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Pablo D’Ors: «Amigos del desierto», sensibilidad y lenguaje contemporáneos.

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«Hay un anhelo espiritual muy grande en esta sociedad tan secularizada», Pablo D’Ors, Asociación Amigos del Desierto.

«La única manera de que exista fidelidad es de forma creativa. Si no hay creatividad, no hay felicidad; hay conservadurismo que es distinto»

«Está muy bien conservar el patrimonio espiritual, pero no estamos llamados a ser siempre conservadores, sino a ser fieles. A vivirlo realmente»

«Esto es lo que olvidamos: tan importante como el patrimonio que hemos recibido como el Evangelio, por ejemplo, es el hombre y la mujer de hoy

«Porque tú puedes tener un mensaje extraordinario pero si realmente no tienes en cuenta al destinatario, ¿para que te sirve un tesoro? ¿Para guardarlo bajo la tierra en un arcón?»

«La fidelidad no es sólo al Evangelio, es al hombre y a la mujer de hoy. Y si estamos lejos de ellos, difícilmente vamos a conectar»

«Los prejuicios nos matan; en un sentido y en otro. Hoy, en nuestra sociedad española ser cristiano, hablar de Cristo, hablar de Dios -no digo ni de religión ni de Iglesia- es políticamente incorrecto»

El escritor, sacerdote y asesor cultural del Vaticano, Pablo D’Ors, tiene una «esperanza demencial». El también fundador de la exitosísima red de meditadores Amigos del Desierto quiere lanzar un nuevo monacato secular, con personas dispuestas a consagrarse en medio del mundo. «Un monacato compatible con la secularidad, hasta el fondo», nos cuenta, como solución a la «urgencia fundamental para la Iglesia de hoy»: la «renovación espiritual». Hace falta algo nuevo porque «la mayoría de las formas que la Iglesia Católica presenta, para dar cuerpo a esa búsqueda espiritual, no responden, de hecho, a la sensibilidad de la gente», afirma.

Hoy tendremos el placer de charlar un rato con uno de los grandes escritores españoles. Pablo D’Ors es novelista y asesor del Vaticano, nada menos. Fundador de unas comunidades de los ‘Amigos del Desierto’ y cura. No sé en qué orden. Bienvenido.

Es un placer estar con vosotros. Muchas gracias, José Manuel, por invitarme. 

Decíamos que no sabemos en qué orden colocas tus vocaciones.

Yo suelo presentarme, normalmente, como escritor y sacerdote. Y, últimamente, también como asesor cultural del Vaticano y como fundador de la red de meditadores Amigos del Desierto.

Esto de poner escritor y sacerdote lo hago, más que nada, porque pareciera como si la vocación sacerdotal tuviera que ser la primera. Pero, realmente, en mi historia personal cronológicamente fue primero la literatura: ya con 13 o 14 años escribía mis cuentos y tenía decidido ser escritor.

En todo caso, es cierto que esta doble vocación ha sido la historia de mi vida. Y que así como lo he vivido de manera conflictiva durante mucho tiempo, porque cada una requiere mucha energía o toda toda tu energía, hoy lo vivo con gran serenidad y armonía. Y yo diría que no son dos vocaciones, sino dos expresiones de la misma.

O sea que, hoy, le pones un guioncito en medio y ya está.

Y me quedo tan pancho. Sí; es el ministerio de la palabra, sea escrita o sea hablada. Y ahora he comprendido que para que esa palabra sea fecunda tiene que nacer del silencio. Eso sí.

Ahora hablamos de tu obra como escritor. Pero háblame un poco de qué estás haciendo, ahora mismo, como cura. Antes estabas en un hospital.

Sí, estuve diez años de capellán hospitalario en el Ramón y Cajal. En el año 2014 fundé la asociación de Amigos del Desierto. Y empezó a crecer: hoy somos 40 Seminarios de Silencio dispersos por la geografía española. Como estaba creciendo mucho -porque realmente hay un anhelo espiritual muy grande en esta sociedad tan secularizada, lo que pasa es que las formas tradicionales que ofrece la Iglesia católica no responden a la sensibilidad y al lenguaje contemporáneos- pedí permiso a mí obispo, el cardenal Osoro, para que me liberara y poder trabajar a tiempo completo en la asociación. Y eso es lo que estoy haciendo.

Así que eres fundador.

