Oraciones San Agustín

Interioridad: el viaje hacia uno mismo, la verdad del corazón.

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Viaje… ¿hacia dónde?  Hacia Dios. 

Cuadernos de Espiritualidad Agustiniana (PDF). Texto: Inmanol Larrínaga, OAR. 

Necesitamos paz interior para poder oír la voz de la naturaleza clamando por la vida. Necesitamos silencio para pensar que la vida incluye la justicia social y económica, la democracia, la no- violencia, la paz, la conservación de la energía. Necesitamos luz que nos alumbre el camino y aprender así a contemplar las maravillas de un amor verdadero, de la gratuidad…, del evangelio.

En síntesis:

• Aceptar la propia realidad como seres creados (autenticidad interior).
• Querer ser yo mismo y asumir mi vida como proceso que así se realiza: el Camino está dentro de mí.
• Mi vida es un tiempo de espera; por eso, debo estar atento y no tratar de «quemar etapas».
• Debo acostumbrarme a estar conmigo mismo, descubriendo y aceptando mis propias emociones, carencias y fracasos. Dejar que la vida se ilumine por dentro de verdad: este es el camino y el gesto de la vida interior.
• Contemplar, saber mirar, descubriendo la verdad de aquello que me desborda, haciéndome ser; saberme sostenido y animado (¡lleno el alma!) por unos ojos que me envuelven con su luz (eso es vida interior).

Esta experiencia en el corazón, vivida con humildad y ternura, me lleva a descubrir que me miran con ojos de amor, a aceptar la vida y la vocación cristiana como gracia, como algo que se me ha dado y que se me sigue dando… Aquí cesan las razones, los méritos y todos los posibles privilegios: descubrir y agradecer, día tras día, el regalo de la misericordia divina en cada momento. Y, al final de este camino, hallarme con la certeza de que hay OTRO dentro de mi propio ser. No existo por mí mismo. Por eso, cuando dialogo en dimensión de hondura y transparencia, no me limito a hablar conmigo; estoy escuchando la voz del Otro, recibiendo su luz, dejando que se exprese en mí su gracia. Aceptar con gozo al que me hace ser… Así soy persona de fe, como reflejo de lo que Dios realiza en mí. Y esto me hace vivir y presentarme siempre como signo de gratuidad. Experimentar este ajuste fundamental, sin el cual todavía estaremos «de oídas» ante Dios, es haber sido situados en la senda felizmente misteriosa de Cristo.

Para vivir una experiencia personal en la línea de las ideas anteriores, puede ser interesante la lectura de las Confesiones de san Agustín, 8, 10-12.

Experimentara la realidad bajo otra mirada.

Se entiende «en el corazón». De hecho, una experiencia interior transforma y mentaliza de una manera diversa. Y, en un ambiente donde la «débil inteligencia» se está haciendo ley, una persona creyente debe demostrar con claridad su identidad y cómo vive su propia respuesta. El común denominador de masa, gente, anonimato, esconderse… no encaja en las categorías de una verdadera identidad que a sí mismo debe exigirse: ser signo, distinto y capaz de ser distinguido por los demás. Una de las más gozosas experiencias agustinianas es la pasión por la Verdad: tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva; tarde te amé» (Confesiones 10, 27, 38).

Es posible que casi nunca nos planteemos la pregunta: ¿qué es buscar a Dios? Interesante pregunta para orientar la vida de cada uno. Y la respuesta es muy sencilla: es MIRAR a CRISTO. Toda la experiencia evangélica: curar a los enfermos, comprender a los que caen, consolar a los afligidos, compartir lo que somos y tenemos con los que no tienen y ni siquiera lo son, elegir el último puesto pudiendo tener el primero, no ir revestido de filacterias ni esperar que te reverencien por las calles, tener el corazón lleno de paz y limpios los ojos… La verdad es amar al otro como nos amamos nosotros mismos, arrancar de nosotros la avaricia, la lujuria, la soberbia. La verdad es la sencillez, que no vulgaridad; la rectitud de intención, la firmeza sin imposición…

Y eso es lo que nos descubre si estamos cerca o lejos de la Verdad. Digamos con franqueza que estamos muy lejos de la Verdad que trajo Cristo al mundo, lo cual no obsta para pensar que podemos caminar hacia delante. Si los creyentes, con todos nuestros fallos, nos acercáramos un poco más a la Verdad («Maestro interior» lo llama san Agustín), nuestra Iglesia daría un salto cualitativo en algo que todos decimos estar interesados: una verdadera vida cristiana. Conciencia, pues, de ser hijos de Dios y dejarse conducir por el Espíritu. Al estilo de Agustín y, siempre sin etiqueta, dispersos por el mundo y en cualquier tiempo hay muchas personas que no están censadas oficialmente en este Reino, pero que pertenecen a él porque creen en el amor y en la misericordia.

Son hombres y mujeres bautizados en el sacramento de una vida que les ha conducido a una fe en el hombre, en la verdad, en la honradez. Tienen el espíritu sano aunque su cuerpo sea de barro y quebradizo. Son seres que han dejado espacio en su mente y en su corazón para seguir siendo humanos, sensibles a la belleza, integrados en la realidad y sin necesidad de manipularla para defenderse o huir de ella. Porque creen en Dios y en los hombres. Son libres e irradian alegría y serenidad. No se venden. Sí que se invierten en el servicio con sencillez y generosidad, entendiendo el cumplimiento del deber como servicio, pero sin dejar de tener espacios y gestos donde sólo rige la gratuidad y el gozo de hacer el bien por sí mismo, sin el negocio de la recompensa.

Estamos envueltos por la capa de lo externo, de lo superficial, y tocados por muchas apariencias deslumbrantes. Y sólo la experiencia de Dios en nuestra vida puede modificar y comprometer nuestro presente y nuestro futuro. Es cierto que tenemos especial inclinación por lo misterioso y lo desconocido, pero ¿somos personas que no claudicamos ante la realidad de un Dios vivo, que buscamos su rostro a través del modelo que es Cristo, que queremos ser testigos de la verdad, de la libertad y de la liberación humana? Todos queremos, y más como creyentes, que la realidad se ilumine pero ¿desde dónde?: «por todos estos parajes hago mis excursiones, unas veces mariposeando de acá para allá, otras adentrándome en ellos cuanto me es posible. Pero no logro tocar fondo…“ (Confesiones 10, 17, 26). ¿Quién nos hará llegar hasta Él y hasta a nosotros mismos?

Orar con san Agustín

Señor, Tú que nos purificas y nos dispones para la vida eterna: escúchame. Te amo, te busco, te sigo: tuyo sólo quiero ser. Manda y ordena lo que quieras, pero limpia mis oídos para que escuchen tu voz. Cura mis ojos para que vean tus signos. Aparta de mí toda ignorancia para que reconozca tus caminos. Dime dónde debo dirigir la mirada para verte a Ti, y así poder cumplir tus mandamientos. (Soliloquios 1, 5-6).

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