas, un poco de deporte hace bien para todos, hay que buscar cómo, digamos, conservar y estar en buena salud: cuerpo, mente y alma. Entonces, eso sí ha sido parte de mi vida. Pues el fútbol también nos ayuda a recordar algo muy importante: que la vida no es una carrera para vivir en una forma solitaria, es algo que se juega en equipo y hay que aprender a correr juntos. Entonces, en ese sentido, uno que puede ser una estrella pero que nunca pasa la pelota, pues no deja que los otros entren en el juego y probablemente va a perder. Y entonces, también pensando en nosotros, y pensando en cómo integrar en un equipo, pues también quiero reconocer y felicitar todo lo que están haciendo aquí.  Segunda pregunta, ya contesté, pero, sigo un poco el texto si no nos vamos a perder y terminamos a las 8.30.

Em preguntes si de petit volia ser Papa. Bé doncs, Renzo, crec que no. Crec que mai ho vaig pensar. Però si que puc dir una cosa: des de petit vaig sentir el desig d’entregar la meva vida a Déu. No sabia encara del tot, el com ni per on em portaria el Senyor. Amb el temps vaig descobrir que Jesús em cridava a seguir-lo com a sacerdot, i que aquest camí passava per l’ordre de san Agustí. Però això no val solament per a mi. Cada nen és un somni de Déu. Tu Renzo també ho ets. Déu desitja la felicitat de tots i vol que, des de petits i durant tota la vida, conservem un cor com el dels nens (cf. Mt 18,3): capaç de confiar, ple de bondat; vol que siguem els seus amics i que no ens apartem d’Ell. Per això, més important que preguntar-nos si un serà sacerdot, metge, mestre, pare de família o qualsevol altra cosa, cal preguntar-se si vols ser amic de Jesús. Perquè l’amistat amb Jesús ens dóna alegria, ens fa lliures i ens ajuda a veure, pas a pas, la vocació i el camí que Déu ha pensat per cadascú de nosaltres.

[Me preguntas si de pequeño quería ser Papa. Bueno, Renzo, creo que no. Yo creo que nunca lo pensé. Pero sí puedo decirte algo: desde pequeño sentí el deseo de entregar mi vida a Dios. No sabía todavía del todo cómo ni por dónde me llevaría el Señor. Con el tiempo fui descubriendo que Jesús me llamaba a seguirlo como sacerdote, y que ese camino pasaba por la orden de san Agustín. Pero esto no vale sólo para mí. Todo niño es un sueño de Dios. Tú Renzo también lo eres. Dios desea la felicidad de todos y quiere que, desde pequeños y durante toda la vida, conservemos un corazón como el de los niños (cf. Mt 18,3): capaz de confiar, lleno de bondad; quiere que seamos sus amigos y no nos apartemos de Él. Por eso, más importante que preguntarse si uno será sacerdote, médico, maestro, padre de familia o cualquier otra cosa, es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús. Porque la amistad con Jesús nos da alegría, nos hace libres y nos ayuda a ver, paso a paso, la vocación y el camino que Dios ha pensado para cada uno.]

No es fácil encontrar, Renzo, la respuesta a tu pregunta sobre por qué hay personas a las que les pasan cosas malas y, en cambio, a otras no. Pensar en la vida de Jesús quizás nos puede ayudar. La Palabra de Dios nos dice que nuestro Señor «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38) y, sin embargo, sabemos que fue crucificado. Pero ahí no terminó la historia, porque resucitó al tercer día, y venció al mal, venció a la muerte. A través de la vida de Jesucristo, Dios nos muestra que, aunque haya sufrimiento, Él nunca abandona a ninguno de sus hijos, porque nos tiene preparada una alegría eterna donde ya no habrá tristezas ni dolor. Tengamos confianza, Jesús está con nosotros, nos ayuda y acompaña, y nos da fuerzas para atravesar los momentos difíciles que podamos encontrar en la vida.