Sí, aunque yo soy el primer sorprendido. Pero, sí. Y te voy a decir una cosa más, que es casi una primicia: no solamente fundador de esta red de meditadores, -que somos 500 personas- además, hay en proyecto algo maravilloso; es algo así como un monacato secular. Es decir, que hay unas 15 o 20 personas, de esos 500 que te acabo de comentar, que se están pensando consagrarse, en medio del mundo, según este estilo de meditación, de silencio.

Sin vivir juntos en comunidad en un mismo monasterio. Laicos consagrados.

Sí, laicos consagrados, pero monjes. Laicos es una cosa que ya existe de siempre. Lo novedoso…

Monjes en el mundo.

Sí. Carlos de Foucauld ya tenía una intuición sobre esto. Pero había dos cosas que lo harían radicalmente novedoso.

Tú eres muy de Carlos de Foucauld.

Sí. Lo novedoso sería, por un lado, que realmente quiere ser un monacato compatible con la secularidad, hasta el fondo. Es decir, no solamente compatible con la vida laboral, sino también con la vida matrimonial y familiar. Y esto ya son palabras mayores porque, hasta ahora en la Iglesia la consagración monástica no era compatible con consagración matrimonial. Y queremos hacer esta propuesta no porque se nos ocurra, sino porque hay personas que lo viven así.

Y que lo están demandando.

Sí. Y le piden alguna manera teológica, jurídica, a este hecho. 

¿Y eso ya ha empezado a rodar?

Hemos empezado a rodar existencialmente. El cardenal está informado pero, bueno, vamos a ver si, efectivamente, va hacia adelante. Llevamos un par de años, así que yo pienso que va adelante.

¿En Roma no te han puesto peros?

Todavía no ha llegado allá. Está aquí, en Madrid.

¿Y ya tienes matrimonios dispuestos a abrazar ese monacato?

Por lo menos a empezar un noviciado. 

Pero esto, ¿qué les exigiría? ¿Cómo compaginarían pobreza, castidad y obediencia?

No. Serían votos de, -lo llamamos- desierto y amistad. En definitiva sería lo mismo que oración y comunión. No son los clásicos tres votos de la vida religiosa tradicional.

¿Seguirían haciendo su vida normal?

Sí. Vida familiar y vida laboral pero utilizamos lo que llamaría, en su día, Panikkar “el arquetipo del monje”. Lo que es la unidad. 

Digamos que la propuesta más novedosa es que, si hasta ahora el cristianismo se ha articulado fundamentalmente en clave de la palabra, nuestra modesta proposición es articularlo desde el silencio. 

Nosotros, los monjes del Tabor, nos conectamos, como cualquier monje tradicional, siete veces al día pero no para los salmos, sino para la oración contemplativa, para la meditación.

Para rezar en silencio.

Sí. 

Entonces, tenéis una vida pautada como los monjes, que rezan maitines, completas…

Más o menos, así es.

¿Y la gente está respondiendo a ese tipo de novedad mística?

Es una propuesta espiritual. Yo creo que siempre será propuesta minoritaria porque los monjes nunca han sido mayoritarios; siempre han sido una pequeña porción de los cristianos. Pero una minoría significativa. Yo tengo una esperanza demencial; pienso que hay tanto que purificar en nuestras formas… 

Las formas tienen que estar al servicio del fondo. Y muchas veces las formas nos pierden, nos quedamos en el formalismo y nos privamos de ir al núcleo de la cuestión. Entonces, ¿cuál es la urgencia fundamental para la Iglesia de hoy? Pues una renovación espiritual; que realmente estemos en nuestro centro. Y a partir de ahí todo lo demás, la teología, la catequesis, la misión… Todo lo que tú quieras pero, sin eso, que es donde a mí me gustaría poner el acento, todo lo demás se desvanece.

Ir al fondo a través de formas nuevas, porque lo que estás inventando son formas nuevas, ¿no?

En el fondo sí, tienen una cierta novedad pero también tienen mucho de clásico o tradicional. Lo que está pasando entre nosotros es algo inédito en la historia de la cristiandad porque, a lo mejor me equivoco, yo creo que nunca, hasta ahora, en la historia de la Iglesia, se habían juntado cristianos para estar un tiempo largo en silencio y en quietud, sin moverse. Esto es nuevo.

¿Cuánto tiempo meditáis? 

Hacemos periodos de 25 minutos.

¿A lo largo del día?

No a lo largo del día. Cuando nos juntamos, a los 25 minutos hacemos una pausa y luego otros 25. Estamos como una hora, más o menos.

Un ejecutivo que quiera ser monje del desierto, ¿cómo puede hacerlo? 

