Cuaresma-Pascua

Un espejo para liberarnos. V Domingo Cuaresma, Ciclo C.

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Un espejo para liberarnos

En el tramo final de la cuaresma, el evangelio de la mujer pecadora (cfr. Jn 8,1-11) pone a Jesús sobre las cuerdas. Los fariseos utilizan este caso para tender nuevamente una trampa a Jesús. A ellos no les importa la mujer, simplemente es una pelota en sus manos para ir a destruir su objetivo y poder acusarle según la respuesta que dé el Maestro. Si Jesús se pone del lado de la mujer, entonces está en contra de la ley. Y entonces tendrás una razón más que suficiente para denostarlo como profeta y como Mesías. Pero si se coloca en contra de la mujer, entonces contradice su propia doctrina del perdón. Jesús no se deja acorralar: actúa desde su indiscutible libertad interior.

Jesús hace algo muy simple y sabio: deja estar a los acusadores y les da la vuelta a sus propios pensamientos. El pecado de la mujer se convierte en un gran “espejo” en el que cada uno ve reflejada su propia debilidad. La barrera de seguridad desaparece, los acusadores se ponen al nivel de la acusada. Jesús les obliga a que se sitúen en su propia verdad y a que permanezcan en ellos mismos en lugar de proyectar sus propios deseos sexuales hacia la mujer y desviarse de sí mismos. Él se inclina y escribe con el dedo en la tierra. No “vigila” el reconocimiento de sus pecados. Respeta a la persona y a cada persona, sin echar nada en cara. Ellos mismos han vivido el fuerte contraste con su pecado y su realidad.

Lo que entorpece el perdón

Quizá Jesús tenía en mente al profeta Jeremías: “Los que se apartan de ti serán escritos en el polvo, porque abandonaron al Señor, manantial de agua viva” (Jer 17,13). Se trata de un comportamiento alegórico, que muestra a los fariseos cuánto han abandonado ellos a Yahvé, el verdadero Dios, el manantial de agua viva, y cómo se han entregado a la letra de la ley. Esta reflexión enlaza con el texto precedente, el encuentro de Jesús con la Samaritana. Él ha hablado de una fuente agua viva que brota en su interior y en el de todos los que creen. Quien no cree se reseca y se vuelve duro de corazón.

Al final, Jesús se queda solo con la mujer. San Agustín dice de esta imagen: “Los que se quedaron fueron dos, lo digno de misericordia y la misericordia”. Los pobres y quien tiene un corazón para ellos. Perdona a la mujer y la anima a que no peque más: “Tampoco yo te condeno. Puedes irte, y no vuelvas a pecar (Jn 8,11). No la obliga al remordimiento como tarea contra su autoestimas, sino que le da confianza y seguridad en el camino futuro. La libera para proyectar una vida nueva.

Solo Dios puede perdonar porque solo Él es rico en misericordia. Contrastémoslo con nuestra manera de perdonar, como hace Josep Otón en La mística de la Palabra: “Cuando nosotros nos proponemos perdonar a alguien, tenemos que enfrentarnos a nuestras emociones –el miedo, la rabia, la envidia o la amargura-, que entorpecen nuestra decisión. O, por el contrario, podemos hacerlo desde un cierto sentimiento de superioridad, disculpando los errores ajenos por haber sido cometidos desde el desconocimiento, la debilidad o la indolencia”.

Fuente: Dibujo: Patxi Velasco FANO – Texto: Fernando Cordero, ss.cc.

Elogio frente a la condena – 4º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

Jn 8, 1-11. Hemos tenido tiempos de juicios, tenemos tiempos de condenas… pero antes y ahora, todos somos de barro, todos vivimos con miedo esperando una mirada que nos salve. Dejo que Él me mire, yo le miro y le digo…

Fuente: Editorial Verbo Divino – EVD.

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