Sobre los abuelos, sí, los abuelos son muy importantes en la vida de las familias. Nunca deberían quedarse solos. A menudo, ellos son los que cuidan a los nietos mientras los padres van a trabajar y así, con cariño y dedicación, ayudan a los niños a conocer el amor a Dios y al prójimo, para que eche raíces en sus corazones y un día lleguen a ser hombres y mujeres de bien. Y ¿cómo debemos corresponder al amor?, pues con amor. Es lo que Jesús quiere que hagamos. Cuidar y acompañar a nuestros abuelos en su vejez, así como ellos, a su tiempo, cuidaron de nosotros. No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores. Eso es algo muy triste. Tengamos nuestro corazón abierto a todos ellos; y aunque no sean nuestros abuelos, no permitamos que se sientan solos ni desprotegidos. Porque, si no queremos la soledad para nosotros, tampoco debemos permitirla para los demás.

Con respecto a si debemos perdonar siempre, Jesús nos dice que sí. Un día Pedro le preguntó: «Señor, si alguien me hace daño, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22). Y con eso Jesús quiso decir: perdona siempre. Pero hay que entender bien qué significa perdonar. Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño. No significa olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón. Jesús nos pide perdonar porque es la única manera de experimentar la paz de Dios y de sanar heridas espirituales. Cuando perdonamos imitamos el ejemplo de Jesús, que perdonó a quienes lo crucificaban. Nuestra disposición para perdonar es condición para el perdón que recibimos de Dios.

[Hermanos y hermanas:

Estar aquí, en la iglesia de Sant Agustí, abre nuestro corazón a una verdad que el santo Obispo de Hipona nos indica: ser cristianos es, ante todo, un regalo, una gracia. Cimentados en Cristo, que es la piedra viva, experimentamos la acción del Espíritu Santo, con la convicción de que todo esfuerzo realizado sinceramente para cooperar con Él en favor de nuestro prójimo será bendecido por el Padre celestial, en quien ponemos nuestra esperanza. Como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, estamos realmente ligados al destino de aquellos a quienes Dios ama e invita a participar de su vida.

Llamados a amar a Dios, y por amor a Él, a nuestros hermanos, somos también enviados a salir al encuentro de todos. El cristiano, además de ser bondadoso y amable, ha de ser compasivo, amar sin interés y buscar el bien de los demás, sabiendo que en cada hermano y hermana que sufre es el mismo Señor quien pide y recibe, quien es acogido o rechazado, amado o despreciado.]

La caridad evangélica, fundada en Jesucristo y alimentada por su amor, da forma e identidad a la vida personal y comunitaria de todo cristiano. De ahí que cada comunidad eclesial diocesana, movida por la caridad e instruida por el Espíritu Santo, está llamada a acercarse, según sus propias posibilidades y capacidades, con discreción, delicadeza y perseverancia a las heridas y necesidades de los más pequeños y vulnerables para aliviar sus sufrimientos y remediar su pobreza. Lo hace imitando la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, por amor a nosotros, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su gracia y su salvación, y nos llama también a reconocerlo y socorrerlo en los más necesitados (cf. Mt 25,40).

Por eso, es una alegría encontrarme esta tarde con todos vosotros que, de diferentes maneras, estáis concretamente vinculados a la asistencia, acompañamiento y promoción de quienes más lo necesitan, sobre todo en los tiempos que estamos viviendo, en los que parece haberse perdido el sentido de la dignidad sagrada del ser humano.

Me gustaría subrayar que como cristianos estamos llamados a la tarea de hacer presente el amor de Dios por cada hombre y cada mujer, en el tejido concreto de la historia. El libro del Génesis nos narra que Dios creó «al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gn 1,27). En ello radica la dignidad inalienable de todo ser humano, que no depende de las capacidades que posee, de las riquezas que acumula o del rol que desempeña, sino del don que lo precede y lo excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla (cf. Magnifica humanitas, 50).