Los ‘tabores’ -así llamamos a la rama consagrada de esta asociación privada de fieles- tenemos un cierto reconocimiento eclesial que se llama Amigos del desierto. Entonces, el camino sería, primero, entrar en Amigos del Desierto. Partir de un retiro de iniciación, que se hace en un fin de semana, donde ves que se afina tu sensibilidad y empezar un camino.

Hay todo un proceso. Y llegar a monje será la última etapa. 

Sí, claro. Antes de un par de años no se acoge a nadie porque primero uno tiene que afianzar la práctica meditativa en su vida, que no es tan fácil porque todos los estímulos que recibimos son, justamente, de dispersión. Y aquí se trata de relajación en lo que se refiere al cuerpo y recogimiento que se refiere a la mente. 

La relajación la consigues con técnicas, me imagino.

Sí, técnicas muy elementales de escáner corporal; de repaso mental de todo el cuerpo para entrar en estado contemplativo sin tensión nerviosa. Porque nuestro problema, en las sociedades civilizadas, es la tensión nerviosa en la que vivimos todos y no es que sea un pecado, pero es la fuente de pecado. Diría que es, quizá, el principal pecado capital de hoy. Con esto quiero decir que la relajación es como la madre de la caridad. Lo decía Franz Jalics, que es mi maestro y el maestro de Amigos del Desierto, hace ya cuarenta años, pero sigue siendo de una actualidad total. 

Y con esas nuevas formas, ¿hay mucha gente que está llamando a tu puerta? 

Empezamos en 2014 dando retiros de iniciación y hasta ahora hemos tenido permanentemente lista de espera sin hacer nada. Solamente con el boca a boca. Esto significa que hay gran anhelo espiritual en mucha gente. 

Yo parto de que todos buscamos a Dios aunque no le llamemos de esa manera. Y también, porque creo que es evidente, de que la mayoría de las formas que la Iglesia Católica presenta, para dar cuerpo a esa búsqueda espiritual, no responden, de hecho, a la sensibilidad de la gente.

Eso significa que la Iglesia Católica, si quiere sobrevivir, tiene que hacer una revisión en profundidad de sus métodos, de sus formas. 

Es evidente.

Porque la gente se está acostumbrando a vivir en la indiferencia. 

La única manera de que exista fidelidad es de forma creativa. Si no hay creatividad, no hay felicidad; hay conservadurismo que es distinto. 

Está muy bien conservar el patrimonio espiritual, pero no estamos llamados a ser siempre conservadores, sino a ser fieles. A vivirlo realmente. 

Esto es lo que olvidamos: tan importante como el patrimonio que hemos recibido como el Evangelio, por ejemplo, es el hombre y la mujer de hoy. Porque tú puedes tener un mensaje extraordinario pero si realmente no tienes en cuenta al destinatario, ¿para que te sirve un tesoro? ¿Para guardarlo bajo la tierra en un arcón? 

La fidelidad no es sólo al Evangelio, es al hombre y a la mujer de hoy. Y si estamos lejos de ellos, difícilmente vamos a conectar.

Y mucho más si les condenamos.

Y con demasiada facilidad los alejamos.

En este acercamiento hay prejuicios, también, por otro lado: hablar de la Iglesia es hablar de algo anticuado, de algo que ya no conecta.

Hay muchos prejuicios por parte de todos. Precisamente, lo que enseña la práctica de la meditación es a vivir sin prejuicios o con los menos prejuicios posibles. Que todo lo que nos llega a la imaginación o al pensamiento lo dejamos de lado, sin introducir la máquina que enjuicie. Esa disciplina nos va enseñando, de manera siempre modesta y paulatina, a que cuando aparece esa tendencia a juzgarlo todo en la vida ordinaria, por lo menos esperemos un poco. 

Los prejuicios nos matan; en un sentido y en otro. Hoy, en nuestra sociedad española ser cristiano, hablar de Cristo, hablar de Dios -no digo ni de religión ni de Iglesia- es políticamente incorrecto. Esto es evidente y muy significativo; un signo de los tiempos. Hay que poner nombre a las cosas y esto nos obliga a hablar y, sobre todo, vivir desde un lugar muy auténtico. Yo creo que hoy la autenticidad está en alza y que se percibe y se valora.

Pero dándole un vuelco. Algo que, por otro lado, está intentando el papa Francisco. ¿Qué significa darle un vuelco a las estructuras que tenemos en nuestra Iglesia española, de arriba a abajo y también en las formas?

