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Hoy se nos revela, por la estrella que guió a los Magos de Oriente hasta Cristo, que la salvación es para todos.
Papa Francisco el día de Reyes: «La estrella de la Epifanía nos llama a ser luz para el mundo”. Desde la Basílica de San Pedro, Santa Misa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor. HOMILÍA.
En la adoración de los Magos se cumple la profecía de Isaías
La gloria del Señor amanece sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. (Is 60, 1-6).
La estrella simboliza la luz de la fe. Hoy en Cristo, para luz de los pueblos, se revela el misterio de nuestra salvación, pues al manifestarse Cristo en nuestra carne mortal, hemos sido hechos partícipes de la gloria de su inmortalidad. Llevemos a todo el mundo la luz de Cristo, que nos salva, anunciando su Evangelio.
En este día comparto dos canciones populares. Una de ellas se titula «Los Reyes Magos» de la Navidad nuestra de Ariel Ramírez, música popular Argentina, país donde compartí cinco años de Misión evangelizadora (1984-1989). ¡Doy gracias a Dios por este regalo! 😉
¡Muchas Felicidades!
José Luis Miguel González, OSA.
Cabalgata de Sus Majestades los Reyes Magos por Bellavista, Aljaraque, Huelva. 5-1-2026.



Los regalos de los Magos

Hay relatos que no pertenecen a un momento ni a un lugar. Trascienden porque funcionan como espejos: quien los mira no solo contempla lo ocurrido, sino que se encuentra con preguntas sobre sí mismo. El viaje de los Magos de Oriente no es solo una crónica de un viaje físico, sino una catequesis sobre la condición humana.
La palabra griega magoi no se refería a hechiceros, sino a una casta de sabios, astrónomos y filósofos de la antigua Persia o Babilonia. Representan la «Primitiae gentium» (las primicias de las naciones): el reconocimiento de que la búsqueda de la verdad no es propiedad de un solo pueblo, sino un anhelo universal.
A diferencia de los escribas en Jerusalén, que tenían el conocimiento teórico pero permanecieron inmóviles, los Magos representan la fe inquieta. Su sabiduría no los encerró en la autosuficiencia, sino que los abrió al misterio.
«Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías» (Mateo 2,3-4).
Este pasaje revela una verdad incómoda: se puede conocer la letra de la ley (los escribas sabían dónde nacería) y, sin embargo, no tener el deseo de ir al encuentro. Los Magos, con menos información pero más anhelo, se pusieron en marcha.
El gesto de los Magos es el cumplimiento de una promesa. El profeta Isaías ya había vislumbrado este momento, conectando los dones con la luz que atrae a las naciones: «Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes al resplandor de tu aurora… vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e incienso y proclamando las alabanzas del Señor» (Isaías 60,3.6).
Los tres regalos no fueron elegidos al azar; son una confesión de fe en la identidad de aquel niño. En la tradición de la Iglesia, se dice que con el oro se reconoce al Rey, con el incienso al Dios y con la mirra al Hombre.
El oro es el metal de los reyes. En el contexto bíblico, no solo indica riqueza, sino la gloria de Dios manifestada. El Arca de la Alianza y el Templo estaban revestidos de oro puro porque representaban el lugar donde Dios habitaba.
«El interior del Santuario… lo revistió de oro fino; revistió también de oro el altar de cedro» (1 Reyes 6,20).
Al ofrecer oro a un niño en un pesebre, los Magos están rompiendo la lógica del poder mundano. Reconocen que el verdadero Rey no es aquel que oprime (como Herodes), sino aquel que se hace pequeño para servir. Nos interroga: ¿Dónde buscamos la seguridad? ¿En el oro que acumulamos o en la humildad que nos permite reconocer lo sagrado en lo sencillo?
El incienso es una sustancia que se consume para elevarse. Representa la oración y la adoración. Solo se ofrecía a Dios, y su uso en el Templo era sagrado y exclusivo.
«Que mi oración suba ante ti como el incienso, y el levantar de mis manos como el sacrificio de la tarde» (Salmo 141,2).
Al quemar incienso ante el niño, los Magos están afirmando: «Este niño es Dios». Es el símbolo de la verticalidad de la vida. En una era de inmediatez y ruido, el incienso nos recuerda que necesitamos el silencio y la adoración para no asfixiarnos en lo material. Es la invitación a recuperar el «sentido de lo sagrado».
La mirra es el regalo más paradójico y extraño. Es una resina amarga, utilizada para sanar heridas y para ungir los cuerpos en la sepultura. Es el regalo que anuncia la Pasión. Y de hecho, vuelve a aparecer en el relato evangélico una vez que el cuerpo de Jesús es bajado de la cruz.
«Llegó también Nicodemo… trayendo una mezcla de mirra y áloe, como unas cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas» (Juan 19,39-40).
La mirra representa la aceptación de nuestra vulnerabilidad. Nos dice que Dios no vino a evitarnos el sufrimiento, sino a compartirlo. En un mundo que rinde culto a la perfección estética y la eterna juventud, la mirra nos reconcilia con nuestras cicatrices. Nos recuerda que lo humano, con toda su fragilidad, ha sido tocado por lo divino.
El viaje de los Magos no termina con un regalo, sino con una transformación. El encuentro con la Luz los obliga a cambiar de ruta. No se puede adorar a Dios y seguir bajo las órdenes de Herodes (el símbolo del ego y el poder egoísta).
«Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino» (Mateo 2,12).
Ese «otro camino» es la verdadera conversión (metanoia). No es solo una ruta geográfica diferente, sino un modo nuevo de habitar el mundo. Los Magos regresan a su vida cotidiana, pero sus ojos ya no miran de la misma manera. Han comprendido que el tesoro no era lo que ellos traían, sino lo que encontraron en el pesebre.
Quizá, como ellos, todos somos peregrinos. Necesitamos la estrella de la esperanza para salir de nuestras comodidades, los dones para entregar lo que somos y, finalmente, el valor para regresar por un camino nuevo, dejando atrás los miedos que nos mantenían atados a nuestras propias seguridades.
¡Feliz Noche de Reyes, llena de regalos de esperanza!
Fuente: Grupo Comunicación Loyola – gcloyola.com
Sacerdote católico y agustino (OSA). Pedagogo, Párroco, Misionero digital. Educación: Universidad Pontificia Comillas. Aljaraque (Huelva). 