El Señor, pues, nos invita a acoger a toda mujer como hermana y a todo hombre como hermano. Como hijos del mismo Padre, toda persona está constitutivamente hecha para la relación; ha sido pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación (cf. ibíd.). Una expresión singular de este anhelo divino la constituyen las realidades diocesanas de caridad y asistencia de las que vosotros formáis parte y que lleváis adelante con esfuerzo y dedicación, con la conciencia de que la persona humana está en el centro de la acción de la Iglesia (cf. Gaudium et spes, 24) y de que la caridad es «el mayor mandamiento social» (CCE, 1889).

[Os aliento a que, unidos a vuestros pastores, continuéis animando estos apostolados, dando testimonio del Evangelio y mostrando al mundo la belleza de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora la justicia y la paz que serán plenas en el Reino de Dios. Sed, pues, testigos creíbles de la esperanza cristiana en el servicio solícito a los hermanos y hermanas que, en una condición de vida precaria, marcada por la privación, la fragilidad o la marginación, además de ayuda material y sostén moral, necesitan a Dios, su amistad, su bendición, su Palabra, sus Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe (cf. Evangelii gaudium, 200).]

Deposito a los pies de Nuestra Señora del Buen Consejo vuestro trabajo y vuestra entrega, para que su intercesión os acompañe y el Señor haga fructificar abundantemente todo el bien que procuráis. Que Dios os bendiga. Muchas gracias.

Copyright © Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana.

Fuente: vatican.va

La historia de Renzo, de 6 años, conmueve al Papa: «Me siento como en casa».

«A través de la vida de Jesucristo, Dios nos muestra que, aunque haya sufrimiento, Él nunca abandona a ninguno de sus hijos, porque nos tiene preparada una alegría eterna donde ya no habrá tristezas ni dolor», ha dicho León XIV en su visita a la Iglesia de San Agustín.

En pleno barrio de El Raval, en la Barcelona más popular, el Papa se ha hecho presente en la Iglesia de San Agustín para encontrarse con las realidades de caridad y asistencia diocesanas, donde ha dicho que siente «como en casa». Allí se ha vivido uno de los momento más tiernos del viaje de León XIV a España. Rezo, de 6 años, ha tenido la oportunidad de hacerle algunas preguntas al Pontífice. Es el primer niño que ha intervenido

El niño pertenece a una familia vulnerable del barrio y su historia «nos acerca a tantas familias que viven con preocupación la falta de recursos y el miedo a perder el hogar, pero también con esperanza».

¿Le gusta el futbol? ¿De pequeño querías ser Papa? ¿Por qué mi mamá y papá están preocupados? ¿Porque mi papá tiene tantos trabajos? ¿Por qué hay personas que les pasan cosas malas y a otros no? ¿De quién es la culpa? ¿Por qué hay tantas personas que viven en la calle? ¿nadie los ve? ¿nadie los ayuda? ¿Dios quiere que haya pobres y ricos? ¿Por qué hay tantos abuelos solos, si son tan importantes? ¿Hay que perdonar siempre? Una batería de preguntas que ha desatado un aplauso de los presentes.

La amistad con Jesús

El Papa, en su turno, ha querido precisamente comenzar dándole las gracias al pequeño y contestando algunas de sus preguntas. «Te confieso que yo juego al tenis y me gusta mucho, pero también aprecio el fútbol». De hecho, en Trujillo «jugaba de defensa», ha comenzado diciendo el Santo Padre, que ha aprovechado la pregunta para hablar de la importancia del deporte. «Ayuda a crecer sanos de cuerpo y de mente».

Y aunque el Papa practique ahora el tenis, ha calificado el fútbol como un deporte que nos puede ayudar a entender que «la vida no es una carrera para lucirse en solitario, sino un camino que aprendemos a recorrer juntos». Y ha añadido: «Quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, todavía no ha entendido el juego». Del mismo modo, «quien no sabe vivir con los demás y para los demás, todavía no ha entendido la vida».