Yo soy sacerdote y eso significa que soy un hombre de Iglesia y amo a la Iglesia. Pero la Iglesia está al servicio de la humanidad y por tanto aquí el absoluto no es la Iglesia, es la humanidad. La gloria de Dios es que el hombre viva y hemos de buscar cómo traducir este inmenso depósito de sabiduría, primero, viviéndolo nosotros y, luego, transmitiéndolo. 

Ser testigos y transmisores.

De todas maneras, yo no pondría tanto el acento -aunque es capital- en ‘cómo hacer’, sino en ‘cómo ser’. Porque creo que el problema no es hacer muchas cosas, seguramente hacemos demasiadas, el problema es…

Cómo ser más auténticos…

Cómo ser personas, cómo ‘ser’ en plenitud. Porque si tú eres lo irradias. Las formas o el modo de traducirlo es un planteamiento posterior. Lo esencial es que nosotros estemos en nuestro centro porque, si eso es así, nuestras palabras y nuestros gestos serán expresivos.

Como los de los primeros cristianos: “Mirad cómo se aman”…, y les seguían. 

Tal cual. 

Y tu mensaje es llevarlo a la práctica. Se habla de esto hace años, pero hay muy poca gente como tú que dice: pues voy al tajo. 

Tengo tiempos muy amplios de oración diaria y también hago retiros prolongados durante el año, y puedo testimoniar que esta práctica me coloca. Es muy fácil desformarse; son demasiados estímulos. 
Creo que la necesidad primordial de todo aquel que tenga las necesidades básicas cubiertas -que eso siempre es lo primero- es el silencio. Si tú tienes techo, trabajo, afecto y comida, lo que toca es escuchar: “Escucha, Israel”. 

Es el primer mandamiento de todos: ‘Escucha’, hombre y mujer del mundo de hoy. 

Aprender a escuchar…, este es nuestro drama; que no sabemos. Todo lo demás viene por añadidura. 
En realidad nuestro problema es que el Evangelio es demasiado sencillo. Nuestra alma pide simplicidad pero nosotros la complicamos; tiene prestigio lo complejo. Mientras nos nos limpiemos de todo eso y vayamos a lo nuclear estaremos perdiendo el tiempo.

¿Cómo casáis el silencio y lo sencillo con el compromiso, con la lucha por el cambio de estructuras, por el cambio del mundo, por el cuidado de la ‘casa común’?

En realidad, entiendo muy bien la pregunta porque la acusación que se hace a los grupos espirituales es de espiritualismo, es decir, de no ser encarnados. De que no se lucha por la transformación de la justicia, por la justicia social, por la transformación de las estructuras…

Yo entiendo muy bien esto. Y puede ser un peligro pero, yo creo que, aunque lo pueda ser, de hecho no lo es. El asunto es que toda esta cultura, esta cuestión de la denuncia se desliza por la pendiente de la ideología tantas veces… Esto hace que el cristianismo sea ideológicamente de un de un color o de otro y eso desvirtúa enormemente la fe. 

La justicia social, la denuncia, todo eso, viene como añadidura; es el fruto de estar centrados. Primero vamos transformando nuestra propia vida. La oración, nuestro propio espíritu nos transforma y, luego, va transformando la vida de nuestro alrededor; la vida familiar, la vida social, la vida de barrio. La vida de la Nación.

¿Tu gente lo está viviendo así, de forma unificada? 

Hay de todo. 

Una cosa que me parece muy bonita es que Amigos del Desierto, realmente, es pastoral de alejados. No de alejados sociales, como entendíamos por el año 70, 80 o 90, sino alejados espirituales, que es distinto. 

Lo que a mí me llena de satisfacción es que quien llama a la puerta de nuestro seminario de silencio y de nuestros grupos de meditación es gente que no está recogida en la pastoral tradicional de la Iglesia, en su inmensa mayoría. Incluso una buena parte -no sé si el 50 por ciento o más- no tienen práctica religiosa. No son practicantes pero han encontrado, o estamos encontrando, un camino de vuelta a casa, por así decirlo. 
Cristo es un faro de luz para toda la humanidad, no solamente para los bautizados. Nuestro problema, hoy, en España, esto es muy gordo, es que estamos enfadados con nuestros antepasados espirituales. Es decir, con la historia de la Iglesia: no nos reconocemos. Hemos hecho una ruptura; hemos matado al padre. Y, ¿qué pasa cuando has matado al padre? Pues, que lo que hay es una generación de huérfanos: esto es lo que nos sucede. 

Yo suelo poner el ejemplo de la vida natural: si tú tienes un problema con tus padres biológicos, el problema lo tienes tú, no ellos. Ellos se morirán y tú te quedarás con el problema. Y esto es grave porque, en definitiva, si nuestras relaciones personales no funcionan es porque hay algo mal asumido en nuestra relación con nuestro padre o con nuestra madre. 

Esto, que nos pasa en el ámbito biológico y natural, nos pasa también en el ámbito espiritual. Hoy estamos en estado de indiferencia, más o menos, generalizado porque hemos roto con el pasado. Sin pasado no hay presente y eso es lo que pasa ahora mismo. Y, más allá de que luego la gente se haga católica o no, lo importante es que tú te reconcilies con de dónde vienes.

Con la memoria, que dice el Papa. Todo este pensamiento está muy en línea de Francisco. ¿Has hablado con él?

Hemos hablado alguna vez, sí. Muy poco porque yo soy uno más entre tantos; hay muchos consejos y dicasterios. Pero yo me siento muy identificado con él. Para mí es un Papa extraordinario. Debo decir que, aunque me siento como un sacerdote del papa Francisco, también respeto profundamente a los papas anteriores aunque no haya una comunión ideológica tan grande como la existe por mi parte con Francisco. Creo que han hecho aportaciones extraordinarias. Mirar las cosas un poco por encima de lo anecdótico de y la fidelidad personal también es muy liberador: saber que no todo el mundo tiene que ser como yo, ni mucho menos. Que a diferencia es buena.

¿Y al cardenal Osoro le has hablado de estos temas? 

Sí.

¿Está en sintonía con estas cosas? Si yo fuese el cardenal y me ofreciesen una receta así, te la compraría inmediatamente.

Si el cardenal no estuviera en línea, no me habría permitido dedicarme solamente a esto. Y no solamente eso, sino que hace dos años -lo voy a decir aquí, en público, para que quede constancia- dio un paso muy importante y fue ofrecernos a los Amigos del desierto un lugar. Una iglesia que está cerrada, cerca de la Glorieta de Embajadores, para que hiciésemos un templo de silencio. Un lugar de meditación silenciosa.

¿Lo tenéis ya en funcionamiento? 

No ha llegado el momento; lo aparcamos porque no sabíamos cómo recaudar fondos para poder rehabilitarlo porque el local no está para entrar. Hay que hacer una obra importante. Y ahora, precisamente, estamos retomando todo este asunto para ver si podemos empezar a hacer las obras para abril. Que sería maravilloso.

Un San Antón del silencio.

Sí. Sería bonito definirlo así. Que diese acogida a todo tipo de personas, más allá de que de que sean cristianos o no, que quieran hacer la experiencia del encuentro profundo consigo mismos. 

Hablaremos más a menudo de estas iniciativas tuyas. Hablemos ahora del libro ‘Entusiasmo’, publicado en 2017 por Galaxia Gutember, con el que me siento muy reflejado. Es la narración de tu vida, ¿no? Aunque tú dices que…

Yo suelo decir que es ‘autoficticio’, no autobiográfico.Y no es un juego de palabras, sino que realmente es verdad porque ¿cómo se escribe literatura? 

Se escribe mediante dos virtudes, o dos potencias, que son la memoria y la imaginación. Memoria para recordar lo que ha pasado. Imaginación para fabular. 

Ese libro, como todos los libros, está escrito con esos dos potencias: uno recuerda cosas que ha visto, que ha oído, que ha sentido, que le han contado, que ha experimentado y, luego, las fabula. Lo que pasa es que la gente piensa que este libro es más autobiográfico, más auto-ficticio que todos los demás, porque las referencias a mi propia biografía son más evidentes ya que trata de un seminarista, luego sacerdote… 

Y, además, claretiano.

Hay un montón de guiños a mi propia vida pero, realmente, nada de lo que aquí se dice fue tal cual aunque el resultado final se parece mucho más a mi vida que lo que realmente sucedió. 

Si lo pensamos, ¿realmente, qué es la historia? La historia no es lo que sucedió, la historia es cómo nos contamos lo que ha sucedido: esta es la realidad.

Cómo nos contamos a nosotros mismos y a los demás

Sí. 