Contestando a otra de las preguntas de Renzo, León XIV ha confesado que nunca soñó con ser Papa. «Pero sí puedo decirte algo: desde pequeño sentí el deseo de entregar mi vida a Dios. No sabía todavía del todo cómo ni por dónde me llevaría el Señor. Con el tiempo fui descubriendo que Jesús me llamaba a seguirlo como sacerdote, y que ese camino pasaba por la orden de san Agustín».

En este sentido, ha aprovechado para asegurar que «más importante que preguntarse» qué será uno de mayor «es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús». La amistad con Jesús «nos da alegría, nos hace libres y nos ayuda a ver, paso a paso, la vocación y el camino que Dios ha pensado para cada uno.

No dejar solos a los abuelos

Pero el Papa también ha contestado las preguntas difíciles del pequeño Renzo, como porqué hay personas a las que les pasan cosas malas y otras no. «No es fácil encontrar la respuesta a tu pregunta, pero pensar en la vida de Jesús nos puede ayudar», ha comenzado diciendo el Pontífice. «A través de la vida de Jesucristo, Dios nos muestra que, aunque haya sufrimiento, Él nunca abandona a ninguno de sus hijos, porque nos tiene preparada una alegría eterna donde ya no habrá tristezas ni dolor. Tengamos confianza, Jesús está con nosotros, nos ayuda y acompaña, y nos da fuerzas para atravesar los momentos difíciles que podamos encontrar en la vida».

En otra de sus respuestas, ha puesto en valor la vida de los abuelos. «A menudo, ellos son los que cuidan a los nietos mientras los padres van a trabajar», ha asegurado. «Y así, con cariño y dedicación, ayudan a los niños a conocer el amor a Dios y al prójimo, para que eche raíces en sus corazones y un día lleguen a ser hombres y mujeres de bien».

¿Cómo corresponderles? Con el mismo amor que ellos entregaron. Y ha añadido: «No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores. Eso es algo muy triste. Tengamos nuestro corazón abierto a todos ellos; y aunque no sean nuestros abuelos, no permitamos que se sientan solos ni desprotegidos. Porque, si no queremos la soledad para nosotros, tampoco debemos permitirla para los demás».

¿Debemos perdonar siempre?

Renzo también le ha preguntado si hay que perdonar siempre. «Sí», ha expresado con contundencia el Pontífice. Pero perdonar «no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño», ha advertido. Tampoco «olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado». No, perdonas significa «no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón». Y ha concluido: «Es la única manera de experimentar la paz de Dios y de sanar heridas espirituales».

Amar sin interés

En la última parte de su discurso, el Papa ha asegurado que «el cristiano ha de ser compasivo, amar sin interés y buscar el bien de los demás, sabiendo que en cada hermano y hermana que sufre es el mismo Señor quien pide y recibe, quien es acogido o rechazado, amado o despreciado».

También es una labor que hay que hacer a nivel comunitario. Cada comunidad «está llamada a acercarse, según sus propias posibilidades y capacidades, con discreción, delicadeza y perseverancia a las heridas y necesidades de los más pequeños y vulnerables para aliviar sus sufrimientos y remediar su pobreza».

El Papa ha concluido alentando a las realidades de caridad y asistencia diocesanas aque, «unidos a vuestros pastores, continuéis animando estos apostolados, dando testimonio del Evangeluo y mostrando al mundo la belleza de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora la justicia y la paz que serán plenas en el reino de Dios».

Fuente: alfayomega.es

Renzo Pons Mendoza, un niño de 6 años nacido en Buenos Aires, se convirtió en el protagonista de la visita del Papa León XIV en el Raval de Barcelona. En un emocionante encuentro, leyó su carta al Pontífice, abordando preguntas profundas sobre la vida. Un momento inolvidable que conecta la fe y la inocencia de la infancia.