Hasta ahora nunca había sentido la necesidad de hablar explícitamente sobre el sacerdocio en mis libros literarios -este es el número once de mi producción literaria- porque yo no impongo los temas de mis libros, sino que me pongo a escribir y me encuentro los temas que me vienen. Y después de treinta años de oficio me ha aparecido, por fin, el tema de la vocación y el tema del sacerdocio. Esto significa que, a lo mejor, ha costado 30 años que realmente lo lleve dentro. Puede ser, porque una cosa es lo que creemos que somos y otra lo que somos realmente. Puede que, realmente, haya empezado a ser cura ahora.

Entre los dos curas que aparecen en la novela, Aureliano y Emiliano, ¿con cuál te quedas? Porque son como dos prototipos. 

Sí. Digamos que Aureliano es el prototipo del cura progre, abierto, con una pastoral juvenil muy, muy moderna. Y el otro es un hombre más tradicional, con su despacho bien ordenadito al que pasan los chicos en fila, les confiesa… Dos modelos. Yo me quedo con los dos porque… 

Eres un hombre de síntesis, siempre. 

Bueno, me gusta mucho la síntesis y, si bien yo no he tenido una formación progresista en el seminario y demás, descubro que hay verdad en las dos partes. 

A mí no me gusta ser definido ni como de izquierdas ni como de derechas. Me parece es que son categorías que no recogen la riqueza como cristiano. Hay muchas cosas que conservar y, en ese sentido, he conservado muchas cosas que hablaban de mí.Yo soy progresista pero no lo digo por tener una postura, sino que es que realmente es así. Eso hace que muchas personas, en la Iglesia y fuera, queden un tanto desconcertados porque no pueden decir “Pablo es de los míos”, porque no me identifico con ningún grupo particular; los veo demasiado ideológicos. Esa es la pura verdad. Y esto no lo hago por virtud, sino porque no puedo hacerlo de otra manera. 

Es como cuando me dicen: “por qué no escribes una segunda ‘Biografía del Silencio’, dado que has vendido muchísimos libros, más de 150.000…” Pues, es que no me puedo prostituir. No me sale. A lo mejor hasta me gustaría, pero es que no soy capaz. Yo no escribo lo que yo quiero, sino lo que mi alma me pide. 
Por lo tanto, la principal virtud, a mi modo de ver, es esa escucha de la conciencia y la obediencia a uno mismo. Si realmente viviéramos así seguiríamos cometiendo miles de errores, pero tendríamos una cierta dignidad para presentarnos como somos. Habríamos intentado hacerlo lo mejor posible. Pero, errores siempre porque nuestra naturaleza es errática.

¿Cómo casa este personaje o cómo casaste tú, la vida espiritual, la vida del sacerdocio con la vida sexual, con el amor explícito, con el amor de una mujer?

Pues, es un gran tema aunque no es el único. Yo lo he vivido con dificultad porque soy una persona muy afectiva, muy emocional y expresiva. No puedo decir he vivido esto de manera tranquila y sin ningún problema porque no sería cierto. 

Lo que sí te puedo decir es que siento una misteriosa llamada a ser célibe. Eso no significa, por supuesto, que no valore la sexualidad o la intimidad física y afectiva con una mujer o con otra persona. Pero en mi vida hay un deseo y una llamada a la observación. Eso significa para mí algo así como pertenencia a Dios. Y ‘pertenencia a Dios’ se traduce en ‘disponibilidad’. Esto no es que sea incompatible con una intimidad con un hombre o una mujer en particular, pero no es mi camino. 

Lo he vivido con dificultad, pero creo que es mi llamada e intento vivirla lo mejor que puedo.

¿Y la paternidad?

Llevo ya casi 30 años de cura y al principio algunas personas me llamaban padre, y no es que me incomodara pero yo nunca me sentía padre. Empecé a asumir a la paternidad religiosa hace cinco años a raíz del nacimiento de Amigos del Desierto porque, realmente, yo no me sentía padre en el sentido de transmisión de la fe o transmisión de un legado espiritual. Yo he sido un padre muy tardío.

Pero esa sigue siendo una paternidad espiritual. Yo me refiero a la física. 

Nunca he sentido el deseo de tener un hijo biológico, la verdad. Así como el deseo de tener una compañera sí que lo he sentido, el deseo tener un hijo no lo he sentido. 

¿Cómo ves el proceso actual en el que está Francisco, en el sentido de abrir el tema del celibato a la opcionalidad?

Yo creo que lo ideal sería que el celibato fuese opcional. Siempre lo he dicho y sé que hay gente que se alegra mucho de que lo diga en un medio público y gente a quien le molesta mucho. Yo entiendo las razones de casi todas las partes pero personalmente creo que sería algo no solamente posible sino, en general, bueno.

No nos queda más remedio, además: se acaban los curas, se acaban las vocaciones, en muchos sitios las comunidades no pueden celebrar, porque no tienen sacerdote…

Esto nos obliga a revisar un poco la “estructura” clerical de la Iglesia. Puede haber maneras diferentes de organizarse. Yo creo que hay vocaciones, lo que pasa es que a lo mejor no están en las formas tradicionales que entendemos nosotros por vocación; el seminario una serie de años, la ordenación. Está claro que las formas clásicas se están desestructurando.

Pero se resiste, todavía, esa desestructuración. Es decir, no veo que se estén tomando medidas para que los seminarios funcionen de otra forma, para que no sigamos produciendo, de alguna manera, funcionarios clericales. 

Estoy de acuerdo. No hay suficiente creatividad, ni suficiente osadía en la iglesia. Supongo que es que es muy difícil porque, realmente, no puedes ser creativo si no estás muy conectado. Y estar muy conectado no está fácil porque te desconectas con facilidad; sales de ti mismo con facilidad. 

Y, obviamente, el peso del pasado es tan grande que hay abrir un horizonte nuevo. Aunque yo tengo mucha esperanza. Espero que no sea pura ingenuidad pero, creo que, dentro de todas las dificultades tiene la Iglesia, que son evidentes, no estamos dejados de la mano de Dios. Que el espíritu vela y, aunque se lo ponemos muy difícil, sería bastante con no hacer nada.

Que sigue soplando.

Que, muchas veces, por querer ayudar lo que hacemos es estropearlo más. Es decir, creo en la no intervención. En dejar que las cosas sigan su curso natural porque sería una medida mucho más inteligente que estar permanentemente presionando para que las cosas se ajusten a tu punto de vista, a tu planteamiento.

Estamos en una situación muy, muy especial. Yo viví la época del postconcilio. Ahora tenemos un Papa que está empujando en una determinada dirección y esa lluvia ¿está calando? ¿Se está recogiendo? ¿Se están iniciando procesos, por lo menos, que es lo que el Papa intenta?

Yo creo que sí. En estos últimos siete años la Iglesia ha cambiado. 

Se habla de la enorme verticalidad o de la importancia de la figura del sumo pontífice, pero asusta pensar que un solo hombre, en este caso Francisco, pueda cambiar tanto. Y la gente dice pero, ¿qué es lo que ha cambiado, a fin de cuentas? No se dan cuenta de lo que significa cambiar una estructura milenaria, y además donde hay millones de personas. 

Realmente, las transformaciones en sensibilidad, en talante y en estilo que se están produciendo son muy hermosas, necesarias y ojalá que podamos seguir por este camino.

¿Son reversibles o irreversibles? ¿Se puede volver atrás o ya hay algo adquirido, que ha cuajado lo suficiente?

Yo creo que hay alguna cosa ya adquirida pero, también, otras muchas en las que se puede volver atrás. 
¿Qué es más lo que más te gustó a ti de ‘Entusiasmo’? Si me permites la pregunta. 

A mí me gustó mucho la etapa misionera de tu libro. Me parece que refleja pasión, entrega, vida.

Para quien no lo haya leído, el libro está dividido en tres grandes capítulos. Uno, primero, que es la fragua de una vocación. La historia de un joven que siente una llamada espiritual, quiere entrar en una congregación religiosa y entra. Es la vocación.

El segundo capítulo es la formación, los años de estudio.

Por cierto, no te cae muy bien tu período de formación o la formación de tu personaje

Sí. Tengo mi lado crítico, como es natural. Aunque lo he escrito no desde la amargura, el resentimiento o la revancha, sino desde la reconciliación. Entiendo que escribir desde las ganas de dar caña puede funcionar y alguna vez lo he hecho pero este libro no está escrito desde querer dar caña, en absoluto. Además, creo que el libro en general trasluce vitalismo y buen rollo. Y si tú escribes desde la bilis no reflejas buen rollo.

¿Los claretianos no se han quejado?

Alguna ha habido, con eso hay que contar: los lectores son seres libres y autónomos que pueden pensar y sentir lo que quieran, como es natural. Aparte de que si nadie se queja de nada es que algo no funciona bien; está bien que te produzca fricción. 

Decía Kafka -leí sus ‘Cartas completas’, que ha editado Galaxia Gutenberg- que todo libro tiene que ser un puñetazo en el centro de la cara que el autor da al lector para despertarlo. Ojalá alguno de mis libros pueda sacudir un poco, no sólo puñetazos sino también caricias. Las dos cosas pero, desde luego, tocar de alguna manera. 

Hay otras dos etapas, después de la formativa.

Está la etapa misionera donde ya es sacerdote ordenado y va a la misión. Y el último capítulo es en Honduras, donde toma contacto con el tercer mundo. 

¿Estuviste allí? 

Estuve, sí. Y aquí el personaje sale, de pronto, del mundo más mental o más egocéntrico y se abre a la realidad, a la miseria, y se convierte en una fiesta de color, de sensaciones, de estímulos, de contradicciones. Bueno, lo que es la visión de la vida de un joven de veintitantos años.

Y esta es la tercera y última etapa. 

Ahí termina el libro. El personaje conoce a una niña, de tres o cuatro años, pobre, de una barriada, a la que lava y acoge. 

¿Por qué no volviste?

El libro termina así; preguntando por qué no volví con los pobres. En realidad, la anécdota tiene un fundamento histórico. Yo quise quedarme en Honduras, donde estuve de misionero, y mis superiores en aquel momento me dijeron: “aceptamos tu solicitud de vivir en la misión y fuera de España, pero no en Centroamérica, sino en Centroeuropa». Y empezó otro capítulo de mi vida, en el que que viví en Praga, en Viena y en distintos sitios. 

Un capítulo del que no te arrepientes.

No. Pienso que todo ha estado bien. Que, por vericuetos misteriosos y extraños -me ha costado toda la vida- finalmente creo que estoy donde tengo que estar. 

O sea, que vas sintiendo en tu propia vida que Dios te va llevando, que te va conduciendo.

Totalmente. Yo siento mucho la providencia. Es decir, que, aunque nosotros se lo ponemos en ocasiones un poco difícil, Dios escribe recto en renglones torcidos. Realmente, sí, considero que esto no es fruto de la casualidad o de algo caprichoso o arbitrario, sino que obedece a un proyecto al que yo asisto, perplejo, en primera persona. 

Y además con un hijo, porque los fundadores os sentís como padres

Sí. La palabra me sigue pareciendo muy grande pero los hechos son así aunque haya nacido hace solo cinco años y medio; es un bebé. 

Suelo decir, a mis colaboradores más cercanos, que un niño de 5 años puede convertirse en alguien extraordinario, por ejemplo en Gandhi que cambió el rostro de la India. Pero también puede venir un camión, pillarle y morir. Que puede pasar cualquier cosa con la vida humana, y con la vida de las instituciones y de las asociaciones, también. Entonces, hemos intentar vivir hoy lo más intensa y dignamente posible. Y si dura, extraordinario. Y si no, pues también extraordinario. 

Estás en un momento de plenitud; eres un cura feliz y un escritor consagrado. ¿Qué más le puedes pedir a la vida? 

Este es un momento de gran plenitud. Esto no significa que no haya atravesado, e incluso esté atravesando a veces, sombras y momentos turbulentos o difíciles. Pero, creo que no le puedo pedir más a la vida ni a Dios. Uno de los signos de Dios es, precisamente, la sobreabundancia; realmente ¡es un exagerado!

Hay ciento por uno.

Pues, conmigo ha sido y es un exagerado.

Y en esos momentos duros, difíciles, ¿qué haces?

Tengo dos o tres recursos. Uno es el silencio. Otro es la escritura.

¿Sientes que Dios te escucha?

Yo no lo diría yo así exactamente, sino que estamos ahí, cada uno a su manera. 

Aparte del silencio y de la palabra, está el recurso de la amistad; tengo muy buenos amigos, muchísimos conocidos y gente querida. Amigos de corazón no tantos pero sí cuatro o cinco, que para mí es como mi familia. Es una relación incondicional.

Los sentimientos compartidos son fundamentales.

El desierto y la amistad para mí son las dos notas de la plenitud.

Queridos lectores, esta es una pequeña parte de la vida de este gran hombre. 

(Ríe) Gran hombre… Más bien, pequeño.

Pequeño gran nombre, esperamos que muy pronto tengas tu iglesia, aquí cerca, abierta.

El Templo del Silencio, sí… Me viene fatal porque yo vivo en el norte de Madrid.

Pasaremos por allí. 

Será un placer y una alegría. 

Muchas gracias.

A ti, José Manuel. 

Fuente: Religón Digital. 29.07.2019 José Manuel Vidal .

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